
Abrazos buenos, y de los otros
Difícil es vivir sin los abrazos. De hecho, los científicos saben bien que, sin el abrazo de un adulto mínimamente cariñoso, los niños no podrían prosperar y su destino sería más que triste.
Hay, sin embargo, muchos tipos de abrazo. Los hay genuinos, fallutos, sentidos, miedosos, apasionados o asfixiantes, por sólo nombrar algunas especies de abrazo de las muchísimas posibles.
Hay gente que abraza mucho y otra que poco y nada. Algunos abrazan de verdad, y otros simplemente "agarran" al otro, sin sentirlo siquiera. Otros no abrazan, y viven allá, lejos, en lo que a afectos se refiere. Claro, también existen quienes abrazan con la mirada o con algunos gestos que demuestran reconocimiento, lo que, de alguna manera, cumple con la función del caso.
No todo en lo que a abrazos respecta se dirime según el estereotipo latino, ese en el que el uso de los brazos para la expresión emocional es florido y profuso. Hay estilos diversos que no por ser sobrios significan menor sustancialidad emocional. En algunos casos, la sobriedad expresiva ayuda a que los gestos pequeños cobren mayor envergadura y, en esas ocasiones, una mano sobre el hombro puede marcar a un hombre o a una mujer de por vida, sobre todo, si esto ocurre en algunos momentos clave, como, por ejemplo, cuando aparecen dolores superlativos, soledades y angustias bravas.
Cuando las palabras se pierden en laberintos discutidores, sobre todo en las parejas, lo que suele salvar la situación es un abrazo que genere sosiego y reconocimiento. Es que al abrazar o ser abrazado, las personas sienten el afecto, no lo piensan o racionalizan y, se sabe, las discusiones de pareja suelen alimentarse de un fallido afán de reconocimiento por parte del otro.
Pero, hay que tener cuidado. No hay que abrazar antes de tiempo. El "abrazo precoz" es desaconsejable. Es un estilo de abrazo que tiende a poner en descubierto la ansiedad del que lo propone más que su generosidad afectiva. En tal sentido, recordemos que no todo abrazo tiene la obligación de ser aceptado. Si la sensación que se tiene es de rechazo ante una propuesta de abrazo, lo sabio es aceptar esa intuición, tomarla como válida, y decir "gracias, pero no" como corresponde.
Existe también el abrazo asfixiante, que agarra, no ofrece ni da nada, sólo pide y atrapa. Es el de las madres posesivas, el de las parejas posesivas y el de los desesperados. Mejor huir de ese tipo de trampa abrazante que parece más un clinch de boxeador que un gesto generoso.
Para retornar a lo valioso de los abrazos, vale recordar que el miedo es particularmente un sentimiento al que el abrazo sosiega. Si hablamos, por ejemplo, de los niños, el abrazo de alguna manera es un límite, un contorno, que da cifra a una inmensidad que al chico lo apabulla, angustia y asusta. Cuando se habla de "ponerles límites" a los chicos, también se habla de abrazarlos de verdad, para que se sientan acompañados en su camino de crecimiento por un gesto que les hace percibir de verdad que no están solos.
Cuando se abraza, se mira y respeta al abrazado. El abrazo bueno es el abrazo que tiene en cuenta al abrazado y no invade su intimidad sino que la visita con permiso.
Cada uno deberá respetar su estilo en lo que a abrazos refiere. Pero está bueno no perderse esta dimensión de nuestra humanidad. Por algo el diseño de la vida les ha dado tanta importancia a las manos, a los brazos, al afecto, a la hora de generar condiciones para que la gente viva más contenta.
"Hay que abrazarse más", decía alguien años atrás, y tenía razón. Abrazarse bien, en sintonía, para que la red humana siga funcionando generando reconocimiento y afecto, para el bien de todos.
El autor psicólogo y psicoterapeuta
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