Aceleración

Guillermo Jaim Etcheverry
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16 de octubre de 2011  

Resulta ya evidente que las nuevas tecnologías de la comunicación y la información están produciendo una revolución profunda en nuestra civilización, cuyo alcance es aún imposible de establecer. Sin embargo, es fácil advertir que han logrado crear un nuevo escenario en el que se dirimen las tensiones que generan dos impulsos humanos igualmente potentes: la afirmación de la autonomía individual y el sentido de pertenencia a una comunidad. Precisamente entre los usuarios de esas tecnologías, así como también en ámbitos académicos, está surgiendo un creciente cuestionamiento a su capacidad de resolver este conflicto básico entre autonomía y pertenencia. Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco que trabaja en Inglaterra y a cuya concepción de la sociedad líquida he recurrido en ocasiones anteriores, señala: "Esa frustración es tal vez el precio inevitable que debe pagarse por la transmisión acelerada de la información que hacen posible las autopistas de la información."

Esa aceleración es la responsable de muchas de las transformaciones a las que asistimos. Como toda autopista al facilitar el tránsito, la de la información estimula el diseño de vehículos cada vez más veloces que son utilizados con mayor frecuencia, lo que termina por saturarla. Pero es preciso tener en cuenta que el destino final de los mensajes que circulan por ella es la atención del ser humano cuya capacidad no puede expandirse. Esta limitación hace que, para adaptarse a las condiciones que crean las veloces redes de comunicación, nuestra atención se vuelva necesariamente frágil y, sobre todo, voluble. En otras palabras, resulta cada vez más difícil detenerse en el urgido viaje que favorece el tránsito fácil y vertiginoso. Este surfing requiere mantener una aceleración que impide concentrarse en el análisis de lo que cubre la superficie sobre la que nos deslizamos. Patinamos sobre la corteza de un territorio cuyas fronteras se extienden a cada instante, pero lo hacemos a tal velocidad que no podemos descubrir lo que yace bajo esa superficie.

Estas características del moderno tránsito informativo y comunicacional hacen que, para contar con alguna posibilidad de atraer la impaciente atención de los apresurados viajeros, nuestros mensajes tiendan a ser más breves y sencillos. Es éste un desesperado intento por comunicar su contenido antes de que la atención del otro se disperse y parta en busca de nuevos y más atractivos destinos. Por eso, la evolución de estos medios los hace poco apropiados para transmitir ideas que requieran tiempo para ser asimiladas a través de un meditado análisis.

La evolución de la comunicación escrita es un buen ejemplo de esta transformación. En poco tiempo hemos pasado de redactar cartas, resultado de la reflexión y de una cuidada redacción, a los mensajes de correo electrónico, más breves, simples y espontáneos. Siguieron los mensajes de texto telefónicos, que incluso requirieron la creación de un nuevo léxico adaptado al exiguo espacio de las pantallas y los tweets, frases de sólo 140 caracteres. Como también señala Bauman: "Si se aplica el principio de la sobrevida del más apto al mundo electrónico, la información que cuenta con mayores posibilidades de atraer la atención humana es la expresada de la forma más breve, más superficial y menos cargada de significado."

Es el significado de la información lo que se pierde insensiblemente en el intento de atrapar la atención del otro, objetivo que obliga a reemplazar argumentaciones complejas por oraciones, éstas por palabras y finalmente por caracteres, simples fragmentos de palabras. Es preciso, pues, tomar conciencia de que pagamos un alto precio por disponer de mayor información al instante: resignarnos a una reducción drástica en su significado. Como sugerí en alguna ocasión, estamos muy informados pero poco pensados. En palabras de Julián Marías: "Primitivos llenos de noticias."

* El autor es educador y ensayista

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