Al borde del sistema

El trabajo ya no es el valor que era; se ha deshumanizado la relación laboral y la generación que debe afrontar esta dura realidad se ve ante un proceso que implica inseguridad, tensiones y angustia
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29 de octubre de 2000  

En octubre de 1998, noventa días después del comienzo de una recesión que ya lleva cuatro semestres, una encuesta del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, sobre 922 casos en Capital Federal y Gran Buenos Aires, revelaba que cuatro de cada cinco personas pensaban que el desempleo aumentaría. El tiempo, lamentablemente, lo confirmó: la desocupación trepó al 15,4 por ciento de la población en condiciones de trabajar, un 0,9 punto más de lo que se registraba hace un año.

Rosendo Fraga, director del centro, lo resumió así: "El trabajo ha dejado de ser el refugio seguro que era en el pasado, para transformarse en un medio de vida con un vínculo transitorio. Ello ha traído también una deshumanización de la relación laboral. Para la generación que enfrenta este cambio, es un duro proceso de adaptación, que implica tensiones, angustias e inseguridades".

El dato es más estremecedor cuando se observa que a los 2.077.000 desocupados se les suman algo más de 2.000.000 de personas que trabajan menos de 35 horas semanales. Y esta última franja, a su vez, se divide entre 1.313.000 subocupados demandantes -trabajan, pero siguen buscando algo mejor porque lo que cobran no les alcanza para cubrir sus necesidades- y 691.000 subocupados no demandantes -trabajan temporariamente sin buscar otro empleo-. La suma, entonces, da poco más de cuatro millones de personas.

Las fotos de Sebastián Friedman que ilustran estas páginas son parte de una próxima exposición sobre retratos a trabajadores urbanos, y que el autor titula Empleados.

-En mis fotografías -aclara-, propongo una pausa extraña a la cotidianidad del trabajador: se detiene la prisa. El trabajador posa frontal en su máscara diaria con el espacio decorado de fondo. Se exhibe con orgullo, con duda, y es entonces cuando su imagen se transforma en una especie de ver todo y no poder hacer nada. La pesadilla del desempleo y la marginación como perspectiva única de emancipación provocan un estado de inconsciencia, de no saber ya porqué trabajamos.

El progreso, la creatividad y la armonía han sido siempre las grandes necesidades de la humanidad en toda su historia. No pocos pensadores coinciden en señalar que si esto es ignorado, debido a ciertas características del funcionamiento de los sistemas económicos, surgen la insatisfacción, la angustia, la enajenación, que tienen un efecto adverso en las motivaciones y capacidades humanas.

Cuando a mediados de la década del 80 se reunieron por primera vez en Washington los más encumbrados exponentes del pensamiento económico mundial, el mundo desarrollado se aprestaba a ser testigo y protagonista de uno de los cambios más trascendentes de su historia.

Por esos tiempos, la onda renovadora de la economía mundial observaba la necesidad de una apertura de la economía, de privatizaciones, y de generar transformaciones profundas en los procesos de inversión.

A la vuelta de los años, quienes hoy cuestionan aquellos postulados afirman que las consecuencias de aquel cambio de rumbo trajeron aparejados la insensibilidad social de los gobiernos, el egoísmo y la falta de solidaridad en los países periféricos o emergentes.

Las tendencias económicas internacionales muestran un signo preocupante. Por lo pronto, se ha demostrado que el crecimiento económico se da junto con un decrecimiento de los empleos.

No hace mucho, las Naciones Unidas advirtieron sobre los desequilibrios sociales que se están registrando en el mundo. Entre otros cosas, denunciaron que 1800 millones de personas viven por debajo de la línea de extrema pobreza. Y que en América latina, casi la mitad de la población se encuentra por debajo de la línea de pobreza, observándose, además, un profundo deterioro de la clase media que se está convirtiendo en nuevos pobres.

En 1980, el trabajo en negro en nuestro país afectaba al 20 por ciento de la población activa. Hoy, es el 43 por ciento. En opinión de Fraga, el trabajo en negro será el gran conflicto de la próxima década, que no va a ser el desempleo, sino la desigualdad.

-La gran barrera de la desigualdad en la Argentina está entre los que trabajan en blanco y los que lo hacen en negro. Los que trabajan en blanco tienen un salario promedio de 1000 pesos, más obra social, aportes jubilatorios, acceso a créditos, tarjetas de crédito, crédito para el consumo; los que lo hacen en negro, el promedido salarial no llega a los 300 pesos y no tienen nada. Por eso digo que la forma más clara de exclusión es el trabajo en negro.

En un libro de Charles Handy, El futuro del trabajo humano, el fundador del London Business School sostiene: "Si nos disponemos a adivinar los modos según los cuales se organizará el trabajo en el futuro, no es por un juego de moda o por una ficción social; es la introducción necesaria a una consideración seria acerca de todo un capítulo de dilemas políticos y sociales. Si las tendencias y los presagios son significantes, nos hemos de disponer a hallar lo siguiente:

  • Mucha más gente que no estará trabajando para una empresa. ¿A qué se dedicarán, entonces? ¿Cómo se organizarán?
  • El tiempo dedicado al trabajo será más corto para muchas personas. ¿Qué harán entonces? ¿Cómo ganarán dinero?
  • Más solicitudes de especialistas y profesionales en las empresas. ¿Cómo se los formará? ¿Qué haremos con el resto de las personas?
  • Se dará mayor importancia a la economía casera y de la comunidad, a economías informales. ¿El trabajo de la casa será trabajo real? ¿Cómo se lo reconocerá y se lo recompensará?
  • El sector de la manufactura será más pequeño en términos del número de gente ocupada, pero será más grande en términos de rendimiento. ¿Qué se dedicará a fabricar? ¿Cómo se alimentará de nuevas ideas, técnicas y finanzas?
  • Una mayor demanda de educación. ¿Para qué? ¿Por parte de quiénes? ¿A qué edad? ¿Cómo se pagará?
  • Todas estas preguntas -dice el autor- van dirigidas a gente diversa, como políticos, empresarios, técnicos en educación y a los sindicatos. La profesión dejará de ser la medida completa de la identidad personal (...) Esta podría ser la ocasión de obtener una más amplia visión de la humanidad y de la vida.

    Un aspecto de enorme relevancia está dado por el aumento de la pobreza en la clase media. Según una encuesta de la consultora D´Alessio/Harris, siete de cada diez argentinos redujeron su consumo durante el primer semestre del año.

    Por su lado, la Encuesta Permanente de Hogares estableció que el 48,2 por ciento de la población del Gran Buenos Aires -5.800.000 personas- está formado por nuevos pobres, aquellos que se han empobrecido o que lo estarán en el corto plazo. La cantidad de nuevos pobres de Buenos Aires es tres veces mayor que la franja de pobres tradicionales del Gran Buenos Aires, que suman 1.800.000 personas.

    -La falta de trabajo compromete la dignidad del hombre y altera notablemente su salud, dice el neurobiólogo argentino Osvaldo Panza Doliani. Los especialistas que dirigen los cursos de orientación vocacional que se realizan en el hospital Borda aseguran que los jóvenes, con edades que van de los 16 a los 21 años, llegan con una angustia muy grande por su historia familiar, donde en la mayoría de los casos o hay desocupación o hay una enorme tensión por la eventual pérdida del empleo de sus padres. El conflicto que hoy atraviesan los jóvenes, pasa por discernir entre la vocación y la posibilidad de trabajar.

    El de miles de subocupados demandantes y no demandantes pasa por discernir entre mantener el puesto a toda costa y la posibilidad de abandonarlo en busca de horizontes más claros.

    Estos son

    Se los ve todo el tiempo, en todas partes.

    Son las estatuas vivientes, callados personajes que muestran su inmóvil arte sobre un mínimo escenario, nunca mayor que el tamaño de una baldosa, a cambio de un par de monedas.

    Son los hombres sándwich, que publicitan comercios y sitios de Internet impresos en esa especie de poncho de cartón que les cubre el pecho y la espalda.

    Son los volanteros y los tarjeteros, caminantes de calles que les arrojan indiferencia.

    Son los repartidores de pizzas y empanadas, montados en sus motos sin luces, desafiando semáforos y bocacalles, poniéndoles el pecho a las lluvias de invierno y a los ardientes asfaltos del verano.

    Son los vendedores ambulantes, que pelean el peso diario, con sus bolsas de consorcio negras repletas de pelapapas y buscapolos; de aspirinas y curitas. De todo, y de nada.

    Son los cartoneros y los recolectores de latas de gaseosa. Detrás de ellos, ya se sabe, alguien saca provecho del negocio.

    Son los vendedores de bijouterie, de fundas para celulares, de medias y calzoncillos, de paraguas, de pilas, de portadocumentos, de pósters de Rodrigo, de patitos de plástico viboreando en una palangana... que invaden las veredas de Retiro, de Once, de Constitución...

    Es el que toca el saxo en la estación Pueyrredón de la línea B de subterráneos.

    Es el que toca el violín en la estación 9 de Julio de la línea D de subterráneos.

    Es el que toca la flauta en la estación Perú de la línea A de subterráneos.

    Son los cadetes que cobran en negro, pero igual los obligan a enviar el telegrama si se les da por renunciar.

    Son los peones de taxis y remises.

    Son los albañiles que esperan en las esquinas que alguien los levante en un camión para ir a cavar zanjas, desmalezar terrenos o blanquear tapiales que después serán usados como pizarra por los políticos.

    Es Daniel, que perdió su empleo hace cinco años y ahora vende huevos por las calles de Ituzaingó arrastrando un changuito de feria.

    Es María Delia, de 25 años, que se enteró de que un importante negocio de artículos del hogar de San Antonio de Padua ofre-cía empleo -los requisitos eran: amplio conocimiento de inglés y computación para tareas administrativas- y la contrataron para limpiar los baños y plumerear computadoras.

    Todos ellos tienen un lugar en el Indec. Conforman esa ancha franja de 13.820.000 personas en condiciones de trabajar. A medida que la economía del empleo se va haciendo más inaccesible, los desocupados y los subocupados demandantes comienzan a crear sus propias formas de trabajo.

    En cualquiera de los casos, de lo que se trata es de zafar como mejor se pueda. El desocupado, el que fue expulsado del sistema laboral, venderá destornilladores en los trenes o tocará el violín en el subterráneo; el subocupado demandante, el que desarrolla su tarea en la periferia del sistema, repartirá pizzas y empanadas con su moto o se convertirá en hombre sándwich.

    Son los cuentapropistas de la globalización; hombres y mujeres afectados por el virus de la crisis económica que los deja fuera del sistema. No hay, para ellos, trabajo estable ni sueldo fijo; no hay aguinaldo ni obra social; no hay premios ni vacaciones.

    Viven al día y, como pueden, gambetean el presente con la oculta esperanza de volver, en un futuro no muy lejano, a entrar en el sistema, a recuperar el refugio, el protagonismo perdido.

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