Alternativa moral

Guillermo Jaim Etcheverry
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23 de enero de 2005  

Se afirma con frecuencia que, además de otras razones, los pobres lo son porque carecen de educación práctica, es decir, de habilidades que les aseguren empleo. No todos creen que sea esa la educación que necesitan. Entre ellos, el docente, periodista, crítico social y escritor estadounidense Earl Shorris, que ha desarrollado un programa educativo destinado a quienes viven en extrema pobreza, centrado en las humanidades. Shorris sostiene que así se logra una educación muy práctica.

Lo que subyace en su concepción es la distinción entre educación y entrenamiento. Este último, barrer el piso o aprender a operar una computadora, es decir, la repetición de una tarea simple, puede proporcionar un trabajo mal pagado con escasas posibilidades de progreso. Históricamente, las personas más desfavorecidas han sido preparadas para ese tipo de trabajo. Aun el entrenamiento para realizar tareas más complejas que requieren mayor esfuerzo, supone aprender algo ya hecho. La oposición es entre hacer y pensar, continuar y comenzar.

Si los países pretenden ocupar un lugar de preeminencia –sostiene Shorris– deben estimular en las personas su capacidad de pensar, de manejar los conceptos que fundan las humanidades y no preocuparse tanto por su entrenamiento, por sofisticado que éste sea.

Cultivando las humanidades se aprende a pensar reflexivamente, a comenzar, a animarse a encarar lo nuevo. Quien ha sido pobre por varias generaciones sólo podrá escapar al ambiente de pobreza cuando adquiera esa capacidad de pensar basada en la reflexión. Eso es lo que los convertirá en seres políticos, no en el sentido de votar, sino en el que Tucídides daba a la política: participar en actividades junto a otras personas en todos los niveles, de la familia al vecindario, de la comunidad más amplia a la ciudad-estado.

Shorris relata que la idea de estos cursos surgió del diálogo que mantuvo con una reclusa en una prisión de alta seguridad. Cuando le preguntó por qué creía que la gente era pobre, la mujer respondió: "Hay que introducir a los niños en la vida moral de la ciudad. Familiarizarlos con obras de teatro, conciertos, museos, conferencias. De lo que se trata es de ofrecerles una alternativa moral a la calle." En otras palabras, brindar a todos la posibilidad de acceder a las preguntas que se ha formulado el ser humano –y a las respuestas tentativas que ha ido dando– desde que los griegos tomaron distancia de la naturaleza para pensarla, asombrándose ante el poder de esa reflexión.

La exitosa experiencia de esos cursos, que a partir del que tuvo lugar en Nueva York en 1995 se han reproducido en varios países, ha sido recogida en numerosos artículos periodísticos y libros. Lo trascendente es la idea generadora: la educación como proveedora de una "alternativa moral a la calle".

No se trata más que de reproducir mediante la enseñanza de las humanidades –lógica, literatura y poesía, historia del arte y del país, filosofía moral– la experiencia griega que condujo a la invención de la democracia. Recorriendo un camino reflexivo similar, los adultos que participan de estos cursos acceden a la ciudadanía política, como lo hacen los destinatarios de cualquier educación que merezca ser considerada como tal y no como un mero entrenamiento. Toda la educación apunta a fortalecer la unidad de pensamiento y vida.

Al estudiar filosofía, literatura y arte los pobres, y también quienes no lo son, acceden a ser personas públicas. Es esta alternativa moral que proporciona la educación la que permite comenzar el viaje que conduce de la pobreza –material o intelectual– hacia la consolidación de personas dotadas de una plena ciudadanía democrática.

El autor es educador y ensayista

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