Amor y algoritmo

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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29 de junio de 2019  • 00:04

Encendemos el celular y pedimos sushi, pizza, remedios, helado… Bajamos información y mensajes, compramos autos, casas y paraguas… pero no podemos pedir el amor de nuestra vida a través de una aplicación. El universo de los vínculos sigue manteniendo sus secretos, y no hay tecnología ni red que habilite de forma garantizada que dos personas se encuentren de verdad, amor mediante, más allá de los intentos que al respecto hacen algunas aplicaciones de citas.

Existe un choque entre la idea de que se pueden conseguir realidades hechas a medida –productos, viajes, personas– gracias a la magia de internet, y la de generar relaciones significativas, singulares y no estandarizadas, vínculos que, de alguna manera, requieren "transpirar la camiseta" en el terreno emocional.

En ese sentido, la periodista francesa Judith Duportail dijo una muy interesante frase: "Lo cierto es que no puedes pedir una persona vía app y esperar una gran compañía o una conexión profunda".

La afirmación de la señorita Duportail no fue dicha al azar, sino que fue pronunciada en un reportaje que le hizo el diario español El País, en relación con su libro El algoritmo del amor, publicado recientemente en Europa, que investiga a fondo la aplicación Tinder y, entre otros temas relacionados, se sumerge en los avatares de quien, como ella, arribando a los 30 años de edad buscó algo parecido al amor a través de la mencionada aplicación.

Los interesantes comentarios de la periodista, además de desentrañar elementos muy significativos sobre el manejo de la información por parte de la aplicación investigada, se adentran en los modelos actuales de amor y de sexualidad, los miedos, la soledad y los propósitos de quienes navegan en busca de un amor que se hace difícil encontrar de esa manera.

Es verdad que no todos buscan el amor allí, pero no son pocos los que ponen en juego su afectividad en el laberinto de las redes, con grados distintos de frustración y dolor.

Más allá de las excepciones que siempre existen, el amor se resiste a los paradigmas del consumo, aunque el juego de ciertas aplicaciones parezca una góndola en la que todos son productos a ser consumidos de alguna forma.

El fenómeno del consumismo en el terreno de los encuentros trasciende las redes, al punto que los jovencitos, desde su blindaje emocional, a la hora de los besos hablan de "comerse" los unos a los otros y, en muchos casos (como menciona Duportail al parafrasear a Roland Barthes), prefieran el sexo a vivir el nuevo tabú de la época: la intimidad emocional.

Verdad es que no hay obligación de buscar pareja para realizarse en la vida. Lo que antes era un elemento esencial según los estándares sociales hoy ya no lo es tanto. Pero es también verdad que, sin que la presión social para lograr pareja sea tan significativa como otrora, muchos igual quieren vivir aquello de "amar y ser amados". Son los que lamentan que las cosas no se les hagan fáciles por la conocida liquidez del amor moderno y el aburrimiento de discurrir entre relaciones.

Quizás haya algoritmos para el amor, aunque parece mejor vivir como si estos no existieran. De hecho, en general el gran amor no se busca, se encuentra. Lo deliberado del buscar con ansia no es amigo de la eficacia cuando lo que se desea es un encuentro genuino con "alguien" y no con "algo".

La frágil autoestima juega juegos que, como los de las redes, duran poco. El tema es saberlo y tenerlo en cuenta, para no pedirle peras al olmo. Si las redes divierten, pues que diviertan, pero los algoritmos que las rigen no son diseñados para encontrar, sino para seguir buscando, más y más, hasta que el juego deja de ser divertido y pasa a ser desolador.

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