Amor: ¿Hay un gusto universal?

En esta ocasión, nuestro columnista habla sobre la tensión entre el amor y la cultura , y si la belleza es un valor objetivo, entre otras temas
Darío Sztajnszrajber
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14 de febrero de 2017  • 00:20

Hay una película del año 2006 llamada Paris Je t’aime que está integrada por varios cortometrajes cuyo tema es el amor en algún rincón de París. Digo “en algún rincón” no solo con una connotación espacial sino sobre todo porque la película aborda las diversas experiencias amorosas que se presentan en una sociedad cosmopolita, atravesada tanto por conflictos culturales como por conflictos económico-sociales. Ya pasaron diez años del estreno del film y habiendo sido sacudida Francia por la ola de atentados a partir del asesinato de los humoristas de la revista Charlie Hebdo, vale la pena volver especialmente sobre uno de los cortos que pone en tensión, una vez más, la cuestión del amor con el problema de las diferencias: ¿es el amor un sentimiento universal? ¿Rompe barreras? ¿Logra unir una diversidad que para los sectores más conservadores solo puede vincularse desde la violencia?

¿La cultura determina nuestro gusto?

La universalidad del amor se asocia con otras discusiones parecidas: ¿hay un gusto universal? ¿Es la belleza un valor objetivo? Estos dilemas quedan al desnudo en el segundo corto de la película, titulado “Quais de Seine”, donde se plantea el conflicto a partir del encuentro de dos jóvenes franceses: él, bien occidental, representaba el prototipo del joven consumista aunque sensible; y ella, una joven musulmana con su hiyab (uno de los velos que menos cubren el rostro de las mujeres) descansando a la vera del río. A partir de un accidente fortuito, los jóvenes entablan un diálogo con una clara actitud de interés mutuo, hasta que se plantea el eje problemático del cortometraje. Es que el joven intenta ayudar a la joven a colocarse el hiyab sin mucha destreza y, entre sonrisas mutuas, le dice aproximadamente: “¡Qué pena que tengas que taparte el rostro ya que sos tan bella!”; a lo que ella le responde: “¡Qué pena que no puedas contemplarme en el modo en que yo me siento bella! El hiyab representa mi fe y mi identidad, y así encuentro mi propia belleza”.

Claramente en este punto se produce una tensión ente dos lecturas antinómicas de un mismo estado. Lo fácil es resolverla tomando partido por una de ambas posiciones, como si ella expresara una mayor fidelidad a la objetividad misma de la belleza. ¿O será que la belleza es siempre en función de los marcos en que se la experimenta? Pero si así fuera, ¿cómo encontrar la manera de vincular ambos mundos? Aunque, en realidad, y en contra de este argumento, ambos jóvenes se gustaron, a pesar de o con sus propias diferencias. Allí hay un punto en común que acerca diferencias y hasta genera la posibilidad de un encuentro con el otro. De hecho, con un marcado tono optimista, el corto resuelve el problema con la presencia de un abuelo de la joven que de manera tolerante invita al joven a caminar todos juntos.

La desnudez de la belleza

Pero, independientemente de la resolución que logra la película, se genera toda una serie de preguntas en tono dilemático: ¿podrá consumarse una pareja entre dos jóvenes de culturas tan diversas? ¿Representa alguno de los dos de modo más cabal el ideal de belleza o la belleza siempre es relativa a su contexto? Pero también, ¿por qué asociar la belleza al rostro descubierto? ¿No supone eso ya una idea de belleza ligada a la desnudez? ¿Y no supone la desnudez ya un prototipo de belleza asociado a determinado tipo de placer? Dicho de otro modo; ¿qué es estar desnudo? O ¿qué es un rostro desnudo, sin maquillaje, sin adornos, sin el cultivo de la imagen?

¿Qué opinás de esta columna? Mirá más notas de Dario.Z.: ¿Quién gana con la monogamia? y Filosofía erótica: ¿cómo nació el amor?

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