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Bestiario

Amores perros. La muerte del dueño de uno los hermanó y una bombera les salvó la vida

Jimena Barrionuevo
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21 de agosto de 2019  • 13:16

Sin rumbo, agotada por el peso de su panza, Pirata llegó exhausta una tarde de invierno a los alrededores del Hospital Zonal Goya "Dr. Camilo Muniagurria", en la provincia de Corrientes. Sabía que se acercaba el momento de parir y la perra buscó entonces un lugar seguro donde tener a sus cachorros. No estaba equivocada -por lo menos no del todo-. Allí residía un grupo de comunitarios a los que algunas personas bondadosas de la zona cuidaban. Pirata tuvo sus bebés, que fueron dados en adopción, y una vez que pasó el tiempo indicado, se la llevó a castrar.

Al poco tiempo, la mala fortuna quiso que Pirata tuviera un accidente. Dicen los lugareños que la perra tenía una atracción especial por las ruedas de los autos y que probablemente ese amor desmedido la llevara a ser víctima de un golpe desafortunado que le costó uno de sus ojos. "La conocí en esas circunstancias, cuando fui a buscarla para llevarla a cirugía para que le trataran el golpe y el ojo gracias a la ayuda de gente que solidariamente pagó sus gastos. Pirata pasó a ser una más del grupo de comunitarios que por una razón u otra terminaron viviendo ahí. Ella era una de las más antiguas, junto a otros seis. Entre ellos estaba Negro, que llegó al hospital de Goya acompañando a su dueño que entró muy enfermo y falleció. Negro quedó esperando y nunca más se fue", relata Mariela, una de las voluntarias que se ocupa de los perros que viven en las inmediaciones del lugar. Pirata y Negro empezaron a ser compañeros y se volvieron inseparables.

El problema serio empezó en febrero de este año cuando una nota firmada por el director del Hospital prohibía que se alimentara a los perros comunitarios. El argumento, según el papel, era que los animales eran transmisores de vectores de enfermedad. La sorpresa fue grande para muchos y la noticia se viralizó en las redes sociales. Es que los comunitarios estaban castrados, con su correspondiente vacuna antirrábica y desparasitados.

"La gente estaba sorprendida. Los perros vivían ahí sin molestar, y eran parte de la vida misma del hospital", dijo el periodista Fabián Armúa en la Radio La Dos de Goya. "Los vecinos creyeron que era una decisión descabellada. Los animales estaban castrados y desparasitados, y en lo sanitario no implicaban un riesgo. Quizás había problemas con la limpieza porque por ahí se encontraban heces de los animales en el edificio, pero esto era más un problema del hospital que no podía atender convenientemente esta cuestión", expresó en ese entonces.

Tres meses después Pirata y Negro desaparecieron misteriosamente del hospital. Ni rastro quedó de ellos. "Desaparecieron juntos. Ningún comunitario deja su lugar de la noche a la mañana, así que lanzamos una búsqueda diaria por las redes, por whastapp y los medios", explicó Mariela angustiada.

Luego de un mes y días sin noticias de ellos, Mariela recibió un mensaje de una señora que preguntaba si seguía buscándolos. Quien escribía era Rosa, desde 9 de Julio. ¡Un pueblo a 75 km de Goya! Así que fueron buscarlos. "Nos dijeron que hacía poco habían aparecido en el pueblo en una esquina y con unas bolsas al lado. Alguien les daba de comer y también los alimentaban en la comisaría. Los trajimos a Goya y empezamos a pedir un hogar para ellos (en el medio todos los comunitarios fueron sacados y ubicados en familia) no aparecía adoptante y no podían volver a la calle porque terminarían en el hospital y eso era lo peor que podía pasarles".

El tiempo apremiaba y todos temían por la seguridad de Pirata y Negro. Hasta que un día Mariela recibió un mensaje que la hizo llorar de emoción. "Soy Liliana, una de las personas que cuidaba a Pirata y Negro en 9 de Julio. Veo que nadie pide a los perritos y la verdad no sé qué estoy esperando para decirte que quiero adoptarlos juntos". La alegría de Mariela era inmensa.

Liliana es bombero en su pueblo y ama los animales. Preparó su hogar para recibirlos: trabajó junto Walter para hacer cerramientos y brindarles seguridad y confianza. Además les enseñaron que ya nadie les haría mal y que a partir de ese momento ellos iban a estar bien y tenían una familia. La gente de Goya les mandó donaciones de balanceado, abrigo y cuchas. "¿Quién lo hubiera pensado? Quisieron lo peor para ellos y fueron llevados a 75 km para que no pudieran regresar. Ironías de la vida: porque justamente allí encontraron a la familia que tanto necesitaban y merecían", concluye emocionada Mariela.

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