Suscriptor digital

Anette Bening

Igualita que en la película

Con Belleza americana, que podría darle un Oscar, y con un marido, Warren Beatty, que quiere llevarla a la Casa Blanca, la actriz vive su mejor momento
(0)
19 de marzo de 2000  

Si Annette Bening se presentara como candidata a primera dama de los Estados Unidos, quizás desearía someter su calzado a votación. La actriz camina plácidamente por el jardín del hotel Château Marmont de Berverly Hills, California, en alpargatas de yute de suela gruesa, lleva una camisa blanca muy holgada, bluejeans y el cabello con mechas rubias recogido con una hebilla de caparazón de tortuga. Parece más una madre de veraneo que una futura figura política. Por cierto, Bening acaba de llegar de Malibú, donde pasó el día en la playa con sus tres hijos, Kathlyn (de 7 años), Ben (de 5) e Isabel (de 2). Pero su atuendo -y su obstinación por preservar su intimidad- tendrá que cambiar, si el anhelo expreso de su marido, Warren Beatty, de presentarse como candidato a presidente se hace realidad.

Nos encontramos, fue justo unos días antes de que el actor y director avivara el fuego de la especulación sobre su posible candidatura por el Partido Demócrata, en una carta con fecha 22 de agosto de 1999, dirigida a The New York Times. El único comentario de Bening sobre el intento de Beatty fue vía fax, y ya se mostró como una mujer política cautelosa: "Lo apoyaría en todo lo que Warren eligiera hacer".

Al solterón más célebre de Hollywood le llevó bastante tiempo -dejando de lado sus relaciones con Madonna, Julie Christie y Diane Keaton- encontrar su alma gemela. Pero finalmente la encontró.

"Cuando conocí a Annette, sentí un gran alivio -dijo Beatty. Fue en 1989, cuando se reunieron para conversar sobre su film Bugsy-. Es una mujer feliz. La vi en momentos en los que podría haber optado por ser infeliz y tomó la decisión de no serlo. Admiro eso muchísimo."

Por su parte, Bening estaba dispuesta a apostar que, a los 55 años ,Beatty estaba finalmente decidido a sentar cabeza. Al igual que Beatty, Bening proviene de una familia republicana de clase media, y los padres de ambos disfrutan de un matrimonio estable. Ella nació en Topeka, Kansas, el 29 de mayo de 1958, y se mudó con su familia a San Diego cuando tenía 7 años. Su padre, Grant, era el gerente de una compañía de seguros y cursos de Dale Carnegie (conocidos como El poder del pensamiento positivo); su madre, Shirley, se dedicó a la crianza de Annette y sus tres hermanos mayores. En la secundaria, en Patrick Henry, Bening descubrió su vocación. Luego fue aceptada en el programa de tres años en el prestigioso American Conservatory Theater en San Francisco, donde conoció a su primer marido, Steven White, un profesor de teatro, con quien se casó en 1984. La pareja se mudó a Colorado donde él dirigía el Denver Center Theater, y ella trabajaba como protagonista de sus producciones de El jardín de los cerezos y Pigmalión. Pero Bening cambió su carrera teatral regional para probar suerte en Broadway. Fue la protagonista de Coastal Disturbances, en donde su papel de fotógrafa la hizo merecedora de una nominación para un premio Tony en 1987.

Pero mientras su carrera prosperaba, su matrimonio comenzó a colapsar. "Fue el momento más doloroso de mi vida -dice Bening al referirse a su divorcio de White en 1991-. Mi ex marido es una buena persona de verdad."

Su film más reciente, la tragicomedia Belleza americana examina brillantemente este territorio preciso: la fragilidad de un matrimonio moderno actual y la familia. Bening interpreta a Carolyn, una mujer de mediana edad que se enfrenta a un marido en perpetua crisis de los 40 (Kevin Spacey), a una hija adolescente marginada (Thora Birch) y a un incontrolable deseo de convertirse en la reina de los agentes inmobiliarios del lugar, y todo esto comienza a destrozar su relación duradera.

"La quise a Annette en este papel", dice el director de su primer largometraje, Sam Mendes. El primer día de ensayo, Annette entró en la sala e inmediatamente empezó a actuar en su papel de agente inmobiliario; se había transformado en el personaje. Kevin Spacey decía: "Voy a tener que esmerarme para estar a su altura."

Pero pese a todos sus momentos alegres, Belleza americana es una película profunda. "Ayer hablaba con una persona muy querida para mí que está pasando por un momento difícil en su matrimonio, y me decía: No sé cómo pasó, porque en verdad nos amamos. La película trata sobre la decadencia lenta de la que uno no se da cuenta hasta que los resentimientos empiezan a acumularse", algo sobre lo que Bening, al igual que la mayoría de las mujeres a los 40 años, conoce más que bien.

-Muchas mujeres se van a identificar con tu personaje de Belleza americana .

-Carolyn es una mujer que podemos encontrar en cualquier lugar de este país, que quiere estar enamorada, tener una vida sexual plena, ser una buena madre, tener éxito -o percibirlo de algún modo-, y que es incapaz de lograr lo que quiere.

-En otras palabras, basta con mirar a tu alrededor para estudiar el papel.

-Cuando crecía en las afueras de San Diego, podía haber sido tranquilamente la vecina de Carolyn. Era a comienzos de la década del 70, cuando el movimiento feminista comenzaba a tener eco. Trabajaba como baby sitter en el barrio, así que veía todo de cerca. Y todo el mundo se divorciaba. Habían sido educados con la convicción de que ser madre y estar en la casa era todo lo que debían hacer. De pronto, cambiaron las reglas. Ser madre estaba muy desvalorizado, era la revolución sexual y todo el mundo estaba enloquecido. Y estas mujeres de treinta y pico, con hijos chicos y casadas con el mismo tipo desde hacía 10 años salían a dar vueltas en sus camionetas familiares y se mandaban a mudar, frustradas porque la vida de hogar era una verdadera trampa. Por supuesto, lo difícil es cómo criar a los hijos sin quedar atrapada en el hogar.

-¿Cómo lo hacés? Tenés tres hijos chicos y sos una madre bastante práctica.

-A decir verdad, creo que muchas mujeres subestiman las dificultades de la maternidad. Por más que des al chico la atención adecuada, hay que sobrellevar otras cosas que pueden ser muy dolorosas. Con Warren hablábamos sobre una mujer mayor que conocemos y a la que sus hijos adultos no le hablan. Yo decía: "Por Dios, no puedo concebir algo peor que eso, que por alguna razón hice algo para que mis hijos no hablen conmigo". Y Kathlyn, mi hija mayor, estaba en la habitación escuchando y dijo: "¿De qué estás hablando?" Le dije que sólo trataba de imaginarme esa situación. Después pensé en un pasaje de El rey Lear: "Más filoso que un diente de serpiente es tener un hijo ingrato".

-Siempre quisiste tener hijos, y Warren dijo en una oportunidad que tu entusiasmo por los chicos lo colocaba a él en el lugar más alto.

-Sí. Siempre, desde muy chica, sabía que, si podía, quería tener hijos. Pero de todos modos es difícil. Cuando sos madre pasás primero por una etapa de transición física.

-¿El engordar fue particularmente difícil? ¿Dijiste una vez que tenías trastornos alimentarios?

-No, lo que dije fue distorsionado. Cuando tenía más o menos 20 años, empecé a comer de más por primera vez en mi vida y aumenté de peso. No era obesa, tenía diez kilos de más. Había tenido una relación angustiosa, que aún hoy me pone mal, aunque me pueda reír de ella.

-¿Fue tu primer amor?

-¿Primer amor? No, fueron esas locuras pasionales que se basan en algo enfermizo, que es más fuego que algo estable, y después terminan. De todos modos, era muy infeliz, demasiado; después pasé por todas esas luchas clásicas por mi imagen corporal. ¿Estoy gorda? ¿No lo estoy? ¿Está mi cuerpo bien? ¿Debo o no debo comer?

-¿Cómo lo superaste?

-Cuando fui a Nueva York, a los 28. Pero decir que era un trastorno alimentario es demasiado. No era anoréxica ni bulímica, sólo neurótica sobre mi imagen corporal.

-¿Cómo lograste finalmente bajar de peso?

-Desde los 20, tuve que ir a gimnasia y cuidarme. Pero el problema era mental. Me dije: "¿Querés pasarte el resto de tu vida haciendo lo que todo el mundo hacía en tu familia?" Me siento muy orgullosa de que no sea así.

-Parece que había dificultades en tu familia cuando eras chica.

-Había obstáculos en el camino. No quiero idealizarla porque no era una familia perfecta. Al ser discreta das la impresión de que las cosas parecían más sencillas de lo que realmente eran. Pero para proteger mi intimidad y la de mi familia, no especifico demasiado. Pero había problemas. Si ves mi actuación en Belleza americana, podrías verlo. Cuando vi la película, dije: "Dios mío, quizá sea yo. Y de algún modo sí".

-¿En qué sentido?

-Esta mujer está a punto de volverse loca, y llega al límite. Y yo también llegué ahí en mi vida.

-En tu juventud, cuando eras adolescente, ¿eras rebelde?

-No, escondía todo.

-¿Por qué?

-No quería disgustar a mis padres. Era una nena buena. Pero estaba metida en muchas locuras de las que mis padres no sabían nada.

-¿Qué clase de locuras? ¿Consumías drogas?

-Pese a que estaba rodeada de mucha droga, eso era algo que me es- taba completamente prohibido. Quería ocultarle a mis padres todo lo que podía molestarles. (Risas.) Pero llega un momento en tu vida que te plantás y decís: "Voy a hacer lo que yo quiera". Creo que mis padres estaban preparados cuando finalmente lo hice. Les dije: "Miren, los amo, no quiero herirlos, pero en este momento quiero hacer lo que se me dé la gana".

-¿Qué edad tenías cuando les dijiste eso?

-Como 30. ¿No es patético? Soy tan patética. (Se ríe.)

-Hiciste tu primera película a los 30. ¿En una industria que glorifica a las mujeres jóvenes, no tenías miedo de estar comenzando demasiado tarde?

-Fui a Nueva York primero, porque le tenía pánico a Los Angeles, no lo entendía. Tenía el pelo largo, los dientes torcidos y no tenía ni la más mínima idea de cómo tratar a la gente, cómo conocerla. Si me daban un guión para una audición, ahí sí me sentía bien. Pero cuando me decían: "Sé vos misma", me aterrorizaba.

-¿No querías ser famosa?

-No. Pero eso es una locura, porque no sos actriz a menos que busques llamar la atención.

-Irónicamente, te casaste con el hombre más famoso del mundo. ¿Te importaba?

-No, en realidad, no. No había pensado demasiado en él. Cuando lo conocí, me agradó hablar con él, era encantador, inteligente. Y enérgico. El estaba buscando a alguien que trabajara con él y pudiese desafiar su papel.

-Se llevan 22 años. ¿Influye en algo?

-Warren es una persona muy liberada. Pero todos llegan a un punto en su relación donde dicen: "No somos iguales". Y eso es muy cierto en nuestro caso. Somos muy diferentes, pero en una relación no es necesario ser igual al otro.

-¿Te diste cuenta de esas diferencias enseguida?

-Cuando estás con alguien durante un tiempo, ahí es cuando realmente comenzás a conocerlo. Una vez leí que lo que atrae inicialmente a la gente es lo mismo que finalmente los separa. No creo que para llevarse bien con alguien haya que ser igual a la otra persona. Pero sí me preocupo por mi vida afectiva.

-Debe de ser también muy difícil mantener un matrimonio ante la vista de todo el mundo. Bette Davis una vez me dijo que si un matrimonio funciona es porque la mujer lo hace funcionar.

-¡Eso sí que es interesante! ¿De verdad pensás que es cierto?

-¿Qué lección te dejó tu primer matrimonio en cuanto a qué hacer para estar felizmente casada?

-Que el matrimonio implica mucho trabajo. En determinados momentos debés esmerarte si querés seguir junto a la otra persona, porque no poseés la obligación de hacerlo. Tenés que elegirlo. Si decidís estar con alguien, entonces comenzás a analizar cuáles son los problemas. Decís: "Bueno, puedo dejar pasar eso, pero no esto".

-¿Tus hijos se dan cuenta de lo que hacen sus padres?

-Kathlyn está empezando a notar que hay algo diferente en nosotros con respecto a otros padres. Soy muy consciente de eso, protectora, extremadamente vigilante. Hago todo lo que puedo para ayudarlos, pero también es importante decirles: "Así son las cosas, esto es lo que tenés. Todos tienen sus cosas".

-Visto desde afuera, parece que has tenido suerte en la vida.

- No diría eso, aunque en parte es verdad. Pero siempre trabajé mucho. Una parte de mí no admite que la razón por la cual me dan trabajo es porque me esmero. Cuando tengo que hacer algo, y no sé cómo manejarlo, me esfuerzo para lograrlo. Así manejo mi ansiedad y mis miedos. Y tengo mucho de ambos cada vez que encaro un trabajo.

-¿Y en tu vida personal también?

-Seguro. Tengo seguridad, y recursos internos, pero también tengo miedo. Pero a los 40, me doy cuenta de que con los años te conocés más. Incluso tus propios impulsos.

-¿Conocés las consecuencias de tus impulsos?

-Sí. Y sé cómo ser compasiva conmigo. Tengo más recursos internos que los que tenía antes. Decís: Esta es mi mente que se está comportando de esta forma y no le voy a dar rienda suelta porque me conozco.

-Es interesante, porque al final de Belleza americana, pese a todo el caos -o, mejor dicho, gracias a él- los personajes descubren quiénes son realmente. En ese sentido, es como una familia de verdad.

-Bueno, lo especial e inusual sobre todos nosotros en esta película fue la cercanía que tuvimos. Durante las dos semanas que duró el ensayo compartimos muchos momentos en donde hablábamos de la vida de cada uno, de nuestras experiencias sexuales, nuestras buenas y malas relaciones. Las películas a veces pueden ser tan grandes y estar tan dominadas por la maquinaria y el dinero que hay demasiadas prioridades para todos. Pero, en este caso, todo el mundo lo hizo por verdadera vocación.

-Definís a tu personaje como una mujer de mediana edad. ¿Te importan los años?

-Nunca tuve problemas por esto. Si mi juventud estuviese capturada en un film, quizá sí, pero nunca trabajé de chica. No fui famosa a los 21, como Warren. Además, no creo mucho en la belleza exterior. ¿Sabés una cosa?

-¿Qué?

-Mi deseo es, con los años, ser cada vez menos linda. (Se ríe.) En serio, ése es mi objetivo.

(c) US/ La Nación

Traducción de Andrea Arko

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?