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Bienestar

Angustiada por la muerte de su madre tomó una decisión con la que encontró su mejor versión

Jimena Barrionuevo
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30 de julio de 2019  • 00:58

La muerte de su mamá María Elena le había significado una pérdida muy grande. "Luego de tres años de lucha contra el cáncer, lo único que yo veía como positivo es que ella había dejado de sufrir", pensó Maru Ablático. Algo no estaba bien. Su hermano había retomado su trabajo a los pocos días y realmente se lo veía muy enfocado. "Por el contrario, yo solo tenía energía para un trabajo sin exigencias y no me reconocía en este sentimiento que, además, me hacía sentir un tanto culpable".

Hasta que un libro llegó a sus manos en el momento justo: en sus páginas Maru pudo leer cuáles eran las etapas por las que una persona puede pasar en el proceso de un duelo. Negación, enojo, súplica, depresión y aceptación fueron palabras que resonaron en su interior. "Hubo un párrafo en particular con el que me sentí identificada ya que mencionaba que mi apatía y desgano podían ser normales en el proceso. Y para que mi padre y mi hermano pudiesen entenderme, también lo compartí con ellos. Esto fue liberador, me quitó la culpa y me permitió aceptar que ese sentimiento también pasaría. Y entendí que en este caso no me ayudaba la autoexigencia, sino que tenía que respetarme, respetar mis sentimientos y valorar los pequeños logros del día a día".

Entonces se propuso abrirse a la vida y a quienes aparecieran en su camino. Fue así que conoció a Nicolás, un joven itinerante cuyo trabajo lo llevó a Barcelona por un par de meses. "En esta postura de vivir el presente en lugar de estar pensando en el futuro, fui capaz de empezar a ver que la vida nos trae a las personas y situaciones que necesitamos en el momento justo. Conocí a un chico con el que empecé un vínculo. Se fue y volvió de viaje varias veces. Y, cada vez que partía, yo tenía que atravesar un mini duelo y por momentos me preguntaba: ¿por qué sigo viviendo estas situaciones? No lo sé, lo que sí sé es que no fue casual, que la vida lo trajo a mi lado para enseñarme cosas y acompañarme en este proceso, por eso estoy agradecida de haberlo conocido y tenido la oportunidad de compartir tantas cosas juntos. Pero nuestros caminos eran diferentes".

Había pasado ya un año de la muerte de su mamá y Maru sintió que era un buen momento para enfocarse en su carrera profesional y buscar alternativas para trabajar por su cuenta (hasta entonces estaba empleada en el departamento de marketing de una empresa en Barcelona, España). Con ese objetivo en mente, contrató a un coach para que la ayudara a ordenar ideas y buscar opciones.

"Un día, mientras intentaba preparar una propuesta estratégica como parte de una de las tareas que me había dado el coach, no conseguía interesarme ni motivarme en el trabajo. Al revisar proyectos que había hecho, me asombraba que hubiese tenido la energía para llevarlos a cabo. Y ahí me saltó una alarma que me dijo: Si esto no me motiva, ¿qué me motivaría ahora mismo? Me di cuenta entonces que, antes de abordar el tema profesional, tenía que terminar de acomodarme y estar bien a nivel personal. Y así me surgió el deseo de hacer un viaje que me permitiese desconectar para tener tiempo para mí, un viaje de crecimiento personal".

¿Qué podía combinar todo lo que Maru buscaba? Un retiro espiritual y un voluntariado. Era una idea arriesgada, jamás había vivido una experiencia semejante. Pero se puso en marcha y decidió que Nepal, en el continente asiático, era el destino que necesitaba para llevar su proyecto a la realidad. Y fue así que, casi sin darse cuenta, en una semana tuvo todo listo para emprender el viaje.

Viaje interior

"Debo confesar que mientras el avión aterrizaba en Kathmandú, me preguntaba ¿quién me mandó a venir acá y sola?". La idea del inicio del retiro la asustaba: era de introducción al budismo, y ella nunca antes había meditado. Tendría que pasar los próximos diez días en un monasterio ubicado en un monte con vistas al valle de Kathmandú, sin celular ni conexión a internet, con comida vegetariana, meditaciones y momentos de silencio, compartiendo cada día con más de 100 desconocidos de todo el mundo.

¿Y que encontró en el retiro? Todo lo que necesitaba en ese entonces. "Tiempo para estar conmigo misma, para leer sobre las emociones, para aprender a meditar. Entendí que nada es permanente, todo está en constante cambio; que el sufrimiento surge de las expectativas no cumplidas, de no aceptar el presente tal cual es y del apego a las cosas y personas, y que todo lo contrario trae paz. El retiro en general y en particular una meditación que tuvimos sobre la muerte, me ayudaron a culminar con el proceso del duelo de mi madre. Fue una experiencia enriquecedora en todo sentido".

Luego llegó la segunda parte del viaje: el voluntariado en un orfanato donde Eugenia aprendió a vivir en las mismas condiciones que los chicos que allí habitaban. Con pocos recursos, sin agua caliente y comiendo cada día lo mismo entre otras cosas. "Aquí tomé real consciencia de la calidad de vida que tengo y de las oportunidades que tuve hasta el día de hoy, por lo que tengo que estar muy agradecida. Cuando partí de Kathmandú me puse a llorar, tanto de emoción y alegría por haber vivido esta experiencia, como por la tristeza de tener que irme de Nepal. Y así regresé a casa, completamente renovada, llena de energía y motivación para seguir adelante en mi camino y encarar nuevos desafíos".

Actualmente está empleada en una nueva empresa. Asegura que consiguió una mejor calidad de vida ya que todos los aprendizajes que logró en su viaje le permiten afrontar las diferentes situaciones sabiendo que de ella dependen tanto su felicidad y paz, como el grado de sufrimiento que pueda tener. "Aunque extraño a mi madre y me gustaría que estuviese en este mundo, su regalo fue esta gran oportunidad de crecimiento que sacó lo mejor de mí".

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