Antonio Seguí: el cordobés universal

Es, para muchos, el artista argentino con más proyección internacional. Tiene el mejor marchand de Europa, y sus cuadros se venden como panes. Dejó el país en los ´50 y ahora, a los 70 años y desde París, se anima a mirar la Argentina con ojos de niño
Es, para muchos, el artista argentino con más proyección internacional. Tiene el mejor marchand de Europa, y sus cuadros se venden como panes. Dejó el país en los ´50 y ahora, a los 70 años y desde París, se anima a mirar la Argentina con ojos de niño
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31 de octubre de 2004  

PARIS.– Alguien me dijo que vivía en un castillo, en las afueras de esta ciudad. Fui hacia allí, con las indicaciones celosamente anotadas en mi libretita de viaje: dos estaciones después de la Ciudad Universitaria, metro Laplace. Salí del subte y encontré una mezcla de Belgrano R con San Antonio de Areco. Leí las coordenadas: Avenue Laplace y Avenue Richaud. La casa es conocida porque allí vivió y murió el político y científico François Raspail, así que hoy es considerada monumento histórico. Pero yo no vi ningún castillo ni números marcados en la pared. Una señora que pasaba con una típica baguette en la mano me señaló la placa de hierro: Aquí vivió y murió François Raspail (1794-1878). La casa de Antonio Seguí no es un castillo ni está tan lejos de París. Pero se impone. Allí, el artista trabaja todos los días, incluso sábados y domingos. Llegué a las 12 de un domingo, sol espectacular: no hay muchos días así en París. Intenté abrir la puerta principal, tocar el timbre, sacudir las rejas. Y nada. Probé por unas puertas laterales, hasta que por una entrada insignificante de la parte de atrás de la casa lo vi acercarse: alto, corpulento, con un pantalón de jean celeste, enormes bigotes blancos. Amable, me hizo pasar al taller, una construcción independiente de la casona principal, al costado de un jardín con una fuente rodeada de flores.

El personaje principal del atelier, la luz. Entra por todos lados y en abundancia. Allí siempre se escucha la voz de Agustín Lara cantando un bolero. Da la sensación de estar en casa: el paquete de yerba a medio abrir, la música, el tono cordobés. Y, muy cerca, una parrilla con una bolsa de carbón.

–Me hago traer la carne de la Argentina. Tengo el frigorífico lleno de carne de Córdoba –dice Seguí, mientras nos instalamos en los bancos de una mesa larga. El ceba mate en una calabaza de tamaño considerable, típicamente correntina, de esas que sirven para una charla con tiempo.

–Maestro, ¿por qué está en París?

–Porque París fue el lugar donde pude desarrollar lo que tenía ganas de hacer. Y el único donde pude expresar mi pasión con más tranquilidad. Antes había estado en Buenos Aires, y fue una experiencia nada gloriosa para mí. Empecé a vivir de la pintura cuando llegué aquí.

–¿Cómo es para un cordobés vivir en Europa? Ser extranjero, el idioma, las costumbres...

–Había venido a estudiar aquí en el ’52, tenía 18 años, y me fui con la convicción de que jamás volvería: creía que no había gente más antipática que los parisinos. Esa fue la imagen que me guardé cuando me fui, en el ’55.

–Usted se fue de la Argentina en plena etapa peronista. ¿La situación política tuvo algo que ver en su vida?

–No, nunca fui peronista, no creo que mi viaje haya tenido nada que ver con la política. Tenía más que ver con una idea muy fuerte de mi generación para la cual la cultura pasaba más por Francia que por la Argentina. Nosotros leíamos más a Arthur Rimbaud y a Stéphane Mallarmé que a los autores nacionales.

–Volvamos al sentimiento de ser extranjero. A no ser del lugar. Algo que han vivido y viven muchos argentinos.

–Soy de los dos lados, que es distinto. Me siento como en Córdoba y hago la misma vida.

Antonio Seguí nació en 1934 en Córdoba, en el seno de una familia tradicional, con un buen pasar económico. Su padre tenía campos en el norte de la provincia, además de dedicarse al comercio, y le financió los estudios de derecho, que Seguí abandonó para irse a Madrid, a estudiar pintura y escultura. Se fue en el ’52, regresó en el ’55 –previo paso por París– y montó su primera exposición individual en la Galería Paideia de Córdoba, donde los militares habían pedido la clausura porque en sus cuadros ironizaba sobre la sociedad cordobesa, sobre los curas, sobre los jueces. Este joven de familia católica.

En 1958 se compró un autito e inició un viaje por América latina, por los caminos del Che Guevara, para terminar en México, amigo de Siqueiros y vecino de Agustín Lara, a quien escuchaba ensayar y probar la voz todos los días.

Seguí es raro, es diferente. No se hace el políticamente correcto. Le gusta vivir bien y no lo oculta.

En 1963 se estableció definitivamente en París y expuso en la Bienal de Pintura Joven. Desde entonces, se sucedieron galardones y premios. Hoy, sus obras se cotizan en más de 100.000 dólares en Europa, es uno de los pocos artistas argentinos considerados internacionales y tiene un marchand en cada capital importante del mundo. Son muy pocos los pintores argentinos que exponen regularmente tanto en museos como en galerías del exterior y que, como Seguí, tienen un mercado estable.

–En el ’52 era un jovencito...

–Tenía 18 años. En España me instalé con un tío que era jesuita y director de un colegio. Después me vine a París, porque ése era mi sueño: llegar a París. Me instalé acá hasta los 21 años, y me tuve que volver porque la que me becaba era mi abuela, que se había enfermado.

–¿Qué tipo de vida hacía?, ¿bohemia?

–Más o menos. Nunca comí en un restaurante universitario. Pero como la vida transcurría en Saint-Germain-des-Prés, allí encontrabas restaurantes griegos muy baratos. Además, había un grupo muy importante de latinoamericanos con los que nos entendíamos: nos reuníamos en un bar cerca del metro Odeon donde siempre encontrábamos a alguien con quien conversar.

–Usted rompe el mito de que hay que ser pobre para ser artista.

–Es la cosa más fea ser pobre.

–¿Cómo llegó hasta esta casa considerada monumento histórico?, ¿es suya?

–Esta casa no tiene muchas ventajas. Cuando hay que cambiar un vidrio, tengo que llamar a tres arquitectos, y eso la hace cara. La compré ocupada por mucha gente, en el ochenta y pico. La historia de por qué estoy en París y aquí es bien divertida. Cuando vine para acá [Antonio] Berni tenía un taller y me lo prestó. Y un buen día recibo una carta que dice: "Dentro de seis meses voy a ir a París, así que buscate un atelier". Era lo más lógico, porque incluso ya me habían propuesto una exposición.

–A usted le proponen exposiciones, ¿y matrimonio?

–Ya venía con el matrimonio hecho... me casé por poder, estando en Panamá, con Graciela Martínez, una chica que era coreógrafa. Y he tenido pocas mujeres. Tres o cuatro. No son muchas.

Antonio Seguí es un hombre absolutamente contemporáneo: no tiene melancolía de ningún pasado. Vive el presente. Es más, está más que actualizado. Sabe hasta los más mínimos detalles de la política argentina. Todas las mañanas se instala frente a su computadora y lee los diarios por Internet. Además, tiene Û un librero amigo que le manda todos los libros periodísticos que se publican. Y cada vez que un político o un escritor pasa por París, en algún momento se llega hasta lo de Seguí para charlar un rato. Por allí pasaron Raúl Alfonsín, Graciela Fernández Meijide, y hasta François Mitterrand.

–La gente se transforma. A Mitterrand lo conocí antes de que fuera presidente, y la última vez que lo vi parecía cuatro reyes juntos. Esas cosas del poder no se sabe cómo se manejan.

–Hablando de política, a lo largo de estas décadas que arman su vida también se armó la historia de su país: con el peronismo, los militares, Frondizi, los golpes de Estado...

–(Suspira) Me fui de Córdoba en pleno peronismo y volví justo con la revolución del ’55...

–No sólo en Córdoba fue la revolución...

–Pero fuera de Córdoba, y en Buenos Aires, me han hecho sentir tan extraño como en París. Me quedé en Córdoba durante el ’55 y el ’56 porque tenía un grupo de amigos que hizo un diario para apoyar la campaña de Arturo Frondizi: se llamaba Orientación. Era un grupo muy lindo; recuerdo a Gustavo Roca; al Negro Guzmán, de Jujuy, que fue gobernador. Pero a fines del ’56 se muere mi abuela y...

–Y se queda sin beca. ¿Cómo ganó su primer sueldo?

–Nunca tuve un sueldo en mi vida. Y los primeros mangos los hice dibujando.

–Dígame, maestro, ¿cómo es su proceso de creación?, ¿tie-ne una idea en la cabeza o piensa sobre la tela?, ¿entrena todos los días, hace garabatos?

–Siempre tengo tres o cuatro cosas a la vez. Cuando me canso de una paso a la otra. Pero como siempre he trabajado por series, una serie empieza y termina. Pueden ser 50 cuadros o 100. . .

–¿Tiene las series en la cabeza?

–La serie aparece. Por ejemplo, ahora estoy haciendo una que se llama "El sol no sale para todos", en la que divido el cuadro en gris y en color...

–¿Qué lo inspira?

–Siempre comienzo dudando. Y a veces termino un día mejor que otro. La pintura es como el fútbol: a veces hay jugadas fantásticas y otras no tanto. Salgo de mi taller muy temprano a la mañana, tomo café en un bar y me pongo a trabajar en lo que tenga. Hasta el almuerzo, en que me reúno con mis asistentes. Y después vuelvo al taller.

–En la Argentina hay nuevos personajes que podrían inspirarlo, además de los señores de gris oficina: piqueteros, cartoneros...

–Los cartoneros le hubieran venido bárbaro a Berni. Los piqueteros me caen mal. Es el resabio de esa cosa argentina de estar esperando la dádiva. Es terrible...

–¿Hay automatismo en su manera de trabajar?

–Sí, un poco. Siempre me ha interesado mucho la arquitectura del cuadro. Me dejo llevar, pero si veo que estoy construyendo. Necesito de un armado. En el fondo hay algo de una cierta pintura no figurativa.

–El tono irónico de su obra, ¿de dónde proviene?

–Sale de Córdoba. En casa siempre se hizo de la risa una ceremonia. Córdoba es una fábrica de chistes...

–A los setenta uno tiene un orden de prioridades en la vida. ¿O todavía no? ¿El amor, el dinero, la pintura?, ¿cuál es su orden de prioridades?

–No sé... Para mí en lo inmediato es la pintura.

–¿Por amor sería capaz de dejar de pintar?

–¿Por amor a quién? (Se ríe)

–¿A una mujer?

–Seguro que no.

–¿Y qué es capaz de hacer por dinero?

–Las mismas concesiones que hacen todos los que conozco. No podría ser un hombre despojado, ni llevar una vida despojada. A mí me cuesta mucho vivir: tengo muchas obligaciones, soy una pequeña empresita.

Seguí apuesta a la bohemia como cierta forma de vivir en la que uno se acerca a la gente con la que se siente bien más que a aquella que le puede aportar algo. "Me siento un neomarginal", dice. No tiene demasiado aspecto de bohemio, más allá de que reivindica el término. Los quesos desplegados cuando llega la hora del almuerzo están demasiado bien elegidos como para alguien que no tiene savoir faire. Y el vino tiene su pedigree.

Todo está pensado. Hasta una ensalada verde que prepara en unos minutos, sobre la que esparce unos granos enteros de pimienta rosada que explotan en la boca como burbujas. Los panes, la manteca. Este señor se da los gustos. Vive muy confortablemente. Rodeado de plantas, de obras de arte precolombino y de sus propias pinturas. No se siente cerca de casi ninguno de los pintores de su época, ni de Rómulo Macció, ni de Ernesto Deyra, ni de Luis Felipe Noé, ni de Josefina Robirosa ni de Carlos Alonso. "Cuando tengo un momento de crisis me vengo acá, me encierro y me pongo a trabajar; es la única forma que tengo para calmarme. Con música de Agustín Lara. O pongo la radio."

–¿Usted se reconoce como un pintor rioplatense?

–No, porque ser de Córdoba no es ser rioplatense. No me reconozco como nada; hago lo que puedo. Cuando me preguntan por el sombrerito tengo diez explicaciones para dar. Mi trabajo es un poco la reconstrucción histórica de mi infancia: no recuerdo haber visto a mi padre sin sombrero. Los tíos, los abuelos... todos tenían sombrero.

–¿Cómo lo encontraron los años 60?, ¿haciendo el amor o la guerra?

–He sido militante de la pintura, que es mi pasión. Hasta Mayo del ’68, acá era pura fiesta. Con Copi [Raúl Natalio Damonte Taborda] desayunábamos fumando en el Café de Flore o en Les Deux Magots. A partir de ese momento me aislé. Y salí de ese exilio en mi taller recién en el ’98.

Charlando con Seguí uno se pregunta cómo se llega al lugar adonde él llegó. Fue profesor de la Escuela Superior de Bellas Artes en Francia durante seis años, el único latinoamericano que ha ocupado ese puesto. Además del talento, además del trabajo, además de las condiciones personales, ¿cómo se cruza el límite que separa la fama del prestigio internacional?

–Las galerías Claude Bernard y Jeanne Bucher llegaron a mí. Yo había expuesto en la Bienal de París y me escribieron al consulado. Como acababa de llegar, vivía en hoteles, así que un día fui al consulado y me encontré con las dos cartas. En esa época, el dinero no era prioritario. Mi generación lo único que quería era sobrevivir con lo que hacía. Nadie tenía la vocación de ser rico con la pintura.

–¿Qué pintores lo han impactado?, ¿Goya, Bacon, Warhol? Hablo de empatía frente a un cuadro...

–Hay muchos. De los americanos me encanta Rauschenberg, me encantan Larry Rivers, Philip Guston... Y Berni siempre me emocionó muchísimo: Ramona. Juanito. Torres García me encanta. Cuando llegué a España lo conocí a Gutiérrez Solanas...

–¿A qué pintor argentino contemporáneo le gustaría tener colgado en su casa?

–Al Guillermo Roux de principios de los 70 le compré un dibujo grande; es muy lindo... Compré un ombú de Nicolás García Uriburu, tengo un Antonio Berni, un Mario Gurfein, un Carlos Alonso...

–¿Nunca extraña la Argentina?

–La Argentina, no. Córdoba. Yo tengo necesidad de volver a Córdoba cada tantos meses porque, si no, me falta el oxígeno.

Any Ventura

Para saber más

www.mnba.org.ar/p86.htm

www.fundacionkonex.com.ar/ premios

Fiel a su imagen

Por Natalio Povarche

Un autor se consagra cuando su producción puede ingresar en todos los mercados del mundo. Esto lo convierte auto-máticamente en un artista internacional. Eso es precisamen-te lo que ocurrió con Antonio Seguí desde que se radicó en Francia, a principios de los años 60. Presentó una obra origi-nal, que se diferenciaba de lo producido en su época. Los expertos europeos reconocieron inmediatamente esa cuali-dad y lo introdujeron en un circuito de excelencia. Este proceso, favorecido por la acción de críticos, marchands y coleccionistas, continúa hoy. Seguí está instalado en el corazón del mercado internacional, con representantes en las principales capitales del mundo. Pero sigue fiel a su ima-gen y origen cordobés. En sus trabajos siempre logra agregar algo nuevo, sorprendente, que despierta curiosidad e interés. Posee una enorme imaginación, una sólida forma-ción cultural y una personalidad inquieta, en permanente crecimiento. A la hora de crear, combina todo el bagaje de su experiencia con su natural talento. Hace 40 años que soy su representante, y su obra me sigue sorprendiendo.

El autor es marchand exclusivo de Antonio Seguí en la Argentinay director de la Galería Rubbers

Polifacético

  • Antonio Seguí nació en Córdoba, en 1934.
  • Vive en París desde 1963.
  • Tuvo tres matrimonios, tiene 6 hijos y 7 nietos.
  • Su marchand es Claude Bernard, considerado
  • el mejor de Europa.
  • En su obra utiliza
  • recursos de la historieta.
  • Recibió numerosos premios nacionales e internacionales por sus trabajos que, a través del humor y el sarcasmo, reflejan con agudeza la condición humana.
  • Por estos días, Julio Bocca baila en Buenos Aires El hombre de la corbata roja, un espectáculo con escenografía de Tito Egurza inspirado en sus cuadros.
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