Así lo viví

Esteban Brenman
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23 de junio de 2013  

Visité Singularity University en abril último invitado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires junto con un grupo de emprendedores argentinos. Desde que llegamos fuimos bombardeados con datos que nuestras cabezas se esforzaban por absorber, y quedó claro que la tecnología avanza en forma exponencial, pero nuestro cerebro razona en forma lineal. Innovación, disrupción, eficiencia, democratización, desmaterialización. Mucho de todo.

Durante las exposiciones recorrimos sorprendentes novedades en biotecnología, medicina y energía. Vimos cómo los costos de la energía y la tecnología bajan a una velocidad tal que no sería descabellado pensar que, al fin de la década, fueran prácticamente gratis. Aprendimos sobre robots que ya pueden hacer casi cualquier tarea específica mejor que un humano. Y eso incluye manejar: el auto creado por Google ya recorrió más de 300.000 kilómetros por las rutas y calles de California sin que haya tenido que tomar el volante un ser humano. O que Apple instalará un millón de robots en sus plantas en China en los próximos tres años. El cambio que viene afectará la vida de todos los habitantes del planeta, para bien y para mal. Según World Hunger Education Service, existen hoy 925 millones de personas que pasan hambre en el mundo. Si esta revolución puede servir para eliminar este hecho trágico bienvenida sea. Pero hay un mal antecedente: desde 1995 se ha incrementado el número de personas con dificultades para alimentarse en más de 150 millones.

Andrew Hessel, biólogo e informático, contó que su trabajo es descifrar y manipular el ADN para que puedas "curar una enfermedad o mejorar un aspecto específico de tu cuerpo inyectando un virus programado en un laboratorio". Es claro que se presentan interrogantes éticos que tendremos que resolver en un futuro impensado donde el individuo tendrá mucho más poder. De nosotros depende lograr, con estos avances, un mundo más justo y con menos sufrimiento para todos.

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