Autoexcluidos. Los que cierran su esfera sociovirtual

Muchos optan por relacionarse con pocas personas y reducen sus entornos en redes
Muchos optan por relacionarse con pocas personas y reducen sus entornos en redes Fuente: LA NACION
Sebastián A. Ríos
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23 de mayo de 2020  

Época de contrastes y paradojas. Mientras la tecnología nos permite con sus videollamadas y sus redes sociales salvar la distancia que nos impone el encierro, muchos eligen por voluntad propia cercenar aún más su esfera social virtual, cobijándose solo en aquellos afectos y relaciones que les resultan contenedoras o necesarias y dejando afuera a algunos familiares, amigos, conocidos o no, en un intento por no sobrecargar de ansiedad y angustia un aislamiento que día a día se vuelve cada vez más asfixiante.

Las redes sociales -con su cambalache de cadenas de buena voluntad, fake news, exabruptos y vaticinios apocalípticos- son uno de los campos en los que muchos ponen límites al mundo exterior. "En esta cuarentena limpié mis redes sociales: borré 2500 contactos de Facebook y 1000 de Instagram", cuenta Máximo Soto, que afirma que era una materia pendiente pero que ahora, con la necesidad de deshacerse de contactos nocivos que impone la pandemia, no podía dejarlo pasar. Martín Caride coincide: "En esta cuarentena no tengo paciencia para soportar las discusiones de política y de actualidad de las redes sociales. No tengo paciencia para esas boludeces. Derive esa paciencia a la vida real".

"La pandemia y el encierro nos obligan a muchos esfuerzos emocionales para contener las tensiones y temores que, inevitablemente, surgen en cada uno de nosotros -señala Pedro Horvat, médico psiquiatra y psicoanalista-. Por eso, en muchos momentos, nuestra elección recaerá sobre quien reconocemos como capaz de empatía, es decir, aquel que puede sentir lo que sentimos y ponerse en nuestra piel. Todos conocemos el efecto tranquilizador que produce sentirnos comprendidos, aun cuando el otro no tenga una solución real para ofrecernos; por eso, el encuentro empático produce alivio. En estas ocasiones, no nos basta con el afecto o las afinidades, necesitamos personas que sean capaces de sentir dentro de sí lo que nos pasa y ponerlo en palabras. Y, por eso, hoy elegimos a quien llamar."

En estos días en que lo que sobra es angustia y ansiedad, y lo que falta a veces es simplemente una escucha empática, concentrarse en un reducido número de afectos es una solución posible: "A los pocos días de que comenzó la cuarentena, después del shock inicial, me di cuenta que me sobrepasaba el tener que escuchar los problemas de personas con las que realmente no tengo empatía, pero que en la vida normal uno se tiene que fumar por cuestiones sociales, y que al mismo tiempo necesitaba escuchar y que me escuche gente con la que vibro en la misma sintonía", comenta Santiago, que puso en silencio varios grupos de trabajo, de vecinos y de los colegios de sus hijos.

"Confinados y amenazados, el esfuerzo nos vuelve más intolerantes: 'cuando hablemos, necesito que me entiendas o que, al menos, no me lo hagas más difícil' -advierte Horvat-. Esta exigencia divide las aguas en el entorno social: de un lado quedan los que saben escuchar; del otro, el vasto mar de gente que queremos muchísimo, pero que no pueden consigo mismos. Esto puede conducir a que una persona termine restringiendo su círculo de relaciones".

"Es probable que ante la angustia que genera el temor al contagio y la incertidumbre se resignifiquen los vínculos y se establezcan preferencias no sólo en función de afectos genuinos, sino también como medida de protección para no incrementar las propias angustias si el interlocutor solo puede hablar de angustias o temores", coincide el médico y psicoanalista Juan Eduardo Tesone, quien aconseja: "Poder intercambiar sobre otros temas que no estén impulsados por la pandemia es saludable. De lo contrario, más allá de la lógica necesidad de hablar de lo que está sucediendo, se puede convertir en un tema recurrente, invasivo, que al parasitar todo el psiquismo, limita la posibilidad de elaboración".

Sin tiempo que perder

Pero no se trata solo de poner un freno al desborde emocional que no suma pero si resta, sino también de darle un buen uso a la energía y al tiempo, que no sobran.... Porque una de las principales falacias de esta cuarentena es que tenemos tiempo para aburrirnos.

"Los que seguimos trabajando, al estar conectados virtualmente para hacer home office, a través de las numerosas plataformas, podemos llegar a un agotamiento bastante grande, al que se suma la demanda, en los casos de quienes tienen hijos, de generar actividades para entretenerlos o de sus colegios. Entonces, el tiempo que nos queda para decidir con quién nos relacionamos -familiares o amigos- es verdaderamente escaso y lo elegimos muy bien", comenta Claudia Lucía Borensztejn. presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Además, agrega la psicoanalista, "no solo estamos obligados a seguir en contacto por motivos laborales, sino también morales: los que por ejemplo tienen padres mayores, muchos de ellos que viven solos, tienen que llamarlos aunque sea para escuchar que le digan que están angustiados y nerviosos, porque no deja de ser una obligación afectiva".

"Desde que empezó la cuarentena no veo a nadie. Solo visito a mi madre que tiene 77 años, vive sola y está a siete cuadras de casa. No sólo le hago las compras sino que me quedo varias horas con ella tres veces por semana, respetando la distancia. Considero que necesita compañía y la verdad es que a mí también me hace bien. Esto es porque yo trabajo desde casa y apenas salgo a hacer las compras, si fuera médica u otra profesión de riesgo sería distinto", cuenta Lorena Marazzi, que aclara que como parte del cuidado de su salud mental silenció los grupos de WhatsApp: "Y además le pedí a uno de ellos que eviten mandar morbo o fake news..."

Cuando la cuarentena y el aislamiento social hayan concluido, y cuando muchos vuelvan a visitar esos círculos sociales de los que se han autoexcluido (virtualmente hablando), seguramente habrá reproches: "no tuve noticias tuyas", "desapareciste", "creí que te había llevado el coronavirus". Pero también es muy probable que nuestra mirada acerca de nuestros vínculos haya cambiado.

"La selección tiene como virtud lo mismo que tiene como defecto -concluye Horvat-. Lo que ganemos en profundidad y riqueza lo perderemos en posibilidades vinculares. Tal vez, la solución a este dilema no esté en elegir personas, sino en aprender (y aceptar) cuáles son las fortalezas y debilidades de cada una de nuestras personas queridas. La empatía supone no solo la capacidad de percibir y comprender, sino, además, de poder tolerar la angustia que el otro transmite, y puede ser que muchos hoy no estén en condiciones de hacerlo".

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