Aventuras en clave lo-fi

Un enamoramiento de verano que se reedita a la par de una canción de Michael Stipe. Y una certeza: REM era para chicos sensibles.
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20 de junio de 2016  • 19:38

Por Santiago Llach

Una noche del último verano, mientras mascábamos un vacío que el Polaco había puesto a calentar en la parrilla, el Gordo Nagy anunció que se casaba y que iba a tener un hijo; es el último de la banda en ser padre. Le pusimos ese apodo por el locutor de la Heavy Rock & Pop, el programa de la medianoche de principios de los 90 que conducía el Ruso Verea. A los 20, Nagy tuvo un breve período de abultado desarrollo estomacal, pero dos décadas y media más tarde, quizás por su soltería empedernida, es el más afinado del grupo. Veo poco a mis amigos del colegio, pero hay un núcleo de la identidad que se quedó para siempre con ellos. En un colegio donde la gran mayoría jugaba al rugby, nosotros éramos los sensibles, los que teníamos veleidades artísticas; buena parte de lo que yo decidí para mi vida futura se cocinó en las tardes del 88, en el cuarto de Nagy, mientras los dos leíamos en silencio revistas extranjeras de rock y escuchábamos bandas nuevas.

Alguien me dijo alguna vez que en el conurbano los semáforos no están hechos para ser respetados, y menos a la noche. Pero con la adultez llega también la urbanidad, y cuando volviendo esa noche de lo del Polaco el semáforo de Libertador y Alvear, en Martínez, se puso en rojo, yo paré. Iba con las dos ventanillas abiertas, y de pronto sentí que algo golpeaba contra el asiento del conductor, una sombra voladora. Miré y era un teléfono celular. Levanté la vista y, detrás del vidrio polarizado de un auto rojo que arrancaba, me pareció escuchar una risa antigua de mujer. Agarré el teléfono y vi también que ahí sonaba un documento que me remitía al pasado: era un video reciente de Michael Stipe, el pelado cantante de REM, ahora definitivamente sin pelo en la cabeza pero con una barba gris y profusa, cantando en un programa de televisión una muy linda versión acústica de "The Man Who Sold the World", la canción de Bowie que en su momento también revisitó Nirvana. Siempre me gustaron los covers, los préstamos, cheques en blanco de la fraternidad de los artistas. La bocina del auto de atrás me despertó del ensueño. Perdí toda mi urbanidad madura y aceleré por la avenida en busca del auto rojo y de la risa pasada. Los alcancé no muy lejos, en el siguiente semáforo. Ana me esperaba con la ventanilla otra vez abierta.

En el 90, ese año de suspensión en que uno sale del colegio y descubre el mundo en los recitales, en la facultad, en los trabajos precarios y en las calles, Nagy, Ana y yo fuimos un trío. Yo la conocí primero: era vecina nuestra en la casa que habíamos alquilado ese verano en uno de los pueblos de la ilha de Florianópolis y vino a pedir un poco de sal. Tenía puesta una remera de REM, y fue, con sus dientes desprolijos y sus ojos negros, un milagro roto. El resto de mis amigos se habían ido a la playa y con Ana nos quedamos hablando del libro que yo estaba leyendo. Rayuela, creo: qué lugar común. Esa quincena, mis amigos y sus amigas se hicieron amigos, y ella y Nagy se gustaron y se pusieron de novios. Yo fui con ellos a descubrir San Telmo; fui la pata de palo del trío, hecha como la del capitán Ahab con huesos de ballena. Eran las otras dos personas que yo conocía que escuchaban a REM en estas costas, antes de que la banda explotara de la mano de "Losing My Religion".

REM fue la nave madre de las bandas indies. Nunca entendí por qué, pero me encantaba. Nunca supe tampoco qué era el indie. Lo identifico con guitarras medio distorsionadas, voces susurradas, letras herméticas, subidones punk y bajones en baja fidelidad. A los 18 años se escucha con obsesión lo que no se entiende, quizás porque lo que se entiende duele demasiado. Ese año escuchamos mucho a REM y ese año Ana y Nagy vivieron su amor; después cortaron y la perdimos de vista.

Cuando mucho más tarde ella me ofreció amistad en Facebook, yo fui a Google, ese diccionario de nuestra sensibilidad, traduje a mi manera una canción de REM y se la mandé. Una parte decía: "Tus ojos me queman esta noche y yo soy de nafta. Sos la estrella esta noche y todas las noches, canción española". Michael Stipe, descubrí, era un extraño profeta de los trópicos norteamericanos; un letrista genial. Chateamos alguna que otra vez y, cuando fue inevitable, nos mandamos emoticones. Hasta que, esa noche del último verano, otra vez se me apareció como un milagro con REM de por medio. Me dijo vamos a tomar algo, la seguí en auto hasta un bar del bajo, le devolví el celular. Nos contamos todo en una hora y media: igual que yo, se había separado y ejercía desde hacía años la maternidad moderna y el amor contrariado. Le conté las novedades de Nagy. Brindamos con agua por él y cada uno enfiló hacia su casa; a la mañana temprano ella tenía que llevar a su hijo a fútbol, y yo a la mía a tenis.

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