Belén Quellet

Con la mano tendida

Tiene 31 años y ahora, luego de haber trabajado como voluntaria en la casa de la Madre Teresa en Calcuta, es la mano derecha de Juan Carr en la Red Solidaria, que hace de nexo entre las ONG del país
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27 de enero de 2002  

El fruto del silencio es la oración./ El fruto de la oración es la fe./ El fruto de la fe es el amor./ El fruto del amor es el servicio./ El fruto del servicio es la paz.

(Madre Teresa de Calcuta)

Es cierto. No es un personaje público. Ni pertenece a la farándula. Ni realizó ningún revelador descubrimiento científico. Ni se hizo acreedora a un premio Nobel. Belén Quellet, voluntaria de la Red Solidaria, es sólo un ejemplo de entre los muchos habitantes de este país que dan la mayor parte de las horas de su día para ayudar al prójimo.

Pero Belén, además, tiene una historia peculiar. Nació en una familia acomodada, estudió Relaciones Internacionales y se graduó. Sin embargo, su vocación de servir a los demás pudo más que cualquier otra cosa.

Y un buen día partió rumbo a Calcuta, India, y se enlistó entre las huestes de voluntarios que transitan la congregación de la Madre Teresa.

Ya en el último año en que cursaba su carrera se le había despertado la necesidad de hacer algo social. Y se dedicó a recorrer organizaciones no gubernamentales aquí, en su país. “Pero soñaba con la aventura –cuenta–, y estaba pensando seriamente en irme a Africa, continente por excelencia de ayuda humanitaria. Entonces empecé a ahorrar dinero, aunque no sabía muy bien a qué ir. En ese momento, un compañero de la Facultad se había ido a la India de mochilero, y en cada lugar que iba se cruzaba con alguien que había estado en Calcuta y que lo instaba a ir. El me convenció de ir a Calcuta. Me regaló el libro La ciudad de la alegría y me anotó la dirección de la casa de la Madre. Yo me recibí, compré un pasaje abierto por un año y me fui en julio de 1995.” Su idea era quedarse seis meses y después volver a su vida habitual. Dice que no sabía muy bien a qué iba, pero que, como Mafalda, soñaba con participar de un gran plan para terminar con el hambre en el mundo. “Pero, como siempre, uno llega y la realidad le pasa por arriba.” Cuando se bajó del avión en Nueva Delhi su única compañía era su mochila. Se tomó un tren a Calcuta, y cuando el tren se detuvo en la estación la apabulló el hirviente hormiguero humano. Un señor, gentilmente, le ofreció llevarla adonde fuera. Este buen hombre la dejó en la puerta del Ejército de Salvación, donde se suponía que iba a vivir.

Allí se alojó en un cuarto con doce catres, que lucía dos enormes ventiladores en el techo. El precio: diez centavos de dólar la noche. El baño, a compartir, y una sábana para poner bajo el cuerpo fueron las únicas comodidades.

También allí le dijeron cómo llegar hasta la casa de la Madre Teresa. Caminó veinte minutos. Tocó la campana. Mientras esperaba vio en la puerta un cartelito que rezaba: Madre Teresa, in, out, que se corría según estuviera o no en la casa. Una de las hermanas le abrió la puerta. Y así como suena de sencillo, Belén le comunicó que quería ofrecerse como voluntaria. La hermana le dio una cartilla donde figuraban todos los hogares donde se podía trabajar como voluntario: el orfanato, un hogar para hombres y mujeres enfermos y el hogar para moribundos. “Decidí empezar por lo peor: si podía soportarlo y quedarme, bien, si no, me volvía a mi casa”, razonó Belén.

La citaron a las 6 del día siguiente, cuando a los voluntarios se les sirve el desayuno, consistente en una taza de té y pan con aceite. “Nadie me había explicado qué iba a hacer ni de qué se trataba la cosa –relata–, sólo me dijeron que me sumara a un grupo que iba hacia el hogar para moribundos.” Al entrar en el hogar, según cuenta Belén, el olfato es asaltado por el olor a desinfectante. “Directamente, allí están las camas: cincuenta para mujeres y cincuenta para varones. De pronto apareció la hermana Dolores, que hablaba español, me dio la bienvenida, hicimos una pequeña oración y me sugirió que empezara a trabajar. Mirá y hacé, me dijo.” La muchacha, sin saber por dónde empezar, se metió en la cocina. “Nunca había estado con un paciente, así que no sabía qué hacer ni cómo tratarlos. Al cabo de los días uno entiende que hay una rutina y logra adaptarse.” Después de lavar platos, vasos y sábanas, pasó a bañar moribundos que se traen de la calle, en unas duchas que tienen una mesada y un tanque de agua, como si fuera un bebedero de animales. “La mayoría no puede caminar, así que se los transporta arriba de esa mesada y se los baña con un jarrito. Otros voluntarios van acomodando las camas, que llevan una sola sábana sobre un colchón de paja. Después de bañarlos se los pone en sus camas, que están numeradas, porque la mayoría de ellos no sabe cómo se llama o no puede hablar.” Belén siente que haber tenido esa oportunidad es haber gozado de un gran privilegio.

“Muchas veces, cuando traen a alguien de la calle está en muy mal estado, viene en posición fetal, tiene el pelo largo, escaras, y cuando lo bañás, le cortás el pelo y lo ponés en la cama, descubrís que tenés el gran privilegio de estar puliendo un ser humano, de ponerlo en una cama, muchas veces por primera vez en su vida. Y aunque está la barrera del idioma y de la cultura, el sólo hecho de estar ahí al lado te hace pensar que, si fueras vos el que está en su lugar, te encantaría que alguien te amara aunque sea un ratito. Tener el privilegio de acompañar a alguien en el momento de su muerte es impresionante.” Después de un año, Belén de-cidió volver. Y en el Aeropuerto de Ezeiza no pudo detener todo el llanto contenido durante ese año.

Pero eso no la detuvo. Al contrario. Aprendió que invertir, por ejemplo, toda una tarde cuidando un enfermo puede no ser nada para un voluntario, pero para el enfermo es muchísimo. “En realidad no sos nadie, sos un par de manos sin nombre que lo ayudan en la desesperación.” Durante el mes que estuvo aquí acompañó a su abuela en el momento de su muerte. Y partió rumbo a Calcuta nuevamente. Se quedó tres meses y después se fue a Filipinas, donde necesitaban voluntarios en la misma congregación de la Madre Teresa.

Allí pasó un año y medio. Y un día volvió a Buenos Aires, conoció a la gente de la Red Solidaria y se dio cuenta de que no hacía falta irse tan lejos, de que aquí nomás hay enormes necesidades. Y se quedó.

“Yo tuve familia, educación y salud. Y en un momento sentí que tenía que dar algo a cambio, porque yo no hice nada para haber tenido esos privilegios –afirma–. Las hermanas de la Madre Teresa me dieron la oportunidad de aprender a ver a Dios en el otro.” Ahora está convencida de que el voluntariado del mundo, que se mueve como ese hormiguero humano de la estación de Calcuta, está haciendo una revolución silenciosa.

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