Benedetti: un futuro perfecto

El popular escritor uruguayo acaba de publicar un nuevo libro de cuentos: El porvenir de mi pasado, que editó Seix Barral. De esos textos –por momentos, muy cerca de la poesía de las cosas cotidianas o de la parábola reveladora– ofrecemos tres ejemplos memorables
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25 de mayo de 2003  

Quienes añoran la notable capacidad de Mario Benedetti para sintetizar en historias el imperceptible fluir de la vida tienen ahora un motivo de alegría. El maestro uruguayo acaba de publicar en el sello Seix Barral El porvenir de mi pasado , un nuevo libro de narraciones breves –a veces mínimas y al borde la poesía– en las que despliega su personal credo, sensible a la injusticia y el dolor de los hombres, pero también, y sobre todo, a su inclaudicable capacidad de soñar, de forjar su permanente derecho a la esperanza. A continuación, tres de los cuentos que integran este nuevo libro.

Cuarteto

Marcela tuvo, desde siempre, tres enamorados: Felipe, Ambrosio y Gustavo. Increíblemente, el profundo vínculo que unía a los tres muchachos eran los celos. Se vigilaban con cariño y bonhomía, pero ninguno les perdía la pista a los otros dos. De todos modos, Marcela era siempre un referente, algo así como un barómetro o una escala. La extravagancia o la rareza no constituían méritos para nadie. Todos jugaban sus cartas a la normalidad y la cordura.

Hasta el ingreso a la Universidad habían estudiado juntos. Los sábados de noche salían de copas y de bailes. Marcela atendía por igual a cada integrante de su terceto y era en el abrazo tanguero cuando aparecía la inevitable competencia. Pero había que cuidarse, porque el que oprimía en exceso se desvalorizaba tanto como el que abrazaba con flojera.

A partir del nivel universitario, empezaron a verse mucho menos. Los encuentros eran en todo caso telefónicos. Felipe siguió Derecho y fue el primero en recibirse; Ambrosio se decidió por Arquitectura, pero su ritmo fue más lento; Marcela se inscribió en Humanidades, y Gustavo dio varios exámenes de Ingeniería. Pese a esa dispersión, se encontraban una vez al mes, ya no para copas o bailongos, sino para cenar en algún confortable restaurante de Pocitos. Los tres seguían enamorados de Marcela, pero ninguno se atrevía a dar el campanazo, pese a que ella, al parecer, seguía invicta, sin pareja.

Cosa rara: en una de esas cenas faltó Ambrosio, sin aviso. Cuando estaban en el flan con dulce de leche, sonó el celular de Felipe.

–¿Cómo? ¿Cuándo?

Felipe se había puesto pálido y su voz sonaba más aguda que de costumbre.

–Una maldita noticia. Ambrosio está preso. Me dicen (me cuesta creerlo) que intentó robar varios Rolex en una joyería del Centro, y como el dueño intentó resistirse, Ambrosio sacó un revólver y le pegó dos tiros. Al parecer, lo mató.

La reacción más dramática fue la de Marcela. Con un ademán brusco apartó su silla y se dobló sobre sí misma, llorando amargamente, casi con estertores. De inmediato los otros dos se levantaron y trataron de calmarla. Por fin Marcela se tranquilizó un poco, se arrimó de nuevo a la mesa y respiró en profundidad.

–Yo sabía que andaba en esos juegos peligrosos, por cierto sin ninguna necesidad. Pero nunca imaginé que anduviera dispuesto a matar.

Felipe y Gustavo se miraron a cual más sorprendido, y unidos como siempre por los prehistóricos celos.

Marcela intentó sonreír entre sus lágrimas.

–Alguna vez, muchachos, tenía que decirles la verdad. Siempre supe que los tres estaban encariñados conmigo. Pero desde el comienzo, desde que estudiábamos juntos, yo sólo estuve enamorada de Ambrosio. Y hace cinco años que es mi compañero.

Luego se enfrentó a Felipe con una mirada más conminatoria que esperanzada.

–Vos que sos abogado, te encargarás de su defensa, ¿verdad?

Pasos del hombre

El hombre caminaba por el sueño, pero no por el propio. Caminaba por el sueño de los otros.

Pongamos que de una infancia cualquiera le llegaran unos ojos azules y una sonrisa de burla prematura. ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Desde dónde? Imposible saberlo, ni siquiera imaginarlo.

O pongamos que en una playa poco menos que desierta, un hombre y una mujer, desnudos, como el cielo, hacían el amor que era exclusivo. El hombre intuyó que algún día. Pero mientras tanto contempló el agua, que de a ratos quedaba casi inmóvil. Sabía que era salada. Lo sentía en los labios, en la lengua, en la garganta. Y que estaba viva, porque los peces saltaban, para aleluya y bacanal de las gaviotas.

Nunca pensó que lo traicionaran. Y ocurrió sin embargo. Sintió que el corazón o el hígado o el estómago se le habían encogido. Se quedó con la infamia en la mano vacía, como si el tiempo lo desconociera, más aún, como si el tiempo lo cegara.

Por suerte el amor borró las traiciones, llenó los días y organizó el disfrute. Decidió entonces caminar por ese sueño ajeno, que de tan ajeno se le volvió propio. Y se encontró con que el paisaje había cambiado, que en el alma le habían nacido lucernas, claraboyas, y que las rebanadas de soledad ya no le herían.

Recordó el alerta de Cernuda: "¿Adónde va el amor cuando se olvida?" Y presintió que acaso se insertara en un sueño, vaya a saber cuál. Después de todo, los amores olvidados son pesadillas dulces.

Así, hora tras hora, día tras día, los pasos del hombre lo fueron acercando a la armonía final de la memoria. El espejo le devolvió canas y arrugas, ceño y ojeras, ojos grises de desconcierto, pero también un halo de esperanza. Y bueno, decidió afiliarse a ese fulgor mínimo y con él se abrió paso en la maleza, convencido de que ahí nomás empezaba el futuro. Y así era.

Huellas

En el archivo de las fichas policiales, aquella huella digital estaba a oscuras y se encontraba sola, abandonada. Sentía nostalgia de su mano madre, y sus líneas finas, delicadas, eran como un escorzo de su tristeza. Por eso, cuando se encendió la luz y alguien colocó a su lado una nueva huella, tal irrupción generó una alegre expectativa.

Una vez que el funcionario apagó la luz y cerró la puerta, la huella primera se atrevió a decir:

–Hola.

–Hola –respondió con voz ronca la recién llegada.

–Qué suerte que viniste. A esta altura, la soledad ya me resultaba insoportable. ¿De qué pulgar venís?

–De la mano de un periodista. ¿Y vos?

–Fuerzas represivas.

–Dura tarea, ¿no?

–¿Por qué lo decís?

–Torturas, bah.

–Se habla y se publica mucho, pero no siempre es cierto.

–¿Nunca?

–A veces sí. Reconozco que mi pulgar siguió un curso intensivo de picana.

–¿Cuál es tu mejor recuerdo?

–Si te voy a ser franco, cuando nos encomendaron tareas administrativas. Allí no había llantos ni puteadas ni alaridos. ¿Y el mejor de tu pulgar?

–El tacto de cierto ombliguito femenino. Una colega francesa y el dueño de mi pulgar estuvieron cubriendo los Juegos Olímpicos con variantes de yudo que los dejaron bastante complacidos.

–¿Por qué te tomaron la impresión digital?

–Renovación de cédula. ¿Y a vos?

–Tres años de arresto. Derechos humanos, comisiones de paz, desaparecidos, todas esas majaderías.

–Y aquí ya ves, todos iguales.

–¿Qué nos queda?

–Resignarse. Mi pulgar era ateo.

–Mi pulgar, en cambio, era creyente.

–Eso no importa. Después de todo, la mano de Dios no deja huellas.

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