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Grandes Esperanzas

Boda. Se preparaba para la suya cuando un llamado con malas noticias cambió sus planes

Jimena Barrionuevo
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12 de junio de 2020  • 00:56

Tenía que reconocerlo. Su vida se había vuelto confortable, casi perfecta por momentos. Había comenzado a trabajar en un aeropuerto, finalmente había accedido a mudarse con su novio Martín, estaba más abierta a los encuentros con amigos, pudo concretar diferentes viajes con los que hacía tiempo había soñado. Sin dudas la vida estaba transcurriendo llena de placeres. Hasta que Nadia Perino se vio obligada a enfrentar un gran desafío. Perdió un embarazo y tuvo que rearmarse para no caer.

"Decidí que atravesaría esa pérdida de forma natural, doliera lo que doliera. Y sentí que ese día, a pesar del dolor que sentía, había nacido una nueva mujer en mí. Me sentí heroína en aquel acontecimiento y creí que allí había empezado y terminado el recorrido. Estaba parada en una cima ficticia y seguí avanzando. Muchas reflexiones, muchas enseñanzas y yo parada firme sintiéndome más mujer que nunca junto a mi gran compañero que siempre estaba presente. ¿Qué más podía pedir? No existía nada ni nadie que me derribara, sentía que el mundo estaba en mis manos. Le había ganado a la soledad, había atravesado un gran dolor, había luchado por mis creencias y sentimientos, estaba creando el hogar de mis sueños, proyectaba y estaba llena de esperanza. Me sentía más poderosa que nunca".

Los meses de reflexión y empoderamiento dieron lugar a una nueva etapa en su vida. Nadia estaba lista para contraer matrimonio con el hombre que había elegido para que la acompañara en su camino. Faltaban unos pocos días para la boda, para pasar a una siguiente etapa en su vida, apostando al compromiso y al amor en pareja con un ritual.

"Los días eran espléndidos y las ganas de disfrutar del acontecimiento me llenaban de alegría, hasta que recibí un llamado desgarrador y en ese momento todo se oscureció. Sentí como si una enorme roca me hubiera golpeado de frente. El impacto me derribó por completo, caí, me arrodillé y grité. Lloré como nunca. Mi hermana Elizabeth había decidido quitarse la vida. Ella era mi persona de referencia, a quien amaba en secreto (no recuerdo habérselo dicho, aunque sí estoy segura de que lo sabía). Todos mis cimientos se movilizaron".

Elizabeth y Nadia, en la única fotografía que conserva.
Elizabeth y Nadia, en la única fotografía que conserva.

Ese no fue un domingo cualquiera y desde entonces los días transcurrían sin mucho sentido, aunque llenos de miedos, dudas, fantasmas, preguntas y respuestas. Fueron meses de angustia y tristeza y, finalmente, cuando Nadia pudo asomarse un poco a la nueva realidad que le tocaba enfrentar, se dio cuenta que la vida la estaba invitando a una gran aventura. "No sabía por dónde empezar, ni qué tenía que hacer. Sólo sabía que mi misión era encontrar el valor de mi vida".

Búsqueda interna

Juntó valor, miró de frente los miedos que la atrapaban, la precipitaban y le susurraban dolor. No había día que no saliera con heridas abiertas de aquellas batallas internas. Necesitaba abrigo y protección, pero no había nada ni nadie que pudiera reconfortarla.

Entonces llegó un respiro, como una recompensa por sostenerse en pie y decidida. Amistades, mentores, maestros y maestras.compañía, apoyo, sostén, abrigo."También encontré y elegí un espacio de escucha profesional donde reflejarme y ordenar, donde me escucharon y sobre todo ¡me escuché! Entonces descubrí nuevas herramientas y recursos que no sabía que existían en mí: resiliencia, amor, gratitud, presencia, firmeza, empatía, inteligencia, honestidad. Y, en el camino, aprendí que nos necesitamos los unos a los otros, que el acto de ayudar es un dar y recibir simultáneo".

Con la ayuda también llegó el reencuentro con el deseo, algo que había perdido por completo hacía tiempo. "Al principio lo sentí como una lucha de vida o muerte, pero alguien ya había muerto y yo sabía que quería vivir y cumplir mi deseo. Trabajé sin pausa por descubrirlo. Deseé, decidí, ordené y creé. Siempre confié. Y así mi descenso comenzó a tornarse menos rocoso".

Nadia junto a su esposo Martín y su hija Paulina.
Nadia junto a su esposo Martín y su hija Paulina.

Y así, en la vida de Nadia se fueron sucediendo una serie de acontecimientos significativos: creó su emprendimiento, su mudó a su propia casa, renunció a su trabajo, empezó a estudiar consultoría psicológica. "Más adelante y muy transcendental para mí fue parir a Paulina y recibirla. Su crianza y el cuidado de ella renovó mis fuerzas y mi respiración, que tomó desde entonces nuevos rumbos. Me volví más calma, más enfocada y menos expectante. Con ella aprendí a ser paciente y a pedir sostén cuando lo necesito. Y así, comprendí que puedo entregarme a la vida con simpleza y por completo".

Hoy Nadia confiesa que tiene frente a ella el reto más importante de su vida: vivir en armonía con su deseo. Y ayudar a otros, con las herramientas que le dio la profesión, a ir por su deseo más íntimo es, también, parte de su camino. "Me llevó mucho esfuerzo psíquico, energético y hasta físico, pero llegué. Llegué con más aire y más sangre circulando por mis venas y, sobre todo, llegué siendo más yo".

Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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