Bruno Gelber: Memorias de un niño prodigio

Es uno de los más grandes pianistas que ha dado el país y un cultor de la belleza. Luego de un exitoso concierto junto a la Filarmónica de Berlín, y a punto de presentarse en la Argentina, desgrana para la Revista una parte de su vida de la que nunca habla: su infancia de niño genio
Es uno de los más grandes pianistas que ha dado el país y un cultor de la belleza. Luego de un exitoso concierto junto a la Filarmónica de Berlín, y a punto de presentarse en la Argentina, desgrana para la Revista una parte de su vida de la que nunca habla: su infancia de niño genio
(0)
15 de agosto de 2004  

BERLIN.– Como pianista, adora el glamour de los escenarios, la magia del vivo y la música que cuenta "sobre los sentimientos humanos". En la vida cotidiana, traduce en cada detalle la misma nobleza y el mismo buen gusto de su arte, y aprecia, sobre todas las cosas, la honestidad en las relaciones humanas. Un idilio lo une a la música desde la niñez: desde los tres años, cuando descubrió la fascinación del mundo de los sonidos y la dicha de un talento con el que fue dotado para convertirse en uno de los pianistas más brillantes de su generación. Al cabo de un exitoso concierto en la Filarmónica de Berlín, Bruno Gelber compartió con la Revista una de sus caras menos conocidas: la de algunos de los recuerdos más entrañables de esa infancia de prodigio, transcurrida en el seno de una familia porteña que semejaba, según dice, "un infierno musical".

El mundo desde el barrio

"Cuando era chico me parecía que mi cuadra (en la calle Cramer, del barrio de Belgrano) era importante porque pasaban medios de locomoción: la línea 10 del colectivo, la 151 del € trolebús y los tranvías 4 y 34. Me parecía una gloria. ¡Qué pelotudo! Dormía en una habitación con ventana a la calle, convivía con esos ruidos y con el ir y venir de la gente. Al frente de mi casa llegaban visitas en un Cadillac. ¡Me gustaba tanto esa escena cuando el chofer se bajaba, se quitaba la gorra y le abría la puerta a una mujer de trajecito que bajaba lentamente! Me quedaba horas enteras detrás de esa ventana... que podría haber hablado de todo lo que yo observaba."

–¿Se sentía aislado?

–Jamás me sentí aislado. Todo lo contrario, porque siempre fui el centro de mi familia.

–¿Cómo fue tener una infancia sin escuela?

–Antes de dedicarme exclusivamente a la música y a dar conciertos que implicaban estudiar todo el día, iba a una escuela en la que me pusieron dos grados adelantado. No era fácil integrarme y comencé a experimentar terror por los chicos más grandes. Una vez llevé unas figuritas y todos se me tiraron encima, me sentí atacado, asustado. Era una sensación horrible. Al poco tiempo, cuando cumplí siete años, me enfermé de polio y nunca más volví a la escuela.

Los sueños del prodigio

Respecto de la música, cuenta que sus padres (él, violista de la Orquesta del Colón; ella, profesora de piano) se resistían a que él se dedicara a la misma actividad. Incluso lloraba desconsolado porque encontraba terriblemente injusto que los alumnos que venían a tomar lecciones a su casa tuvieran el derecho de compartir con su papá o su mamá horas de instrumento interminables, en tanto que a él ese placer le era negado por capricho. "Era injusto porque yo comprendía ese lenguaje –la música– mejor que nadie. Ese era mi lenguaje; me pertenecía y lo amaba por encima de todo." Hasta que su vocación y unas condiciones extraordinarias se impusieron por peso propio: a los cinco años ofreció su primer concierto público y a los nueve ya debutaba con orquesta interpretando nada menos que el 3er. concierto de Beethoven, con músicos del Colón dirigidos por su maestro, el célebre Vicente Scaramuzza.

–¿Le agradaba ser el centro de su familia?

–No sé si me gustaba o no. Crecí así y así me acostumbré a que fuera la vida: yo era el geniecito de la familia: daba conciertos, era chiquito, era lindo y muy dulce para los demás... y también era un chico enfermo, claro. El mundo giraba a mi alrededor y yo no podía hacerme otra idea de lo que sería una vida normal. Pienso, de todos modos, que esa actitud protagonista ya estaba en mi propia naturaleza. ¡Lo recuerdo con tanta claridad! Cuando un desconocido venía a casa, yo iba corriendo a ponerme mi trajecito de fiesta, me peinaba y volvía para presentarme como una estrella, con toda la pompa infantil de la que era capaz. ¿Pero € usted nunca ha escuchado cómo toco el piano?, le preguntaba a esa persona. ¡Ah, entonces debería escucharme! No podía ser de otra forma, y ahí comenzaba mi concierto (risas).

–¿Cuáles eran sus sueños en la infancia?

–¡Si de chico hubiera sabido todo lo que iba a viajar gracias a esa vida! Me hubiera hecho inmensamente feliz... Adoro viajar tanto como el lujo y la belleza. He nacido con una fijación por lo estético, y mis fantasías pasaban por esa admiración loca que tenía por el glamour... Quizá suena extraño, porque nadie me inculcó ser así. Y no sólo mi oído era profundamente sensible a la música. Percibía estímulos de toda naturaleza: mis sentidos vivían bombardeados y los sueños tenían que ver con la imaginación de sensaciones estéticas.

Con la música en el alma

Como una revelación, como un gran acontecimiento, describe ese primer concierto con orquesta, en el Círculo Militar, a los nueve años. "¡La idea de ser alguien importante para el público me fascinó! La gente me aplaudía con tanto entusiasmo... Estaban impresionados, me felicitaban, me auguraban una carrera y mucho éxito; las señoras me besaban y apretujaban con ese énfasis típico de los argentinos. Hasta que empezaron a pedirme autógrafos... Yo apenas si sabía qué era firmar y no sé cómo describir esa emoción de niño, sintiéndome querido y admirado como una estrella de cine... Mi orgullo era interminable."

Un par de semanas después, aprendería sin embargo una lección importante. Advertido de los autógrafos, el pequeño artista pidió un lindo rincón, con mesa, silla y todo lo posible para hacer especial el momento en que recibía a la gente. El concierto se repitió, el público se mostró nuevamente entusiasta y colmado de buenos deseos, pero a nadie se le ocurrió pedir un autógrafo. "Dios me enseñó en ese instante algo esencial para el artista: no esperar ni pedir nada. Jamás. Si hay algo que debe suceder, llegará cuando sea el momento."

También de sus años con el famoso y temido maestro Scaramuzza guarda recuerdos entrañables. "Conservo una dulce nostalgia de esas horas mágicas. Sus clases eran una mise-en-scène, un ritual; y si bien es verdad que todos experimentábamos terror frente a él, porque era odioso y malo, al mismo tiempo era un santo que dedicaba su vida a los alumnos. Era un ser inaccesible, irritable y apasionado, alguien que desde un castillo lleno de música –una casa de dos pisos, en Lavalle 1982, de la que recuerdo el olor a humedad y los sillones de cuero– nos legaba sus secretos. Nos convertía en pianistas y, en verdad, estábamos hipnóticamente fascinados con su genio."

–¿Había algo que anhelara tanto como la música?

–La parte estética. Nunca jugué con un chico de mi edad; nunca tuve un trato normal, sino sólo relaciones privilegiadas. La parte estética la sufrí siempre. Es un dolor constante en mi vida. Trataba de esconderme. Y el día que por fin me pusieron pantalones largos, ¡fue uno de los más felices de mi vida!

–¿Se convirtieron el piano y su genialidad musical en una suerte de refugio?

–No. La música nunca fue un refugio para mí. Siempre fue un mundo aparte, completo y singular. Un mundo perfecto en sí mismo, al que yo pertenecía con cuerpo y alma. Era algo absolutamente mío. Todo lo demás daba lo mismo. La música nunca fue un reemplazo de nada. Yo vivía esa pasión de una manera santa, vivía como embriagado de música y todo el romanticismo del mundo pasaba desesperadamente por mi corazón. Estaba poseído día y noche. Y lo impresionante era el entendimiento, la complicidad que encontraba en ese lenguaje. Reconocía que sólo necesitaba que me dieran los medios, la técnica para poder expresarme y volcar esos sentimientos arrebatadores. ¡No! la música no fue un refugio para mí. Fue y sigue siendo una fascinación en el alma, la historia de un amor irresistible.

Para saber más

www.todoargentina.net/biografias/Personajes/gelber.htm

Perfil

  • Nació en Buenos Aires en 1941.
  • Comenzó a estudiar con su madre a los 3 años y más tarde, con Vicente Scaramuzza.
  • Ofreció su primer concierto público en la Argentina a los 5 años.
  • A 18 se trasladó a París con una beca del gobierno francés para perfeccionarse como discípulo de la célebre Marguerite Long.
  • Su triunfal debut internacional tuvo lugar en Munich en 1959.
  • Rubinstein vio en él a "uno de los más grandes pianistas de su generación".
  • Desde hace más de 40 años es reconocido en el mundo como uno de los más excelsos intérpretes en vivo del repertorio para piano del siglo XIX, especialmente famoso por sus versiones de las obras de Brahms y los clásicos románticos alemanes.
  • Ha tocado con directores de la talla de Ernst Ansermet, Rudolf Kempe, Sergiu Celibidache, Georges Szell, Mstislav Rostropovich, Jeffrey Tate, Klaus Tennstedt, sir Colin Davis, Franz-Paul Decker, Charles Dutoit, Christoph Eschenbach, Bernard Haitink, Erich Leinsdorf, Ferdinand Leitner, Kurt Masur, Riccardo Chailly y Esa-Pekka Salonen.
  • Ultima grabación: 3er. Concierto para piano y orquesta de S. Rachmaninoff Op 30 – Trans-Art, Londres, Live 2004.
  • Conciertos

  • El 21 de este mes: Teatro del Libertador Gral. San Martín, Córdoba.
  • El 23 de este mes: Museo de Arte Decorativo, Capital.
  • El 3 y el 10 de septiembre: ciclo completo de los cinco conciertos para piano y orquesta de Beethoven, en el Teatro Argentino de La Plata.
  • El 14 de septiembre: Teatro San Martín, Tucumán.
  • El 18 de septiembre: Neuquén.
  • MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.