Buena presencia

El intento por conseguir pareja pagando a un intermediario, ¿es una garantía de lograr amor?
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29 de octubre de 2000  

Gustavo, el arquitecto, por fin había conseguido un empleo. Los amigos fuimos a saludarlo el primer día de trabajo al pozo donde su empresa construía una playa subterránea. Uno le llevó un lápiz de regalo, otro una regla, otro un llavero linterna. Después nos fuimos a tomar algo.

-Ahora tenés que dar el paso más importante -le dijo José en el camino-. Olvidarte que tu mujer te dejó, que tus hijas no te llaman, y rehacer tu vida. -Si esa buena moza me aceptara, ya mismo me iría a vivir con ella -dijo sentándose en la confitería. Era una buena señal. Me di vuelta y miré discretamente. Era una mujer de la edad de Gustavo, seriamente vestida, rodeada de mujeres a las que les hablaba.

-¿Cómo se conquista una mujer a esta edad? ¡La verdad perdí la mano! -confesó Gustavo.

-Te levantás, te acercás a su mesa, y le decís usted me gusta -le dijo Pedro, que daba consejos fácil.

Agrandado por nuestra presencia se paró, se abrochó el saco y fue a hacerlo como si fuera un desafío. El resultado fue calamitoso. Ofendida, y molesta porque la habían interrumpido, ella lo miro de arriba abajo y le dijo que se fuera. Y el desastre no fue total porque una de las mujeres que estaba de espaldas se dio vuelta y resultó ser Paula, una amiga.

Al rato estábamos conversando todos animadamente.

-¡Matilde es muy difícil! -comentó después Paula camino a su casa-. Siempre fue muy bonita, orgullosa y capaz. ¡Imaginate ahora que es primera gerente de una empresa limpiavidrios de oficinas! Aunque está sola y reconoce que necesita compañía.

Aprovechamos una celebración para reunirnos de nuevo. La empresa festejaba el vidrio limpiado número 1000 y las chicas, que trabajan a comisión a las órdenes de Matilde, buscando en la calle ventanas sucias, nos invitaron. ¡Matilde trabajaba en una torre que quedaba al lado del pozo donde se construía el estacionamiento!

Fuimos todos bien vestidos. Gustavo, que había recibido el flechazo, la miró todo el tiempo. Con vasos en la mano nos estudiábamos sin parar. -Matilde no puede salir con alguien que trabaja en un pozo mientras ella se desempeña en un piso 24. El gana menos y su trabajo es temporario, mientras que ella está efectiva. Además, como no se analiza, Gustavo no hizo el duelo de su separación. Por último, ¿cómo lo van a tomar sus hijos? No hace nada sin consultarlos -me dijo Paula en un rincón.

-¿Pero dónde quedó el amor? -grité-. Acá están todos alardeando una edad que no tienen, un sueldo que no ganan, contando que si quieren salen con muchachos y muchachas jóvenes. ¿Por qué se junta entonces? ¿Quieren poner un negocio de todo por un peso? Cansado de dar vueltas alrededor de ella al final Gustavo la enfrentó. Le preguntó si había recibido las flores que le había mandado y la invitó a salir. Ella agradeció el envío y le dijo que no hacía esas cosas. El trabajo y los hijos se llevaban todo su tiempo.

-¡Ninguno hizo un levante! -dijo Pedro mientras nos alejamos solos-. ¿Qué se hizo de esos muchachos que matábamos en los bailes?

Gustavo anunció que se iba a concentrar en sus planos y se iba a olvidar de las mujeres por un tiempo. Es lo que están esperando que hagamos, destacó Rafael, el músico. Que pongamos toda nuestra pasión en el trabajo, en nuestros hijos, en Internet o lo que sea. Y que desaparezca nuestra vida privada.

-¡Abandono! -me dijo Paula por teléfono-. Las mujeres estamos muy difíciles. ¿Y tu capacidad para armar parejas dónde quedó? ¿Se va a perder esta bella oportunidad de relacionarnos? -¡Voy a recomendar a mis amigos que vayan a esas empresas que ponen avisos y organizan encuentros! -sugerí burlonamente.

Pero Paula me tomó en serio. Me dijo que lo haga y que le va a proponer a las chicas que respondan a los avisos.

Quién sabe así, pagando a un intermediario, se consiga el amor.

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