Buenos Aires, ciudad liquidada

En medio de la crisis, el comercio minorista pone en escena como nunca un agónico repertorio de ofertas, señales de una economía exhausta
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23 de diciembre de 2001  

Ofertas. Gangas. Liquidaciones. Y dos expresiones importadas más: baratas (típica de América Central) y el vocablo inglés sale (léase seil). Todas se utilizan actualmente para zafar un poco. Las vidrieras están adornadas con una decoración indeseable, cuya promesa básica tiene la urgencia de lo agónico: Por cierre, nos vamos; Por cambio de ramo, últimos días; Rebajas increíbles, auténticos regalos, excedente de temporada; Por falta de números; Segunda, Tercera, Cuarta Selección. Así está la ciudad de corazones empobrecidos, desiertos bolsillos y depósitos interceptados. Así está la ciudad, vaciada de riquezas, apretada por el achicamiento, dañada por tanta iliquidez.

En cada cuadra, en el barrio que uno elija recorrer, en el propio y en los demás, abundan los negocios cerrados, fantasmales, paralizados. Son, probablemente, los comercios de aquellos que ya probaron con despachar todo al costo, pero no tuvieron buenos resultados. Los que ya saben cuál es el costo de vender todavía menos al costo, como si esto fuera poca invitación a la melancolía, en cada calle, empañan por su presencia pisos, casas y departamentos que están en venta y alquiler desde hace meses. Millares de unidades en busca de algún milagroso comprador. Pero, desvalidos de confianza, casi nadie quiere tomar riesgos en el país del más alto riesgo país. Se voló el efectivo y tallan las tarjetas, aunque no todo es pelar y liquidar la cuenta, porque en materia de tarjetas delante de nuestras jetas se caen los sistemas de un sistema que parece no dar para más. Y se vienen los bonos, a los patadones (digo, a los patacones), pero se vienen. De esta singular variante del dinero, ya hay casi quince clases distintas en las provincias. ¿Para cuándo el nuestro? De Ushuaia a La Quiaca, de Buenos Aires capital a todos los rincones de la patria sin capitales, se podría escuchar: “Oíd el ruido de rotas cadenas de pago: bancarizad, bancarizad, bancarizad”. Antes, las liquidaciones eran un acontecimiento comercial excepcional. Había que descubrir esos poquitos días al año y acertar con los momentos justos o encomendarnos al santo de los talles para poder encontrarnos con precios increíbles. Hoy, en cambio, los lanzamientos de cada una de las cuatro estaciones apenas duran unos días, porque el resto del año está ocupado por liquidaciones. Liquidaciones para hacer un poco de líquido. Liquidaciones para ver si, por fin, la mercadería es ubicada; para tirar el país por la vidriera.

Fundidos por fundidos, y para colmo confundidos por medidas económicas distintas cada semana, los comerciantes prefieren liquidar, porque de última (en las diez de últimas) rematar todo por dos pesos, o menos, les posibilitará hacerse de unos centavos, aunque la cantidad no les permita afrontar los gastos de la temporada venidera.

Por cada saldo habrá un importante saldo luctuoso: comerciantes que salen de circulación. Para muchos, liquidar es el fin, es desistir de un propósito, es malograr. Aprovechar las liquidaciones en la Argentina de la recesión es una forma de vida. Pero resulta oportuno recordar que otra de las acepciones de liquidar, además de vender menos que al costo, es matar. Vale decir, el que mal vende mal acaba. Se dice: hasta agotar existencias. Y en eso va, seguro, la propia existencia porque muchas veces el paso que sigue a una liquidación es el cierre del comercio.

Todavía hoy, en muchos lugares del mundo, una buena liquidación supone una celebración ventajosa para los consumidores, que pueden hacerse de valiosas mercaderías a precios increíbles. Aquí, en cambio, las liquidaciones no son para alegrarse, ni significan la culminación apoteótica de una temporada feliz, en la que sobró poco y la empresa decide que esas cositas lleguen, sí o sí, a buenas manos. Nuestras liquidaciones arrastran un precio injusto, porque son símbolo inequívoco de que estamos liquidados. Las liquidaciones, aquí, traen rebajas que son bajezas y son menos que un regalo, nos ponen el moño y le pasan factura y subfactura a un muy serio estado de cosas.

Ojo con las liquidaciones nuestras de cada día porque terminan con la vida de los negocios, porque no convierten los sobrantes en efectivo y mucho menos en afectivo, porque es un virus que liquida el escaso buen humor de los comerciantes. Las liquidaciones son caja arrasada, mercaderías en estado de rigidez cadavérica, etiquetas con los precios en blanco, cortinas bajas, negocios transformados en sepulcros, pan para hoy a la tardecita y hambre para mañana a primera hora.

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