Caetano Veloso, corazón tropical

Caetano Veloso, el vecino bahiano que mejor nos contó Brasil a los argentinos, cumple cinco décadas con la música.
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23 de marzo de 2017  • 14:33

Por Santiago Llach

Leo que viene Caetano Veloso a la Argentina. Consuela saber que cada tanto se da un paseo por acá: trae con él la caja negra de ese misterio que es a veces Brasil para los argentinos.

En esta columna que firmo desde hace dos años hago un recorrido sentimental por la música que escuché. Reviso lo publicado, y casi todas las bandas y los discos sobre los que escribí pertenecen al universo del rock, nacional o en inglés. Caetano, en mi mapa mental, está en otra categoría, la de la música adulta. No necesariamente la que escuché de adulto, porque escuché bandas de rock de grande y otro tipo de música en la adolescencia. Y no sé si le pasa a todo el mundo, pero el tipo de emoción que me transmite Caetano, como también el jazz o la música clásica, es una emoción más intelectual, menos espontánea, más esforzada.

Descubrí a Caetano en el 93, con Tropicália 2, el disco que lanzó con Gilberto Gil para festejar los 25 años de Panis et circensis, puntapié inicial de lo que ellos y sus socios habían llamado el Tropicalismo. Gonzalo Aguilar, un profesor de la carrera de Letras, se tomó el trabajo de explicarnos ese disco (fue algo inédito, en esa carrera tan libresca, que un profesor dedicara una clase entera a una pieza de música popular). En Tropicália se ve trabajar al mismo tiempo al Caetano músico y al antropólogo; al melodista popular y al vanguardista. En las letras y en la música de ese álbum, hay referencias e influencias que van de Michael Jackson al bloco carnavalesco bahiano Olodum, del cinema novo de Glauber Rocha a la pobreza de Haití, del rap a la poesía concreta brasileña. Parado en el límite de lo popular y lo sofisticado (aunque más bien de este lado), Caetano fue desarmando los lugares comunes de su Brasil y su época, y en el medio dejó canciones e interpretaciones que forman parte del repertorio de nuestro coração.

Gal Costa entona en 1967 “meu coração não se cansa / de ter esperança / de um dia ser tudo o que quer”. Es la primera canción del primer disco de Caetano, cuya carrera hoy cumple medio siglo.

Poco antes, la samba, rítmica y popular, y africana y bailable, había encontrado su sofisticación culta en la fusión con el jazz: la bossa nova, que tocó su razón definitiva en la guitarra de João Gilberto, fue la banda de sonido del Brasil que se soñó moderno y grandioso. Caetano era hijo de esa generación. En 1997, en la canción “Pra ninguém” de su disco Livro, pasaría lista a las glorias diversas de la canción brasileña para concluir: “Mejor que todos ellos, solo el silencio / Y mejor que el silencio, solo João [Gilberto]”.

Pero Caetano & compañía fueron además la esquirla brasileña de los años sesenta occidentales. En el 68 –el año de París y el Álbum blanco– lanzó con sus socios artísticos Panis et circensis, un manifiesto que, parado sobre la tradición musical de sus mayores, sumaba lisergia pop y contenidos de protesta. La cárcel de la Junta militar provisoria y el exilio en el swinging London completaron la educación sentimental de Caetano y le dieron chapa y popularidad.

En los 70 y 80, se consolidó como autor de canciones. Bicho, del 78, es una referencia consistente de esa etapa y brilla con dos ejercicios de saudade musical: la rememoración amoroso-ideológica de “Tigresa” (“uma mulher, uma beleza que me aconteceu / que gostava de política em 1966 / e hoje dança no Frenetic Dancing Days”) y “Leaozinho” (mi favorita porque entre sus acordes surgió el nombre de mi hijo).

En los 90, convertido en ícono de la world music, Caetano hurgó en Fina Estampa en el repertorio de la canción latinoamericana y extendió todavía más el brazo que nos une a él.

Si hay un término para definir a Caetano Veloso es “prolífico”. Desde 1967 hasta 2014 publicó 54 discos, participó de cuatro películas y publicó ocho libros.

En la canción “Vaca profana”, lanzada por primera vez por Gal Costa en el 86, Caetano hablaba de “mi composición cubista”, y esa expresión puede ser una clave de su poética musical: su obra es un collage muy bahiano, muy carioca y muy mundial, un retrato a veces melódico y a veces deforme de sus influencias y sus experiencias. A los argentinos, Caetano nos contó, como pocos, el Brasil: el vecino maravilloso, el viejo Imperio, crisol de etnias, potencia industrial y artística, y también sede de favelas y de miseria latinoamericana. Su colaboración permanente con otros artistas es el signo de la pertenencia consciente y orgullosa a la gran confraternidad de la música brasileña.

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