Cambio de planes

Leo Ferri
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29 de octubre de 2014  • 09:05

"No me mires así que yo no puedo hacer nada ni decirle que espere". Así, un poco en chiste un poco en serio, la obstetra le dijo a Naty que esa consulta de rutina iba a convertirse en parto. Habíamos salido tranquilos, ella con las típicas molestias de un embarazo de 38 semanas y yo sin siquiera haber terminado de armar el bolso. "Vamos a llamar a la partera", agregó, y nos pidió que estuviéramos en la clínica a las 14, para ver cómo seguir, pero con una certeza: Benjamín nace hoy.

El plan del día había sido otro: ir al médico por la mañana, cambiar unas compras, planchar la ropa que íbamos a llevar a la clínica y yo dedicarme a terminar algunas cosas de la casa. Pero los 4 centímetros de dilatación, silenciosos, sorprendieron incluso a la doctora Bayúgar, que esperaba que se adelante el parto de cualquier otra de sus pacientes, menos el de Naty, que apenas había tenido contracciones. Al auto, entonces, a llamar a los abuelos, a preparar el bolso y a salir de nuevo, porque dos horas no es mucho tiempo, y menos con el tráfico de Buenos Aires.

Hasta ese momento la mayor de mis preocupaciones había sido no estar con ella cuando llegara el momento. No importaba que todos me dijeran que iba a tener tiempo para todo, incluso para tomarme el tren desde el trabajo, llegar a mi casa y volver a salir con el auto. Pero el sábado la Gral. Paz estaba vestida de feriado, y yo estaba ahí, con ella sin dolores ni urgencias. En Aspen sonaba "Eye of the tiger", de Survivor: nada más indicado.

-¿Estás nervioso?, me preguntó en el auto.

-No, todo lo que me preocupaba era no estar con vos, respondí.

Si yo tuviera que contarles en este texto urgente todo lo que sucedió entre las 14 y las 16, no me creerían, porque si algo aprende uno durante el embarazo es a desarrollar la paciencia, a saber esperar el momento correcto para actuar y decir. Tampoco podría haberles respondido hasta ese momento qué es lo que cambia la vida de una persona. Pero cuando estás ahí, haciendo los trámites de la internación, o saludando a Raquel, la partera a la que no habíamos llegado a conocer porque siempre estaba trayendo bebés al mundo, o poniéndote el ambo con el "Voy a ser papá" bordado, caés. O no. Es difícil pensar, pero imposible dejar de sentir.

Una hora después entré en la sala de parto, que no era ni un poco como la había imaginado. En realidad no había pensado cómo sería, pero seguro que así no. "¿Son las tres? Entonces este chico nace a las cuatro", dijo Raquel. Naty y yo nos miramos con miedo: a partir de ese momento todo sería nuevo, todo sería para aprender. "Lo vas a hacer bien", la apoyé, mientras yo mismo no sabía si iba a poder bancarme la situación. La Coca y los dos sobrecitos de azúcar iban a mantenerme despierto, pero necesitaba más que eso. Tuve tiempo para la autofoto.

Droga. Elegí esa palabra para describir como fue ver nacer a mi hijo y a mi mujer haciéndolo posible. "Es droga", repetí una y otra vez. Nada en la vida –ni el primer beso, ni la mejor de las canciones, ni la más estimulante de las sustancias- me podría haber puesto en el estado en que estuve durante esa media hora que duró el parto. El que ya lo pasó va a poder entenderme y el que esté por vivirlo va a acordarse de mí: la maravilla de ver a tu mujer agotada pero sacando energías por entre medio de sus miedos y sus dolores no puede hacer más que volver a enamorarte de ella. Admiración total. Y el preciso momento –porque dura lo que dura un momento- en que mi hijo salió y dio su grito primal, es todo lo perfecto que puede ser un instante. Sé que lloré y reí, todo al mismo tiempo. Relámpagos de alegría y emoción, una tormenta de sensaciones. Una tormenta parecida a la que escucho caer ahora, mientras mi hijo duerme en su cochecito y yo me robo unos minutos de sueño para escribir este texto, que reemplaza al que estaba listo para salir. Yo tampoco podía hacer nada ni decirle que espere.

Por: Leo Ferri

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