Carne que me caíste mal

Pedro era un buen tipo. En un galpón había instalado un comedor para gente humilde...
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26 de marzo de 2000  

-Fijate vos -me dijo Pedro, mientras cargábamos los pedazos de carne con hueso en bolsas-, antes las sobras de una fiesta se tiraban a los perros. Ahora me sirven para dar de comer a cien chicos.

Pedro era un hombre bueno. En un galpón de Lanús que ya no usaba había instalado un comedor para gente humilde de la zona. Había repartido una tarjeta entre sus anteriores relaciones comerciales y cuando sobraba ropa, o elementos de construcción usados, o comida, lo llamaban. El problema era que el amigo que colaboraba con su auto ese día no estaba.

-¡Taxi! -dijo Pedro, que no se achicaba ante nada. Eramos dos hombres con tres bolsas grandes. Al final, uno paró. Para nuestra sorpresa, había un hombre sentado atrás.

-Tengo mi propio sistema de seguridad -dijo el taxista, señalando al hombre, que exhibió a medias un revólver-. Además, él sirve café y relata las características de los barrios que atravesamos. Todo por un mínimo porcentaje que se suma a la tarifa que señala el reloj. Me dio un no sé qué y pedí que esperáramos el próximo taxi. Una hora después, otro nos cargó. Había un trecho largo de La Lucila a Lanús. Fuimos hasta el límite con la Capital, donde una patrulla nos paró.

-Es un taxi trucho, así que se van a tener que bajar -nos dijo un oficial mientras tomaba nota-. ¿Qué llevan en esas bolsas? ¿Carne? Hmm... ¡Qué bien me vendría! En la comisaría tengo veinte ladrones adolescentes. Con una buena comida los tendría dos días dormidos. Negociamos y perdimos una bolsa. En otro taxi, al parar en el primer semáforo, dos mujeres se nos acercaron como fantasmas con dos chicos en brazos. Al darles unas monedas, le dije a Pedro que hubiera preferido entregarles unos cachos de hueso con carne.

-¡Callate que la tengo prometida! -me gritó-. Los chicos saben que fui a buscarla. ¡Si no la llevo me matan!

Fuimos sin problemas hasta la 9 de Julio. En el semáforo más lindo de Buenos Aires, el que permite apreciar el Teatro Cólón, se nos subieron dos tipos. Uno adelante y otro atrás.

-Quédense tranquilos, esto es un asalto -dijo el más grande-. Vamos a parar en unos cajeros automáticos. Nos van a dar sus tarjetas y sus códigos y les vamos a sacar el dinero. Si se portan bien nadie va a salir lastimado.

Cuando dijimos que como todos los argentinos andábamos con lo mínimo y lo puesto, el más joven se abatió.

-¡Es el tercer trabajo seguido que pruebo y me sale mal! -suspiró-. Antes fui campana de una banda, robé en supermercados... ¡Esta noche, si vuelvo a casa con las manos vacías, mi mujer me mata!

El taxista cómplice lo consoló diciéndole que era principios de mes y que si se apuraban todavía podían hacer una buena cosecha. Media bolsa más y nuestros relojes fue el precio que pagamos para que nos dejaran ir. En otro taxi, ligeros de equipaje, avanzamos callados hacia Lanús. Pedro indicaba al conductor caminos alternativos para evitar las grandes bandas. Dábamos tumbos, por un camino de tierra, seguidos por perros que ladraban, cuando nuestros malos presentimientos se hicieron realidad. Un tronco enorme impedía el paso.

¡Eh...! ¡Eh...! ¡Bienvenidos! -gritó un viejo de pelo largo y barba, ondeando su camisa rota. Lo seguían unas veinte personas de todas las edades-. ¡Por fin cae un pajarito en la trampa! ¡Los esperamos desde la mañana! A ver qué hay en las bolsas... ¡Oh... carne, que me hiciste mal y sin embargo te quiero!

Enseguida reconocí a Lucio, el poeta, que había sido tercer premio municipal en 1964. Me dijo que era líder espiritual de ese grupo de forajidos sin tierra que deambulaba por la zona sur. Vivían como nómadas. Mientras los hombres prendían fuego y las mujeres cantaban con sus hijos llenas de alegría, transmitió que me conocía. Gracias a eso pudimos irnos con el auto y un cacho de carne cada uno de regalo. Amanecía cuando llegamos a Lanús. Pedro estaba desconsolado. ¡No teníamos nada! Se veía mudo ante cien chicos que pedían una explicación. Paramos en una parrilla que el taxista, que ya era nuestro amigo, conocía.

-A ver, Rolo, calentame estos tres pedazos de carne y traémelos con mucho vino -dijo mientras nos sentábamos-. Llevo dos pasajeros que no saben adónde van ni para qué.

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