
Casamenteras y simpáticas
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En las últimas semanas me tocó asistir, en dos registros civiles porteños, a tres casamientos de amigos y amigas. Y más allá del momento feliz de cada uno, me llamaron profundamente la atención la figura, la actitud y el temperamento de las juezas que llevaron adelante las ceremonias. Además de hacerlo en tiempo y forma, porque fueron cada una sumamente puntuales y observaron en sus explicaciones una razonable ortodoxia legal, demostraron compromiso, vínculo afectivo y mucho, mucho sentido del humor.
Cuando lo comenté con otros amigos, me contaron que el fenómeno data de unos pocos años, probablemente a partir de la sanción de la última ley de divorcio, cuando miles de parejas pudieron regularizar su situación y rehacer su vida. Mientras los nuevos binomios recuperaban la llamada aptitud nupcial, las juezas ganaron un protagonismo singular.
Imagínense esto. Una alentó a los contrayentes a iniciar "un tiempo creativo, sin rutina, con descubrimientos permanentes". Escuché que otra presentaba a la novia como "la señora de G" y al novio, provocadoramente, como "el señor G de B (la inicial del apellido de ella)". Y la tercera instó a la mujer a no enredarse en los dilemas de la cocina. "Habiendo ahora tanto delivery, mi consejo es que las hornallas de la cocina las dediques a poner adornos. No sabés lo bien que quedan allí unas macetitas."
En una de las bodas, quien entregó la libreta a los novios fue una chiquita, hija del novio, de un matrimonio anterior. En otra, la arenga principal (diría más femenina que feminista) se centró en el sentido de la fidelidad. Y en una más, la autoridad se explayó en la idea de la asistencia recíproca que se deben los cónyuges, tanto en la salud como en la enfermedad.
En cualquier caso, lo destacable y novedoso de la labor de las delegadas de la Justicia es con cuánta autoridad, sensatez y gracia enmarcaron este inevitable paso legal. Sin quitarle solemnidad ni emoción, pero sumándole alegría, sentido común y reflexión. Sin duda, nadie discute el lugar central de la recepción a los contrayentes, pero hay que admitir el salto cualitativo y conceptual que han dado las directoras de la ceremonia. A tal punto que todas parecen haber sido tocadas por una varita mediática. ¿Tendrá que ver esto con el hecho de que casi no hay bodas sin cámaras de televisión como testigos? ¿Será eso lo que las condujo a cuidar su aspecto y a actualizar su discurso? ¿O sólo será el efecto del cruce de épocas, que, entre otras tantas modificaciones, trajo el retrato de un novísimo grupo familiar?
Lo cierto es que la tarea supera a la rutina de preguntar a los novios si se aceptan mutuamente o de proponer el intercambio de alianzas. Las profesionales se ponen al frente de las circunstancias apelando a un relato cálido, acorde a los tiempos que se viven, en los que, por suerte, matrimonios y parejas ya no son lo que supieron ser. El efecto es positivo porque le quita dramatismo a una situación de por sí crucial, porque pasa por encima de la frialdad de los procedimientos y contribuye a armar una situación más parecida a la vida misma y al sentido de la familia en la actualidad. Es que, así como los matrimonios no son para toda la vida, las juezas se pueden mostrar ahora más vulnerables, emotivas y chistosas sin que eso las despoje de potestad y diligencia.
* El autor es escritor y periodista
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