Catálogo de pequeñas sorpresas

Leo Ferri
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7 de enero de 2015  • 12:25

Ya nos habían dicho todo. Estábamos preparados, o al menos eso creímos. Desde el principio había quedado claro que dormir iba a ser complicado, que los pañales iban a requerir un pequeño presupuesto aparte dentro de la economía familiar y que los canales infantiles iban a dominar la imagen y sonido hogareños. "Sí, sí", decíamos con mi mujer, mientras por dentro no le dábamos mayor importancia a esos asuntos que, en muchos casos, nos parecían banales. No había soberbia en nuestra actitud, pero sí la necesidad de tener que experimentar en las propias tripas lo que significaba cada uno de esos consejos. Hay cosas que se entienden cuando se las vive, y no cuando son explicadas. Y aún así, había cosas que no nos habían contado.

No sabía cómo iba a resultar el veraneo en casa. "¿Te diste cuenta que vamos a estar de vacaciones y no vamos a poder dormir ni un solo día hasta tarde?", le pregunté casi de manera retórica a Naty, en uno de los pocos momentos de lucidez que deja -justamente- la falta de sueño. Desde el primer momento, cuando las lunas nos indicaron que Benjamín nacería en octubre, supimos que las vacaciones iban a ser en casa. No tenía sentido ir a una playa con un bebé al que no se le puede poner ni siquiera protector solar, así que ideamos una fórmula de Pelopincho, aire acondicionado y algunos paseos en la hermosa Buenos Aires de enero como para romper la rutina de los horarios obligados y las tareas inevitables. De a ratos funciona, y de a ratos…

No conocía los efectos de la falta de sueño. Cuando uno se despierta varias veces en una misma noche, pierde la noción de qué hizo y qué no, y cuándo pasó tal o cual cosa. ¿Fue anoche o fue la anterior? ¿Me dijiste eso, lo pensé o lo soñé? ¿Dormí o creo que dormí? Cada mañana las preguntas se multiplican, y por suerte la mayoría las tomamos con humor. El efecto burnout (estar quemado), tan conocido por su asociación con el exceso de trabajo, también se aplica a estos primeros meses como padre, llegando al extremo de casi salir a la puerta de mi casa para despedir a mi mujer… vestido sólo con ropa interior.

¿Y qué se podía esperar de los abuelos? Siendo Benjamín el primer nieto de sus tres abuelos, con Naty supusimos que se avecinaban mares de baba (de hecho, el nietito era un reclamo que ya empezaba a hacerse oír no tan disimuladamente), pero no lográbamos imaginarnos el día a día. El abuelo Héctor, que no era muy amigo de las visitas, encontró en Ben la excusa perfecta para caer de sorpresa con cualquier excusa, o para llamar por teléfono y pedir hablar con su nieto. Las abuelas Teresa y Graciela no sólo están para dar una mano con las cosas de la casa (que de otro modo serían imposibles de hacer), sino que también se las ve más jóvenes, con más energía y renovadas. Parece ser que la transformación de padres a abuelos se sirve de una mezcla única de experiencia y sabiduría que resulta irresistible para todos: resulta hermoso verlos así.

No sabía que una noche, de golpe y sin aviso, iba a poder dormir cinco horas seguidas. O que de repente iba a surgir una siesta que me dejara ver dos episodios de una serie, o casi una película entera. O que con Naty íbamos a conseguir estrenar la Pelopincho… a las diez de la noche ¿Cinco horas? ¿Dos episodios? ¿A la noche? Sí, la vida que tenía antes de Ben vuelve en pequeñas dosis fugaces, como un paliativo para el agotamiento, o el mal humor o el fastidio que -reconozco- varias veces me generó el cansancio.

Tampoco sabía que iba a ser Benjamín el que fuera a calmarme a mí. Creía -y es así, aunque sólo en parte- que era yo el que iba a tener que darle tranquilidad al bebé, ya sea ante un dolor, hambre, sueño o lo que sea que escondiera tras su llanto. Pero lo cierto es que él me devolvió parte de esa paz, durmiendo en mi pecho, mostrándome su sonrisa sin dientes o, como hace últimamente, demostrando su fascinación con la música y las luces, con los primeros sonidos que empiezan a salir de su boca. Y admito: tampoco sabía que iba a estar tan padre baboso con él. ¿Acaso está mal?

Por: Leo Ferri

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