Cerca de la ciudad: 4 escapadas en la provincia de Buenos Aires

Inés Pujana
Candelaria Palacios
María Eugenia Castagnino
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18 de marzo de 2019  • 21:45

Nos fuimos un finde a cuatro spots turísticos de la provincia y acá te contamos cómo fue cada experiencia.

San Antonio de Areco

Por Euge Castagnino, editora.

A mi marinovio y a mí nos copan las escapadas. Tienen ese gusto a deliciosa fugacidad, a romper rutinas, a bajar el ritmo, a salirnos un poco de nuestras propias costumbres como pareja. Pero quizá lo más lindo sea observar cómo el paisaje cambia: miro por la ventana y la ruta 8 ya nos muestra campos verdes mientras el atardecer nos regala unos naranjas rabiosos en el cielo. Llegamos al hotel Pampas de Areco con las últimas luces de la tarde; es un resort & spa de campo, de tan solo 30 habitaciones, de ambientación campestre, ideal para un finde romántico de a dos, porque no se aceptan menores de edad. Lo primero que hago en los hoteles es testear las camas: ¡estaba aprobada! Y como fan de las batas, fui a chequear que estuvieran colgadas en el placard. No solo estaban ahí, sino que eran de mis preferidas: las de nido de abeja. Nos las probamos y salimos al balcón de la habitación para ver cómo el sol se escondía y cómo la enorme pileta era un manchón celeste y luminoso en el campo verde. El batallón de luciérnagas que inundaban el pasto y las estrellas que hacían explotar el cielo nos daban esperanzas ante el pronóstico de lluvia para el día siguiente.

El milagro ocurrió: el domingo amaneció con sol y, luego de un suculento desayuno, la cita era en el spa Aguaribay. Primero, nos hundimos 20 minutos en una sesión de hidroterapia ($1100 para 2) que nos dejó sedados como bebés. Luego, un chapuzón en la pile indoor con vista a un lago con patos y un muelle que invitaba al relax. Y para terminar, compartimos una sesión de masajes holísticos ($1200 -acuérdense de estos nombres: Noe y Kari-). El resto del día fueron charlas al borde de la pile exterior, lecturas, siestas, mimos, rica comida, tragos y las ganas de quedarnos a vivir ahí. ¿El bonus? Antes de volver a la city, pegamos vueltita por el pueblo, a solo 8 km.

Capilla del Señor

Por Candelaria Palacios, editora.

Dormir. Comer. Chapuzón en la pileta. Más comer. Dormir una siestita. Otro chapuzón. Estas tres actividades en loop fueron todo lo que sucedió en mi fin de semana en una casa de campo en Capilla del Señor, a una hora de Buenos Aires.

A diferencia de mis tres colegas ohlaleras, no fui a un hotel, sino que contraté el hospedaje a través de Airbnb. Lo mejor de alquilar una casa versus dormir en un hotel es que tenés independencia: no hay horarios, no hay personal que te esté atendiendo (con lo bueno y lo malo de este punto) y, además, podés invitar gente a pasar el día o a visitarte un rato. Además, mirar casas en Airbnb es parte de la diversión: en mi caso, puedo pasarme horas chusmeando, leyendo las descripciones, comparando precios. Pero en algún momento hay que decidirse y esta vez me incliné por La Agustina, una chacra con pileta, varios cuartos, una enorme galería y ventanales que dan a un campo de soja y a un corral de ovejas. Me puse en contacto con el host, Tomás, que contestó a todas mis preguntas y dejó a cargo a Celso y Maricel, los caseros de la estancia, que estarían las 24 horas disponibles para lo que pudiéramos llegar a necesitar.

No bien llegamos, Celso nos informó que no funcionaba el wifi. "¿Que no quéee??? Todo bien con desconectarse, pero... wifi es wifi", nos reímos con mi marido. Pero no tuvimos mucho tiempo de quejarnos porque enseguida mi hijo menor descubrió las ovejas: "¡Oejas, mamá!", y después mi otro hijo vio las máquinas de campo estacionadas al fondo de la chacra. Y luego encontraron un sendero arbolado que conducía a un aljibe antiguo. Y más tarde quisieron cocinar unos pancitos, y después, meterse a la pileta, y acto seguido, jugar con los perros. Todo era una novedad. Hasta nos pasamos 40 minutos siguiendo una procesión de hormigas para averiguar dónde quedaba el hormiguero. Tanto para hacer y nada que hacer.

"Sin preocuparse, es como hay que vivir", cantan Timón y Pumba, los amigos del Rey León. Esa frase me resonó cuando me tiré en una de las reposeras a contemplar el atardecer, café en mano, y descubrí que había estado todo el día sin mirar el celular. Estaba ahí escuchando cómo cantaban los gorriones, y sintiendo una leve brisa, cuando vi a Celso corriendo feliz hacia nosotros: "¡Ya volvió el wifi!", nos anunció triunfante. "¡Buenísimo, gracias!", le contesté y esperé a que se fuera. "¿Y si hacemos como que no anda?", le propuse a mi marido.

  • Distancia: 100 km.
  • Precio: US$250 la noche en La Agustina. Pero podés encontrar casas para todos los bolsillos en el sitio web.
  • Más info: www.airbnb.com

Cardales

Por Inés Pujana, redactora.

Pasar un fin de semana en el Sofitel La Reserva Cardales es vivir un miniweekend de relax total a pocos kilómetros de la Capital. Yo soy muy fan de los atardeceres y, sin duda, el lujo mayor que se vive cuando te hospedás ahí (y miren que hay de sobra, ¿eh?) es ver el atardecer en el horizonte mientras flotás en una pileta tipo "infinito" que balconea sobre el lago. Con esa experiencia arrancamos el finde. Llegamos muertos de calor un sábado a la tarde y, mientras hacíamos el check-in, los chicos del hotel no solo se encargaron de estacionarnos el auto, sino que además nos recibieron con un juguito de naranja recién exprimido bien frío, o que hizo que los quisiéramos fuerte desde el primer momento. Acto seguido, un valet se encargó de subir nuestras valijas hasta el cuarto: una suite Luxury con una vista increíble al lago y a todas las instalaciones, que además incluía una cama king size enooorme, un baño súper moderno con jacuzzi para dos, un balcón con sillones para sentarse a disfrutar del escenario y mucho, pero mucho espacio.

Después de ponernos los trajes de baño, corrimos a conocer la pileta y disfrutamos de un trago en la barra que hay dentro, saboreándolo despacito con el agua hasta la cintura, como en las pelis. Cuando finalmente cayó el sol, fuimos a la pileta in and out de agua caliente y relajamos los músculos con los chorros burbujeantes del jacuzzi, que está pegadito a la pile principal y permite hacer entradas y salidas estratégicas para pasar del agua fría a la caliente.

A las 22:30 teníamos una reserva para comer en el restaurante La Butaca, donde nos esperaba un bufet de entradas que incluía sushi, una picada espectacular de quesos, appetizers de hongos, tartas y ensaladas de todo tipo, un plato principal de la carta a elección, bebidas y acceso al bufet de postres, del que salí enamorada de una mousse de chocolate blanco y arándanos que era todo un espectáculo. El descanso después de semejante comilona está asegurado, en especial si una tiene en cuenta la comodidad absoluta de las camas, que no pueden más de confortables.

A la mañana siguiente, después de un generoso y completo desayuno con huevos, café humeante, panificados de todo tipo, quesos, yogures, cereales, exprimidos y frutas varias, nos esperaba un masaje descontracturante de ¡UNA HORA! con el genio de Elías, un profesional con mayúsculas que hizo de la experiencia algo súper placentero. Teníamos incluido un late check out a las 18 horas para aprovechar los kayaks de la laguna, pero tuvimos que declinar porque en casa nos esperaba Joaqui, nuestro bebé de 8 meses, que por primera vez en su vida había dormido sin nosotros y hacía ya más de 24 horas que nos esperaba. Aunque me quedé un poco con las ganas de vivir esa experiencia, mucho no me preocupo, porque con Nico, mi marido, nos prometimos regalarnos otra escapadita a este hotel que se ganó nuestros corazones y una vuelta asegurada de estos dos padres primerizos ávidos de descanso.

  • Distancia: 65 km.
  • Precio: a partir de $7500 la habitación doble con desayuno incluido.
  • Más info: www.sofitellareserva.com

Puerto Madero

Por Belén Ardila, diseñadora.

Si alguien me dice "escapada", siempre lo relaciono con agarrar el auto y recorrer más de 100 kilómetros. Pero para este fin de semana de relax no hizo falta ni siquiera pensar en el auto, porque al Hotel Madero podés ir en bondi o subte y escaparte de la ciudad sin salir de ella.

Mi aventura urbana arrancó el sábado al mediodía en el octavo piso del hotel, y cuando digo piso, es porque era el piso entero: la habitación tenía un living comedor tan grande como para pasar Navidad con toda tu familia, un sillón que te invitaba a una siestita con vistas a los diques de Puerto Madero, un toilette, un baño con hidromasaje, la habitación que le podrían haber dado a un presidente que viene de visita al país y la frutilla del postre: una hermosa terracita con vista a todo el puerto, ideal para olvidarte de que el lunes te convertís de nuevo en calabaza.

Lo primero que hice fue ponerme el traje de baño, agarrar la amada bata de hotel y, para hacer la experiencia completa, ponerme las ojotas en conjunto para llegar al 9o piso, donde me esperaba el spa de mi vida: tenía una pileta climatizada que me sedujo, era como si me dijera al oído: "De acá, querida, no te movés". Para lo único que salí fue para ir a la sesión de masajes que me habían agendando esa tarde. Te aseguro que mi cerebro se desconectó por los 50 minutos que duraron, así que no me acuerdo de mucho, pero puedo decir que cumplieron con su función: relajarme por completo. Al terminar, me parecía más a un personaje de The Walking Dead que a Belén, así que me arrastré con toda mi relajación a la ooootra pileta (sí, otra) que tiene el hotel con vista a los altísimos edificios de la zona. Ahí estuve otro gran rato mientras las burbujas del hidromasaje hacían su trabajo. Entre una cosa y la otra, se me hicieron las 8 de la noche: faltaba solo media hora para que empezaran a servir la cena que me tenían preparada. Así que ducha y cambio de ropa de por medio, me dirigí al White Bar, para tomar una copita de vino tinto antes de arrancar. El paso siguiente fue una tabla de sushi, hecho en vivo por el sushiman del hotel.

El domingo arrancó con un megadesayuno. Me recibieron con una mesa llena de todo lo que me pudiera imaginar, pero por si me quedaba con ganas de algo más, a las 12.30 también me invitaban al famoso brunch del hotel, que no me pensaba perder. ¿El final? Una siestita en el sillón de la terraza del cuarto para que la vuelta a la realidad fuera lo más amena posible.

  • Distancia: 3 km.
  • Precio: a partir de US$180 (+IVA) la habitación doble con desayuno incluido.Podés encontrar promociones en sus redes sociales y su sitio web.
  • Más info: www.hotelmadero.com.

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