Chau anteojos: "Me operé los ojos y así me cambió la vida"

Crédito: Pixabay.
Cynthia Consoli
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25 de septiembre de 2019  • 00:00

Hasta hace un año, yo era la de anteojos. Los usé más de la mitad de mi vida, así que casi todo mi entorno solo me conocía o recordaba con un enorme marco de pasta negra como parte de mi cara. Era miope y vivía con las limitaciones de cualquier corta de vista desde que me levantaba y manoteaba los anteojos para bajar de la cama, hasta que me quedaba dormida y se me enterraban las patillas en la cara. El gesto de empujarme las gafas desde la punta de la nariz era automático. Los lentes de contacto me trajeron más problemas que otra cosa: me agoté de vivir con los ojos rojos, veía muy mal, me dolían y desarrollé un pánico descomunal a las olas del mar después de unas cuantas queratitis, así que los abandoné hace mucho tiempo.

Todo esto me parecía normal y la operación, innecesaria. ¿Y si quedaba peor? ¿Y si era demasiado traumático? ¿Para qué arriesgarme? Imaginaba una escena de sufrimiento de toqueteo ocular de la que prefería prescindir. Pero el año pasado, durante una visita a Mendoza mis papás me convencieron de consultar en el Instituto Zaldívar - la clínica más prestigiosa que practica unas 4.000 cirugías al año - si estaba apta para un tratamiento láser de última tecnología. Me fui con turno para operarme a los diez días. Spoileo el final: el asunto duró minutos, salí con los anteojos en la mano y jamás volví a usarlos. Acá te cuento.

Primero, ¿qué les pasaba a mis ojos?

Tenía miopía, una enfermedad muy común. De cerca veía bárbaro, pero más allá de los 25 centímetros todo estaba borroso, fuera de foco. Hoy es una epidemia mundial, relacionada a la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos a las circunstancias en las que vivimos: pasamos el día leyendo, con la compu, el teléfono y la tablet, entonces los ojos se acostumbran a enfocar todo el tiempo de cerca y aparecen estos cambios en la anatomía. La cirugía le dio a mis ojos la forma necesaria para que todo lo que vea se proyecte justo donde lo pueda distinguir bien.

Cómo fue el procedimiento

Los estudios confirmaron que era una candidataza para la cirugía con femtolaser, un procedimiento muy preciso y seguro, y el más estándar para corregir casos como el mío, sin ningún corte mecánico, ni pinchazo, ni puntos. Dejé las gafas en una salita y caminé hasta el quirófano agarrada de una enfermera. La anestesia fue en gotas y lo único que hice fue acostarme en una camilla durante menos de diez minutos y mirar un punto verde en un display. El médico iba anticipando todo: "Vas a escuchar el ruido del láser", "Si ahora ves un poco borroso no te asustes" "Vas a tener una sensación de arenilla que va a ir cediendo con las horas". El femtolaser es muy veloz: la corrección de mis cuatro dioptrías duró cuatro segundos (el equipo rectifica una por segundo). Moldea la superficie de la córnea para compensar los errores groseros de visión -todos los vicios de refracción como miopía, astigmatismo e hipermetropía-, y también micro imperfecciones, que dan mejor calidad de visión. Dolor cero. Molestia cero. Invasión, trauma, y todo lo que me había imaginado en mi peli de terror, cero. Literal, fue mirar el punto verde y nada más. Me paré de la camilla y salí caminando. Sentía solamente la arenilla prometida, que desapareció con el correr de los días.

Una siesta de cuatro horas inmediatamente después de la operación y muchas gotas para lubricar fueron las primeras indicaciones. Cuando me levanté, veía. No lo terminaba de creer, así que prendí la tele y chequeé que podía leer los subtítulos. Magia en alta definición. Me pasé el día midiendo si leía aquello, si distinguía los bordes de lo otro. Pero caí en la cuenta de lo que había sucedido a las 24 horas, cuando por primera vez en muchos años vi todas las letras del control oftalmológico (hasta las más chiquitas de la última línea) y escuché al doctor asegurar: "Hoy ves diez décimas, como si hubieses nacido con los ojos perfectos ópticamente".

Qué cambió en mí gracias a la operación

Vivir viendo menos de lo que deberíamos es una condición. Aunque lo naturalicemos, aunque adaptemos la rutina y le busquemos la vuelta, un lente, una cosa externa o un cuerpo extraño en el medio de los ojos y todo lo demás es una barrera en el vínculo con el mundo. La cirugía refractiva es electiva: ningún médico va a prescribirla como si fuera de apéndice, de corazón o de rodilla. Pasa por una decisión personal.

Si me preguntan qué me cambió vivir todo este primer año sin depender de los anteojos, no tengo experiencias grandiosas como las que podría contar una deportista que volvió a la cancha o un piloto de avión. En mi caso, la revelación atraviesa (sigue atravesando) la conexión con mi día a día desde la más absoluta libertad. Era todo tanto más fácil y no lo sabía. Todas las experiencias, todos los viajes alucinantes que hice estaban matizados por el incordio de los anteojos, por el esfuerzo estéril de intentar a toda costa bancarme aunque sea solo un par de lentes de contacto un ratito para nadar, correr, esquiar, bucear, cabalgar, meterme en el mar, volar en parapente, hacer trekking o jugar en una montaña rusa. La diaria estaba amenazada por el peligro de perder o romper mis anteojos y quedar fuera de combate hasta recuperarlos. Tomé conciencia de esta nueva libertad un sábado de septiembre del año pasado. Había pasado alrededor de un mes de la cirugía y salí a correr. A mitad de camino, la lluvia anunciada para la noche se adelantó y durante una fracción de segundo quise hacer todos los movimientos mecánicos de defensa: la capucha, buscar un techo, cubrir los anteojos, ¿y cómo me vuelvo?. Pero no había más anteojos. En ese momento y en esa calle, sabiendo que podía avanzar y mojarme y que estaba bueno tener de la cara empapada, pensé en escribir esta nota y supe que cuando alguien me preguntara en qué cambió mi vida con ojos nuevos, volvería siempre a buscar la respuesta en esa caminata bajo la lluvia.

Lo que tenés que saber para operarte de los ojos

¿Cualquier paciente puede operarse? ¿Cómo sé si puedo? Esta técnica no está indicada para pacientes que tienen córneas demasiado delgadas o atípicas (asimétricas, con alguna deformación, con enfermedades), ojo seco extremo o mucha miopía (mas de 6.5 dioptrías). Para ellas, hay otro tipo de tratamientos. Averigualo en una consulta con tu oftalmólogo, que te va a indicar los estudios de córnea, de la calidad de la lágrima y de las fábricas de aceites de los párpados para tomar la mejor decisión.

  • La mejor edad para operarse. Es clave la estabilidad (sucede cuando la miopía dejó de avanzar), que es totalmente personal y se alcanza a distintas edades. Después de los 22 suele ser un buen momento. Que te molesten los lentes de contacto es un disparador para consultar, porque están entorpeciendo las funciones de los párpados que hacen que tu lágrima sea buena y estable.
  • Los riesgos. Derribemos el primer mito: ¡no vas a quedarte ciega! Es la pregunta más frecuente y la respuesta es no. Puede pasar que el resultado no sea el soñado por el médico ni por el paciente, que se haya prometido algo que no se cumplió, que se haya sobrecorregido a un miope a cero y no tenga capacidad de ver de cerca. ¿Y quedar peor que con la mejor corrección esperada? Solo si hay complicaciones, que con la tecnología actual son menores al 0,1% de los casos, ya no pasa. El éxito depende de la precisión del equipo, la programación y la estrategia que tomó el cirujano, cuánto creyó conveniente corregir en cada caso.
  • Embarazo. Nada demuestra objetivamente un aumento de miopía sostenido en embarazadas, los casos de miopización mínima son de alrededor del 3%. Existe una sensación de miopización generada por la flexibilización de los tejidos que suele revertirse. Otro tema es si podés operarte estando embarazada, y ahí depende del estadío. Hasta los tres meses se hace de rutina sin problemas, no hay ninguna contraindicación. El post operatorio es tan rápido y son tan poquitos días de antibióticos que hasta se adapta la medicación para que sea más seguro para el bebé.
  • Presbicia. Si vas a operarte porque sos miope y estás cerca de la presbicia, los cirujanos toman estrategias para compensar esa futura presbicia, para ayudar al músculo a enfocar de cerca. Si no sos miope y tenés presbicia, también se puede corregir con láser.
  • El factor económico. Sacá la cuenta de cuánto gastás en anteojos o lentes de contacto, líquidos y gotas, y el láser se amortiza en poco tiempo. Depende de cada caso, las prepagas y obras sociales pueden cubrir la operación.
  • Cómo te preparás para la cirugía. Es fundamental la higiene de los párpados, que tienen muchas bacterias. Unas noches antes vas a tener que hacerte una limpieza (simple, con una gasita, agua tibia y champú de bebé) y usar algún antibiótico. Y lágrimas, porque cuanto más hidratada llega la superficie más rápida es la recuperación.
  • El post operatorio. Un control a las 24 horas, muchas lágrimas y no refregarse los ojos. Podés volver a trabajar casi inmediatamente y la idea es cambiar lo menos posible el estilo de vida y la actividad física. Hay una lista de ejercicios que se pueden hacer desde la semana porque no es necesario estar paradas todas el mes. No hay problemas con el maquillaje (incluido el corrector de ojeras), ni las cremas a partir de los dos o tres días, pero hay que evitar el delineador de ojos por 15 días. Después del mes, otro control y vida completamente normal.
  • Cuidados. Tenés que tener en cuenta que no dejás de ser miope porque esa condición es del ojo y, sobre todo las de miopía alta, tienen la retina más estirada. Independientemente de la cirugía, tenés que seguir cuidando la retina a pesar de que ya veas bien. En un control anual se evalúa la estabilidad del procedimiento y que esté todo bien.

Experto consultado: Dr. Roger Zaldívar. Director Científico del Instituto Zaldívar. MN 132580. Opera en Buenos Aires, Mendoza, Trelew y Tucumán.

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