Christian Lacroix: el irreverente

Un discreto desembarco trajo a la Argentina lo mejor de sus diseños y el último perfume. Durante una entrevista exclusiva en su taller parisiense, uno de los grandes de la moda cuenta en qué se inspira
Marina Gambier
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9 de diciembre de 2001  

PARIS.- A la altura del hotel Bristol, la rue du Saint Honoré pega una ligerísima curva, y uno se topa enseguida con la perspectiva escandalosamente bella de unos edificios centenarios. El número 73 queda casi al final de esta ajetreada calle, en la que se suceden una tras otra las tiendas más distinguidas de París. Y es aquí, en estas aceras angostas y bien lustradas, donde los popes de la alta costura se disputan ese puñado de clientas capaces de invertir 1000 dólares en un pañuelito para el cuello.

Los locales están semivacíos desde el 11 de septiembre. Del número 73 sale una dama con su perro, cargando (ella) una bolsa fucsia con letras negras. En el escaparate cuelga un saco de lana rosa pálido combinado con verde manzana, engalanado por un collar de cuentas como pelotas de ping pong. El diseñador perdió el norte, o la tendencia es él, piensa uno, después de comparar las vidrieras vecinas. Tal parece que ninguna de las dos cosas.

Christian Lacroix es el único couturier que ha mantenido los principios estéticos que le dieron origen, y se ha destacado en el remilgado ambiente de la moda justamente por eso, por ser irreverente al gusto de los otros. La fórmula del éxito fue sencilla. Bastó con darles rienda suelta a las fantasías infantiles que alimentó en Arlés, al sur de Francia, donde nació. Allí lo deslumbraron las corridas de toros, el cine norteamericano, el arte barroco, la Inglaterra de Oscar Wilde y las faldas con forma de burbuja que usaban las mujeres en los años cincuenta. "Todo lo que tengo es mi origen. Creo que la fuerza del futuro está en el pasado, eso es lo que da tanta fuerza a los diseñadores japoneses, que nunca ignoran la tradición", dice, cuando le preguntan por la fuente que inspira tanto delirio.

Pero Lacroix no es un improvisado. Antes de iniciarse en el rubro -en 1978, y bajo la tutela de la casa Patou- obtuvo el título de licenciado en Historia del Arte en la Universidad de Montpellier. Luego se mudó a París para cursar en la Sorbona y en la Escuela del Louvre la especialidad en conservación de museos e historia del traje. Esa formación intelectual acabó por definir la vocación. Su caso no es raro en un país donde no existen fronteras entre el arte y la moda, donde Baudelaire escribió sobre el dandy, Mallarmé editó una revista de moda y Roland Barthes dedicó un extenso volumen a las cuestiones del atuendo.

El caudal de su loco talento se funde acá, en el taller que hace 15 años abrió en una residencia del siglo XIX, donde trabaja junto con su equipo, no más de cincuenta personas. En los últimos años, desde que el grupo de Bernard Arnault compró la etiqueta, agregó a la producción líneas de prêt à porter y jeans, pero lo suyo sigue siendo la alta costura y, en especial, el diseño de vestuario para ópera. Si la obra habla por el artista, revisando el perchero donde cuelga la última colección, con abiertas referencias a camarín de teatro, uno imagina un ser amanerado e inabordable.

Nada de eso. Se trata de un hombre sumamente encantador. Medio calvo, de orejas salientes, alto y de gestos discretos, la prensa lo adora por la calidez de su trato. Suele dedicarle horas a los estudiantes de arte que lo visitan sin cita previa en su taller, y cuando las productoras de moda incluyen sus creaciones en las revistas envía cartas de agradecimiento escritas de puño y letra.

Esta tarde de otoño lleva un traje inglés con rayas finitas color carne de melón, y un suéter apelmazado en la zona de los puños y el vientre, cosa que completa ese concepto británico de que la ropa debe tener aspecto gastado para pasar por elegante. Poco que ver con los trajes que ahora confecciona para hombres que, junto con la colección de prêt à porter y el último perfume, presentó por primera vez en la Argentina, en un desembarco mucho más silencioso que el de Armani, su polo opuesto.

-Viendo el uso que hace del color, da la impresión de que usted es alguien con mucha alegría de vivir, ¿es así?

-Umm... ¡qué pregunta! Creo que no, no es tan así. El color, en realidad, es una manera de resaltar mi costado latino, y al mismo tiempo de protegerme de las cosas tristes, digamos, una especie de caparazón. Soy un optimista optimista, y los colores me expresan en ese sentido. Además, me recuerdan mi infancia en Arlés. Cuando era chico la pintura para artistas se vendía en potecitos y era espesa como una crema, te daban ganas de comerte los colores.

-¿Cómo fue su infancia?

-Este año cumplí cincuenta años, así que fui un niño en la década del cincuenta. Entonces, aun cuando no tenías el dinero para vestirse con alta costura, había muy buenas costureras en mi ciudad. Había alrededor de treinta, y yo acompañaba siempre a mi madre porque ella se hacía la ropa a medida. Me encantaba ese ambiente. Las obreras trabajando en los talleres, el ruido de las máquinas, las clientas probándose. Estaban de moda las faldas amplias, con mucho vuelo, y las mujeres solían subirse a una mesa para que la modista pudiera coser el ruedo bien parejo. Se usaba la jupon, algo así como el miriñaque, que levantaba la falda y le daba volumen. Mientras mi madre se medía, yo me escondía debajo de las polleras porque eran como una casita de juegos.

-¿Ella vestía a la moda?

-Físicamente me parezco mucho a ella. Hace dos años me sacaron una foto y tuve la impresión de ver su rostro en mis rasgos. Era una mujer sumamente personal. Usaba tailleurs, zapatos de piel de lagarto y tapados de piel de camello. Pero, una vez revolviendo los placares de mi abuela, descubrí que antes de casarse había cultivado un estilo inglés muy masculino. Le gustaba estar a la moda, y usaba mucho el color, en especial el rojo, algo que heredé de ella, porque es uno de mis preferidos. Simboliza el amor, la sensualidad, la muerte, la vida.

-Con tanta influencia alrededor, ¿cómo es que empezó por el arte y no por la moda?

-Creo que a causa de la vida en Arlés, porque en esa época era una ciudad detenida en el tiempo. Lo poco de nuevo que había fue bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial, y contrariamente a lo que pasó en otros lugares, se conservaron los estilos que la fundaron: había ruinas romanas, palacios renacentistas, iglesias barrocas y mansiones típicas del siglo XVIII. Esas imágenes son muy fuertes para la imaginación de un niño. Igual, a la vocación la llevaba dentro, me sentía muy atraído por los libros antiguos que traían láminas de obras de arte en colores. Como no había programas para chicos en la televisión -creo que ni existían los dibujos animados-, mi abuelo se dedicaba a estimularnos la lectura y llevarnos de visita a los museos. Además, Picasso iba muy regularmente de vacaciones a Arlés y solían organizar muestras fascinantes. Creo que desde entonces estuve influido por la pintura del siglo XVII, por el arte contemporáneo abstracto, y claro, el Picasso de los años cincuenta.

-¿Nunca ejerció la profesión? ¿Tampoco la de conservador de museos?

-Bueno, tampoco quería hacer moda, nunca fue mi proyecto. Mi abuela solía preguntarnos a mis primos y a mí qué seríamos cuando adultos, y todos menos yo contestaban cirujano, abogado. Yo tenía la mente en otra cosa. Miraba poca televisión, pero en esa época la cadena Eurovisión trasmitía las ceremonias y acontecimientos de la realeza, y de tanto mirar esas ropas, de tanto ir los domingos al cine, empecé a dibujar escenas de películas. Me encantaban las pin up, esas mujeres sexy de los años cincuenta, del tipo de Brigitte Bardot, Gina Lollobrigida y Sofía Loren...así, con mucho pecho (entre risas, hace un discreto gesto con las manos). Transformaba lo cotidiano en escenas teatrales, y creo que mi estilo es una mezcla de todo eso. Nunca quise ser pintor. Quería ser diseñador, pero trabajar en el mundo del espectáculo, creando vestuario histórico para el teatro y el cine. Y en el fondo me armé una vida un poco teatral, por eso detesto las cosas a medias, lo aburrido, lo banal, pienso que hay que trascender las cosas y transformarlas cons-tantemente.

-¿Cómo hace para conservar esa identidad en medio de tantas corrientes a contramano, como el minima-lismo, que es lo opuesto a lo suyo?

-Eso se consigue el día que uno entiende que la única solución es ser uno mismo y no tratar de hacer lo que los demás esperan de uno. Es cierto que en plena época del minimalismo es un poco difícil ir en contra de la tendencia general, pero tengo un discurso y no lo puedo cambiar porque es realmente lo que pienso acerca de la vida. Mi ropa me expresa íntimamente. La riqueza de cada uno está en lo que lo diferencia respecto de los demás, y creo que si me hubiera puesto a hacer minimalismo, nadie me creería. Y, peor, hubiera perdido mi alma.

-En ese sentido, si la roparepresenta estados de ánimo, ¿qué nos dice la moda ahora, en este momento de guerra y violencia económica?

-A partir de la Guerra del Golfo se impuso el blanco y el negro, el minimalismo, la austeridad en respuesta a todo eso. En cambio, ahora me parece que la gente reacciona de otra manera frente a los acontecimientos. Veo que buscan el sentido artístico en las cosas, una forma de expresión más genuina y menos cerebral. Van más hacia lo espiritual, hacia aquello que refleje sus sentimientos. Cosas epidérmicas, que puedan estremecerlos. Por eso creo en el color. Después de lo que pasó en Nueva York el 11 de septiembre, la gente está más angustiada, por supuesto, pero el equipo que trabaja conmigo allá me decía que ahora más que nunca se han volcado a consumir aquello que tiene relación directa con su personalidad: usan lo que realmente les gusta.

-¿Cuántas horas por día le dedica al trabajo? ¿Puede delegar el diseño?

-Acá vengo tres veces por semana, porque en casa me dedico a ilustrar los modelos. Al principio de cada temporada, en septiembre, nos reunimos en este mismo salón con los diferentes equipos de producción -zapatos, accesorios, perfumes, prêt à porter, bazar jeans. Yo llego con una historia en la cabeza, una interpretación de cómo se verá la mujer Lacroix esta temporada, ilustrada con fotos y croquis que luego reparto entre mis colaboradores. No soy un dictador, me gusta que me devuelvan ideas cuando hago una propuesta. Igual, tengo la decisión final, pero valoro el aporte de los demás, desde sus reacciones hasta sus críticas. Es un ida y vuelta permanente donde la única regla es el respeto por la personalidad de cada uno.

-¿Cómo construye esa imagen de la mujer Lacroix ?

-Hay diseñadores que cuando piensan una colección lo hacen inspirados en la mujer que ellos podrían ser, tratando de ponerse en ese lugar. No está mal, todos tenemos un costado femenino o masculino, pero en las semanas previas a la presentación yo hago venir a Françoise, mi mujer, para que haga comentarios y críticas, porque la mirada de una mujer es capaz de apreciar cosas que ningún varón podría. En cuanto al estilo, la mujer Lacroix es una mujer que existe, que tiene presencia, como Françoise.

-¿Y cómo es Françoise?

-Petisita, no muy alta, diríamos -si escuchara esto se ofendería (risas). Es mitad alsaciana, mitad búlgara, otro poco eslava, tiene la piel muy pálida, el pelo medio pelirrojo y, sobre todo, mucho carácter. Ahora tomó distancia de la moda y de mi trabajo, pero fuimos un gran equipo. La conocí en 1973, cuando los dos éramos unos jovencitos muy excéntricos, porque nos gustaba vernos extravagantes, así, con aires retro. Yo me vestía como un bailarín de tango, con zapatos bicolor y el pelo bien aplastado con gomina, eso acá era rarísimo.

-¿Ella viste sus diseños?

-Claro (risas)... A veces le regalo otras marcas, pero prefiere mi ropa. ¡Sería medio extraño si no lo hiciera!

-¿Tiene alguna idea de cómo es la mujer argentina?

-Exóticas, aunque las imágenes que tengo están atrasa-das. Cuando se habla de la argentina existe todavía el mito de las grandes clientas, porque las argentinas de clase alta hicieron revivir la alta costura francesa hasta los años cincuenta. Es más, cuando yo trabajaba en la casa Patou, el setenta por ciento de las clientas eran argentinas. Debo reconocer que de América del Sur conozco sólo San Pablo, Brasil, pero tengo claro que son muy distintas las chilenas, las argentinas y las brasileñas. Incluso tengo una amiga colombiana que vive en Londres, que está totalmente loca, y que tiene un look muy excéntrico. Pero las imagino muy extravertidas, felices de mostrarse.

-¿Qué lo decidió a abrir una tienda en la Argentina, y no en Brasil, por ejemplo?

-No quiero parecer descortés, pero fue por una razón concreta y bien materialista: un grupo de empresarios argentinos me compró la colección (risas).

-En los últimos años se han instalado en Buenos Aires etiquetas como Armani, Versace, Hermés, etcétera, en un radio de pocas cuadras, ¿cómo es la competencia acá, donde son vecinos?

-No hay odios ni rencores, de todas maneras no tenemos tiempo para relacionarnos, sólo soy muy amigo de Jean Paul Gaultier. En los años 80, cuando el empezó, lo ayudé bastante en sus primeros desfiles, recibiendo a la prensa, armando cenas de presentación, y ahora cada vez que nos encontramos es como si nunca nos hubiéramos dejado de ver. Pero en rigor de verdad, cuando no estoy trabajando prefiero estar con gente que no tenga nada que ver con la moda, cambiar de ámbito.

-¿Disfruta su tiempo libre?

-Sí. Recorro las galerías de arte, visito más galerías que museos. En los años ochenta iba a todos los lugares de moda, y me divertí mucho. Pero ahora prefiero leer, viajar a mi ciudad (tengo una boutique allí), visitar amigos, estar con los que quiero. Es decir, concentrarme más en mí mismo. En mi juventud éramos muy inconscientes, sólo nos preocupaba divertirnos. Hoy los seres humanos somos mucho más conscientes del otro, gracias a los medios de comunicación, que nos tienen informados las veinticuatro horas y nos ponen de frente a la realidad. Por ejemplo, recuerdo que había una guerra en Argelia, y acá seguíamos yendo a las fiestas, a las galas en la ópera ¡y a 500 kilómetros había seres humanos matándose! De todos modos, agradezco haber vivido a fondo ese tiempo, porque además pertenezco a una generación que pudo divertirse libremente antes del sida, cuando había buena música, buen cine, y el desempleo no era una preocupación abrumadora. En cambio, ahora los jóvenes tienen angustia del porvenir. A nosotros nos sobraban las oportunidades. Si en plena noche me desvelaba, era simplemente porque no sabía qué elegir para mi futuro. En mi caso, creo que la vida ha sido siempre generosa.

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