Ciclos: encontrar la cadencia

Crédito: Corbis
Mercedes Korin
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22 de septiembre de 2015  • 06:58

Septiembre, segunda quincena. Primavera. El inicio de una nueva estación es una buena excusa –aunque innecesaria– para hablar de los ciclos. No habría comienzo de primavera sin final del invierno, y una estación no sería tal si no tuviera su propio final. Las estaciones vienen con principio y fin. Las personas también: son nacimiento y muerte. Y no tienen solo un nacimiento y una muerte: cada vida está llena de nacimientos y muertes, propios y de otros.

Aún para quienes la persona no termina en su muerte física hay acuerdo en que el cuerpo en su forma vital muere. Algo muere. La filosofía, la ciencia, las religiones se ocupan de este tema tan propio de la existencia.

Shiva y las células

El hinduismo, por ejemplo, cuenta con una tríada de dioses que da esta idea de ciclo: un dios creador, un dios preservador y un dios destructor. Al pensar en el término "destrucción" seguramente le otorgamos una connotación negativa. Pero Shiva, el dios destructor, tiene una función de transformación: de destruir la vida para rehacerla. Justamente Shiva, entonces, es el que más nos ayuda a comprender que un ciclo se acaba para darle lugar a otro.

La biología también nos muestra la importancia del concepto de ciclo: en una persona sana las células se mueren a tiempo; si no es así estamos en problemas. O sea, aquí volvemos a ver que la destrucción es parte de la continuidad.

Nuestra vida está llena de ciclos que se van sucediendo. Pasamos por la vida de personas, por formas de pensar, por trabajos, por estilos. Y personas, formas de pensar, trabajos y estilos pasan por nuestra vida. Los atravesamos y nos atraviesan.

Unos ciclos suelen venir con ritos de apertura y cierre (la ceremonia de casamiento y la firma del divorcio, por ejemplo) y otros que no tienen un momento específico sino que sus inicios y finales son más difusos.

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Hay ciclos que se terminan más allá de la propia voluntad pero hay otros a los que nosotros podemos darle un cierre e intentar aperturas. Lograr que esos cierres y comienzos sean no solamente estomacales e impulsivos sino que podamos imprimirle un registro de otro tipo suele generar un equilibrio en la ola de sensaciones que va surfeando.

Encontrar la cadencia adecuada

Ese registro distinto tiene que ver con encontrar la cadencia: así como en música la cadencia es la armonía de acentos y pausas y así como en el andar tenemos nuestra propia cadencia, los ciclos también tienen su cadencia, una cadencia que va variando según cada etapa del ciclo.

Las acciones catalizar, ralentizar y reposar ayudan a visualizar qué impronta buscamos darle a la cadencia, según la etapa del ciclo en que nos encontramos.

Catalizar: cuando el ciclo en cuestión está estancado, que las cosas por sí solas no fluyen, podemos ver qué pasa si aplicamos un catalizador: una acción que genere una reacción, que despabile, que acelere el proceso.

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Ralentizar: cuando el ciclo está avanzando a los piques sin que nos dé tiempo a digerir lo que va pasando y de tomar decisiones que requieren su tiempo, podemos intentar con acciones que vuelvan al proceso más lento.

Reposar: cuando hay que dejar que el tiempo actúe, tener paciencia y confianza ya que intentar movimientos sólo entorpecerán el devenir del ciclo. La no acción, dice el Tao desde Oriente con el símbolo Wu Wei, no es no hacer sino que es crecer sin forzar.

Una clave para determinar la cadencia de un ciclo es comprender el ciclo en su contexto. Ese ciclo es parte de nuestra vida, que está también atravesada por otros ciclos. Catalizar un ciclo probablemente implicará que otros sean ralentizados o puestos en reposo. Se trata, en definitiva, de encontrarle la cadencia a la vida en su conjunto, porque la vida es conjunto.

Mercedes

¿Hay casos en lo que le encontraste a un ciclo la cadencia adecuada? Leé también Hora de activar

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