Cien días para no enamorarse

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27 de junio de 2020  • 20:24

Se cumplen cien días de aislamiento obligatorio, y tal vez alguien debería darnos un premio o al menos decirnos que entiende el sacrificio, pero en vez nos regalaron una semana de debates sobre el cambio de fase y la idea de que hay algo de culpa nuestra si volvemos atrás. Son cien días de una cuarentena que se repite tanto a sí misma que hasta pasaron dos. Y parece que ya lo escuchamos todo.

Nos dijeron, al principio, que íbamos a salir fortalecidos, hasta mejores. Que el zoom también nos acercaba y que qué bueno porque también volvieron los peces a Venecia. Que volvimos a las fuentes, a nuestra esencia, a la masa madre. Que nuestros abuelos fueron a la guerra y a nosotros nos estaban pidiendo mucho menos. Nos dijeron que ésta era una prueba que nos ponía enfrente el Universo, que no hay nada más urgente, incluso que los debates que nos conmovieron como el de la legalización del aborto pueden esperar (eso sí, no hay tiempo que perder para la estatización de una agroexportadora).

Nos dijeron que era mejor armarnos alguna rutina, que la estábamos pasando mal pero la íbamos a pasar peor, porque todavía no llegó -no llega, pero ya está llegando, cada vez más amenazador- el pico. Que no hay lugar para la angustia, que es culpa nuestra por caminar, o por correr, o por estar cansados de postergar abrazos o por tener nostalgia de un café en una vereda. Sumamos al uso doméstico frases y palabras graves: velocidad y curva de contagios, ocupación de camas, caos sanitario, y ahora que dicen que lo que sigue es el colapso; la cuarentena, de nuevo, se repite: entre lo que nos dicen y lo que nos dijeron y la necesidad de volver a creer cuando lo que manda es la incertidumbre.

Son cien días y todavía falta y, si vamos a volver atrás a ciegas, nos merecemos al menos argumentos más claros que el de la necesidad de organización o la psicopateada de que todos somos culpables cuando hace meses que estamos encerrados. Es difícil sumar restricciones cuando ya no damos más. Un informe sobre salud mental en cuarentena difundido esta semana por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires indica que casi el 70% de los argentinos experimentaban malestar psicológico cuando apenas llevaban transcurridos 50 días de aislamiento social, lo que ya era más del doble de sintomatología psicológica clínica que en la primera semana de aislamiento.

Las consecuencias de la falta de actividad fuera de los hogares, la incertidumbre laboral y, sobre todo, el impacto que provoca la falta de contacto real con el entorno más querido se exacerban y tienden a agravarse con el transcurso de los días. Autoridades de la Asociación Psicoanalítica Argentina destacaron que el estado psicológico de la población "se ha degradado sensiblemente" con el paso de la cuarentena y subrayaron la difícil situación que viven niños y jóvenes confinados.

Sí, hablo porque estoy sana y viva y puedo hacer catarsis. Hoy escribo sólo para eso, quiero dejar de vivir con la amenaza del regreso a una fase que ahorque, y a la vez ya casi estoy acostumbrada y me da bronca que digan que es para organizarse como si cien días hubieran sido poco. Quiero volver a sentarme a escribir esta columna en el bar de siempre antes de que desaparezca, como ya lo han hecho 24.000 comercios de esta ciudad. Y quiero buscar la mesa de siempre y sufrir un poco cuando el mozo tarde en atenderme para después agradecer que me deje tranquila mientras escribo con mi café. Extraño esas cosas banales que hace cien días daba por hechas. Cosas como que "cuarentena" fuera una palabra poco usada, o algo todavía más simple: que quisiera decir cuarenta días.

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