Cinco cosas que aprendí en mi primer año viviendo en otro país

Crédito: Pixabay
Denise Tempone
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22 de abril de 2019  • 00:19

No todas las emigraciones son iguales: no es igual irse por exilio que por ganas, por enojo, que por proyección, teniendo un trabajo freelance, que teniendo que hacer lo que salga, con papeles, que ilegal. La historia de cada persona que decide dejar su país de origen es única y por eso es tan difícil encontrar la fórmula para "empezar de cero en otro lado". Sin embargo, a todos nos fascina escuchar lo que descubren los que dan el salto.

Estas son las cosas que aprendí a un año de aterrizar sola en Madrid, por puro deseo.

1. Insertarse en otra ciudad es como correr trenes en movimiento

Las nuevas ciudades parecen estar compuestas por miles de trenes que ya están en marcha, que salen por todos lados, que van en todas direcciones. Algunos son lentos y amables, podés subirte si querés. Otros en cambio, se cruzan una y otra vez frente a tus ojos, y aunque quieras, no llegás a tomarlos. Intuís que, con cierto entrenamiento y corriendo un poco más rápido, podrías alcanzarlos. Entonces, parte de tu aclimatamiento consiste en prepararte para eso. La sensación de que todo lleva décadas, siglos, circulando de cierta forma, puede ser apabullante. Bancarse ese lapso de tiempo en que no tenés ni idea de cuál es tu tren, ni dónde para, es casi un ejercicio espiritual.

2. El lujo de ver nacer un gran vínculo

En estos doce meses que pasaron, probablemente dije más "gracias", que en toda mi vida y sin exagerar, he llorado ríos de gratitud ante nuevos amigos que me acogieron en sus casas, me enseñaron nuevos códigos y oficios y me invitaron cafecitos con charlas que me han ubicado en tiempo y espacio mejor que Google Maps. Vivir esta etapa con los ojos bien abiertos es comparable al milagro de descubrir cómo, en plena galaxia, emerge una nueva estrella. Observar, ser consciente del surgimiento de tus nuevos grandes vínculos, no es algo que se de muchas veces en la vida, por eso cuando pasa, te sentís absolutamente en carne viva.

3. Volvés a tener trece años

Cuando llegás a una nueva ciudad, no sabés las calles, ni qué subtes ni colectivos tomar y no tenés idea de cómo se hacen los trámites. Pero tal como te pasaba a los trece, cada grado de autonomía que vas adquiriendo, te hace sentir poderosa. Descubrir que, poco a poco, comenzás a entender tu nuevo lugar, te inyecta un vigor extraño. Casi sin darte cuenta, empezás a soñar, también como a los trece, sin límites: con los trabajos que querés conseguir, la gente que querés conocer, los barrios que querés habitar. Y así, un día, teddas cuenta de que ya construiste tu propio circuito en base a una fascinación también teen. Te volvés loca por un barcito, descubrís una fiesta que no te perdés ni loca y empezás a ver las calles a través de tu propia historia personal. Poco a poco, ese lienzo en blanco que es una nueva ciudad, se va llenando de tus colores.

4. El mundo es de los organizados

El mundo es de los organizados porque la paz mental lo es. No se puede ordenar lo que pasa afuera, pero se pueden ordenar los papeles, passwords, archivos ¡y tu cabeza!, es decir, tus herramientas ante lo inesperado. La cantidad de trámites y preparaciones que requiere saltar de un país a otro (y ni hablar de un continente) hacen que tu lucidez, sentido práctico y capacidad de organización, sean un capital enorme. A veces, el único del dispones. Vale la pena entonces, esforzarse por cuidarlo. Cuándo dónde estás, aún no tenés nada, lo único con lo que contás verdaderamente es con capacidad para para hacer proyecciones y jugar tus cartas de la mejor forma posible.

4. Hogar son cuatro, cinco cosas.

Cuando cambiás de casa cinco veces en ocho meses, aprendés dos o tres cosas sobre lo que significa hogar. Llegado a cierto punto de la rotación, yo descubrí que la mínima expresión de hogar era tener mis propias sábanas perfumadas, mis cremitas, pijama y mi compu para escribir, siempre conmigo. Eso me hace sentir en casa. El resto, podía negociarlo casi todo. Este año batí record de ver desconocidos en pijama y definitivamente, tuve que sopapearme con mi sueño liviano más de una noche, para aprender la magia de la convivencia con extraños. Finalmente, descubrí que aunque la estabilidad es segura, sana y confortable, el movimiento y la liviandad te ayudan a entender que hogar, lo que se dice hogar, sos vos misma, tu cabeza y lo que hacés con ella.

5. Se puede extrañar de maneras insólitas

Cuando tu nuevo país te encanta y sentís que en ese destino hay algo maravilloso aguardando por vos, es común que no tengas un minuto para parar a pensar en lo que dejaste atrás. Eso no significa que una parte tuya no lo esté haciendo. Dormir y soñar con tu familia, con tu ex casa, con abrazos de reencuentro, puede hacerte querer regresar durante las 24 horas siguientes, aunque la estés pasando genial. Además, de pronto, podés sentirte irresistiblemente atraída hacia cosas y actividades de tu infancia. Yo por ejemplo, volví a hacer ballet, como si acaso quisiera volver a andar por sobre mis primeros pasos en el mundo, como si, para empezar de vuelta, necesitara hacer exactamente lo que me hizo hacer mi mamá cuando era chica. La verdad es que, aunque todos llegamos dispuestos a hacer un gran cambio, cuando te tomás un tiempo para analizar algunos patrones de la nueva vida que estás armando, descubrís que algunas cosas querés dejarlas exacto como estaban, aunque más no sea dentro tuyo.

1. Prepará tus papeles. Países como Italia y España (pero también otros como Lituania o Polonia) te permiten acceder al pasaporte europeo si sos hasta bisnieto de personas con esa nacionalidad. España en particular, acaba de lanzar una facilidad para otorgar visados a nietos y bisnietos de españoles residentes en Argentina. Podés chequearlo acá: https://expinterweb.mitramiss.gob.es/visar/espacioInformativo. Trabajar sin pasaporte europeo es imposible (ninguna empresa se arriesga a las enormes multas que implica tener trabajando a un inmigrante ilegal) pero hasta los 35, Francia por ejemplo, te ofrece permisos de trabajo de hasta seis meses. Los permisos para vivir como turista y trabajar son más laxos en el sudeste asiático.

2. Ahorrá. Lo ideal es llegar con un resto de tres meses que contemple tu alquiler y sustento hasta que consigas trabajo. Calculalo usando como base el alquiler de un cuarto en la ciudad que elegiste más la mitad para comida y gastos de transporte. Llévate tus ahorros en efectivo (el límite para Europa son 10 mil euros por persona) y depositalo en una cuenta allá. El sistema bancario argentino es traicionero y a veces hasta las extracciones de efectivo se complican.

3. Asegurate un resguardo. Aunque muchos deciden ir a hostels y a partir de ahí salir a buscar, hoy, redes como idealistas.org (en España), te permiten conseguir vivienda para tus primeros meses y ahorrarte la angustia de llegar sin hogar.

4. Llévate un seguro médico que te contemple tus primeros tres meses de estadía en tu nuevo país. Ese es el tiempo que puede tomarte resolver tus papeles en tu nuevo país (si fuiste en regla). No, el pasaporte no basta para acceder a la salud pública, tenés que darte de alta en varios organismos para registrarte como trabajador.

5. Tendé redes. Buscá personas, amigos, o amigo de amigos, que ya vivan en la ciudad. Ellos no te va a solucionar la vida pero te van a entender como nadie y eso vale oro.

6. Date tiempo para amar tu nueva ciudad. No llegues con el chip "tengo que resolver mi vida". Permitite caminar, recorrer, disfrutar, para ubicar en tu mapa mental para razones exactas por las que decidiste dar este salto y no perderlas de vista. La motivación de tu capital más importante una vez que ya te fuiste.

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