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14 de diciembre de 2009  • 10:44

Esto debería haber sido un comment el viernes pasado, pero bueno, una cosa llevó a la otra y aquí estamos, con un post de lunes.

Me quedó rebotando en la cabeza eso que dijo amanece: que parezco una vieja.

Primero me puse a pensar "será que parezco?", pero después de largo rato de meditar me di cuenta de que no. No por la queja del otro día. No estoy de acuerdo.

Me parece más que fantástico que cada uno de nosotros haga lo que se le cante.

No estoy de acuerdo con aquello de que el estado marital hace al cónyuge, dueño del tiempo del otro. No no. Y no actúo como sí.

Lo que me molestó del viernes a la madrugada fue haber tenido que pagar las consecuencias de las decisiones de Nicolás.

A ver, quién más que uno mismo debe hacerse cargo de las elecciones que hace? Quizá, de chicos, nuestros padres? Bueno, pero si bien no somos viejos, tampoco somo adolescentes.

Si ya no te da el cuero como para ingerir hectolitros de alcohol porque después volcás y hacés desastres, pues bien: bebé menos y ya.

A ver: por qué yo tengo que ver, oler y limpiar el vómito de alguien que cree que lo que hizo era su derecho?

O mejor aún: cómo era eso de que los derechos de uno terminan donde comienzan los del otro? Acaso no aplica a la perfección en este caso?

Me decían algunos "una vez en el año, che!". Y NO, ni media vez en el año, los derechos de mi marido incluyen que yo tenga que morir de asco porque volcó.

Si volcás, pagá las consecuencias.

Si no te alcanza, no compres.

Ese es el lema.

Todos los días de todos los años.

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