Cómo es el festival de artes escénicas más grande del mundo

Un cronista recorrió las calles medievales de Edimburgo para ver de qué se trata The Fringe
Un cronista recorrió las calles medievales de Edimburgo para ver de qué se trata The Fringe
Rodolfo Reich
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21 de septiembre de 2019  

Llueve apenas un ratito. La garúa se detiene y sale el sol. Segundos más tarde llueve torrencialmente. Hace un poco de calor, me quito la campera. Pero ahora hace frío, me la vuelvo a colocar. Estar en Escocia sin pensar en el clima es imposible. Es tema de conversación constante. No importa que sea verano; la estación poco tiene que ver con la que conocemos en nuestro hemisferio. Acá estoy, caminando por la Royal Mile, una de las principales -y más turísticas- calles de Edimburgo. Estoy rodeado de otras miles de personas, en un deambular que va del famoso castillo ubicado en una punta al Palacio de Holyrood en la otra. Apenas avanzo unos metros y me encuentro con una contorsionista, que se exhibe acurrucada dentro de un pequeño botellón de vidrio, en una posición a todas luces inhumana. Está ahí para promocionar el show del Cirque Berserk, una reconocida compañía circense británica que compite en destreza y emoción con el famoso Du Soleil. Avanzo unos metros más y en un improvisado escenario cinco jóvenes cantan a capella unas canciones tradicionales irlandesas. Diez pasos más adelante un cantautor australiano seduce a una multitud reversionando el "Hallelujah" de Leonard Cohen. De pronto pasa entre nosotros un grupo de rugbiers al trote, entregando volantes de una obra de teatro sobre la inmigración. Más allá alguien recita un monólogo griego, mientras que en un costado, bajo la estatua del filosofo David Hume (hijo predilecto de la ciudad), otro grupo ensaya pasos de danza contemporánea. La adrenalina creativa se respira segundo a segundo.

Es fácil imaginar a Edimburgo como escenografía de un cuento medieval, con sus callejuelas intrincadas, con sus casas de piedra que exudan siglos de historia, con el enorme castillo en lo alto imponiendo su constante presencia. Una ciudad que supo ser símbolo de la guerra y de la independencia escocesa, enfrentada siempre al poderío imperial inglés, con sus crónicas de sangrientos cortes de cabezas, de traiciones y casamientos políticos, de triunfos efímeros y derrotas dolorosas. Allí se entiende el orgullo local que hoy mira con temor e ironía ese Brexit comandado y votado por las tierras más al sur de la isla. Con apenas 500.000 habitantes, Edimburgo es casi un pueblo grande, de clima frío y húmedo, rodeado de bosques verdes y arroyos caudalosos, con destilerías cercanas fabricando el mejor whisky del planeta e infinitas ovejas pastando en las verdes colinas. Un plan tan ideal como estereotipado podría ser sentarse en un sillón mullido, de cuero verde oscuro, frente a un hogar encendido, bebiendo un scotch con un border collie acostado a nuestros pies. Pero estoy lejos de esa postal. Durante tres largas semanas estas calles medievales viven una enorme transformación. Para esta época, desde hace más de 60 años, esta pequeña ciudad de medio millón de habitantes literalmente triplica su población diaria, con visitantes que llegan de cada rincón del mundo en una fiebre teatral inédita. El responsable de esta metamorfosis es The Fringe: el festival de artes escénicas alternativas más grande del planeta.

La historia lo explica así: en 1947 Rudolf Bing -un judío austríaco director de ópera, exiliado en los albores del nazismo al Reino Unido- convenció a un grupo de amigos y empresarios de armar el todavía vigente Festival Internacional de Edimburgo: un prestigioso encuentro de música clásica, ballet y teatro tradicional, cuyo fin era devolver la belleza espiritual a una Europa partida por la guerra. Junto a esas grandes presentaciones se comenzaron a ofrecer otras obras más modestas, conducidas por actores y compañías independientes que se ubicaron al borde (en inglés, the fringe) de la programación oficial. De ese nacimiento modesto y rebelde, a lo largo de los años The Fringe fue ganando en convocatoria y diversidad, sobrepasando muy pronto en fama al mismísimo Festival Internacional, y convirtiéndose en lo que es hoy: un enorme colectivo de artistas de todo el planeta trabajando a través de múltiples disciplinas temas diversos que van del cambio climático a la política coyuntural, del stand up a las destrezas físicas, del baile a la percusión, del las minorías al malabarismo. Definido como "open acces festival", toda compañía que logre encontrar un lugar donde representar su obra -sea en un gran teatro o en el baño de un pub- es parte de la programación de The Fringe.

A muchos nos ha pasado: ir a una ciudad en teoría bellísima y antigua, para descubrir que es una trampa turística, con millones de personas caminando las mismas calles, comprando los mismos souvenires, sacándonos idénticas fotos en sitios designados por otros. Pero en Edimburgo la situación es distinta: la energía que se vive en la ciudad durante compensa y absorbe a ese enjambre de personas que deambula por sus callejones. Cada día se representan aquí más de 3000 obras de teatro, danza y música, llegadas de 65 países diferentes. Más de 250 obras son gratuitas, a la gorra; el resto promedia entre las siete y quince libras por entrada, y todas arrancan temprano, a la hora del desayuno, en una programación que culmina bien entrada la madrugada. No importa para dónde se mire: en todos lados florecen carteles con números que indican una sala de teatro distinta, improvisada o no, con filas de espectadores esperando.

Es mi segunda vez en The Fringe: la primera fue hace 22 años. Había terminado la facultad, renunciado a mi trabajo y con esos primeros ahorros realizaba el sueño posadolescente de vivir un tiempo en Europa. Entre otras obras y shots de whisky, recuerdo haber visto una versión trasnochada de El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov. En esta ciudad hice amigos que todavía hoy conservo. Ahora, en mi segunda vez en la ciudad, la situación es distinta: estoy en familia, con mi mujer y mi niño de nueve años. Para ver, elegimos todo aquello donde no importa el idioma. Vamos a circos y espectáculos de danza: en 111 Joel Brown y Eve Mutso demuestran como una deficiencia motriz no es un límite para la creación; en Elements of Freestyle un grupo de jóvenes hacen acrobacias urbanas con bicicletas, pelotas y breakdance. Escuchamos música y percusión (precioso el show de Africa Weird and Wonderful) y vemos grandes trucos de magia. Todo sin olvidar que estamos en Edimburgo; una ciudad con historia y con presente, con enormes parques donde perderse y pubs hermosos como Teuchters Bar, donde comer haggis con una densa real ale o unos mejillones al vapor con una medida de single malt. Una ciudad que supo pelearse y enamorarse de The Fringe, recibiendo por un lado pero resistiendo por otro a esos millones de turistas que llegamos para sacarnos selfies en cada esquina, que tocamos la nariz de Bobby, la escultura del fiel perro mascota de la ciudad, que vemos teatro como nunca en nuestra vida.

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