¿Cómo hacer buena economía?

De los fracasos macroeconómicos surge, según este prestigioso economista, la necesidad de incluir otras dimensiones a los factores económicos: la familia, la ética y la cultura. Ampliar la perspectiva para que aparezcan políticas más imaginativas y humanas es la propuestacontenida en estas líneas
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25 de mayo de 2003  

Washington (Para LA NACION).– La familia, una institución fundamental de la sociedad, ¿tiene algún impacto en la economía? ¿La situación de un país en términos de valores morales predominantes influye en su desempeño económico?

La visión del desarrollo puramente economicista que ha tenido tanta presencia en la Argentina y en América latina excluye de sus análisis temas como la familia, los valores éticos, la solidaridad. Serían marginales a las variables económicas puras, únicas a las que habría que prestar atención.

Hay en el nivel internacional una creciente insatisfacción con este enfoque. Surge de los fracasos macroeconómicos y sociales como el argentino, entre otros, y de la constatación del gran peso que pueden tener en la economía junto con los factores económicos otras dimensiones como la ética cultural y familiar.

La discusión es importante, porque de la visión económica estrecha no va a surgir otra cosa que más de lo mismo; en cambio, al ampliar la perspectiva pueden aparecer políticas mucho más imaginativas y humanas.

¿Cómo influyen los factores extraeconómicos? Veamos dos casos actuales.

La solidaridad importa

Para la visión económica convencional, el ser humano tiene una inclinación innata a la competitividad a ultranza y está orientado esencialmente al lucro. Si eso se aplica a la Argentina actual, donde hay casi un 60% de personas pobres y un 20% de la población dejó en la década del 90 de ser clase media para convertirse en nuevo pobre, el país debería estar sumido en un furioso individualismo y debería imperar la ley de la jungla.

Contrariando la ortodoxia económica, están sucediendo cosas muy diferentes. Se va extendiendo la solidaridad. Según la encuesta de Gallup, las personas que hacían trabajo voluntario eran el 20% de la población en 1997, el 26% en 2000, el 32% en 2001 y siguen aumentando fuertemente.

A comienzos de los años 90, siete de cada diez personas pensaban que la gente no estaba dispuesta a ayudar a los otros; ahora, seis de cada diez dicen que ellos mismos están dispuestos a ayudar. Hay una verdadera explosión de voluntariado y organizaciones modelo basadas en ello que están haciendo un gran trabajo como Caritas, que asiste a 3 millones de personas; la AMIA y otras organizaciones judías, que dan protección a una comunidad fuertemente empobrecida; la red social, las recientes campañas contra el hambre dinamizadas por la sociedad civil y muchas otras. Según estudios del PNUD, las organizaciones de la sociedad civil generaban en bienes y servicios sociales en 2000 el 2,6 por ciento del producto bruto del país. La cifra es mucho mayor si se contabilizan los infinitos gestos de solidaridad que hoy cunden, como el de Margarita Barrientos alimentando en el comedor popular de Villa Los Piletones a 1600 niños todos los días. Violando las leyes económicas, la conciencia ética impulsa a muchos argentinos a defender la solidaridad.

La familia sí importa

Segundo caso: los emigrantes latinoamericanos. Cifras inéditas de humildes latinoamericanos se vieron obligados a emigrar de sus países en los últimos años para buscar trabajo en Estados Unidos, Europa y otras latitudes. La mayoría de ellos trabaja jornadas agotadoras por salarios muy bajos. Según los textos de economía ortodoxa, deberían estar concentrados en ahorrar para sí mismos hasta el último centavo. Se han saltado los textos y están produciendo un comportamiento inesperado.

En los excelentes y pioneros estudios del Fondo Multilateral de Inversiones del BID (Fomin), que ha llamado la atención internacional sobre ello, giran buena parte de sus modestos ahorros y, en 2002, han transferido a sus familiares en América latina 32.000 millones de dólares. Eso es lo mismo que entró por inversiones extranjeras en ese año y mucho más que lo que recibe la región por ayuda para el desarrollo.

Sus aportes son decisivos para diversos países. Representan más del 10% del producto bruto de Nicaragua, Haití, Guyana, El Salvador, Jamaica y Honduras. Además han generado actividades económicas por otros 100.000 millones de dólares.

Así, 12 millones de trabajadores latinos envían 25.000 millones de dólares desde Estados Unidos. No lo hacen erráticamente, sino continuamente, 7 a 8 veces por año. Alrededor de 500.000 emigrantes latinos a España, provenientes de Ecuador, Colombia, República Dominicana y Perú, envían 1000 millones anuales mediante envíos regulares.

Las remesas vienen aumentando y ni siquiera las desaniman las comisiones, que el Fomin considera escandalosas, que les cobran por los envíos, (12,5 por ciento). Detrás de esta solidaridad que rompe todos los esquemas de la economía convencional se halla una relación invaluable en términos económicos: los vínculos familiares. Estos esforzados trabajadores muestran con su ejemplo el peso decisivo que esos vínculos tienen en la vida de los seres humanos.

Hoy, el Fomin y otras entidades estudian cómo reducir las comisiones y cómo generar todo orden de emprendimientos productivos a partir de las remesas familiares. En los dos casos analizados, las personas muestran que la naturaleza del ser humano responde mucho más a la visión bíblica de seres destinados al afecto que a la de la economía ortodoxa. Indican que más allá de las fórmulas de economía convencionales, los argentinos y los latinoamericanos cuentan con un ingente caudal de valores éticos y familiares que están movilizando frente a las penurias y que tiene considerables impactos económicos.

Ese caudal es una excelente base para tratar de poner en marcha una economía con rostro humano, que combine políticas públicas enérgicas y bien gerenciadas de combate a la pobreza, y protección de la salud, la educación, el empleo y la nutrición con este formidable capital social de valores que puede apoyarlas y fortalecerlas. Hacer buena economía, según indica la realidad, significa también estimular vigorosamente la solidaridad, proteger la familia con políticas activas, exigir conductas éticas integrales a los líderes, volver a vincular la ética con la economía. Todo eso puede contribuir a mejorar la economía y darle basamentos sólidos. Pero, además, no son sólo medios, familia, valores, solidaridad; son fines en sí mismo. Son la forma de vivir en armonía y plenitud.

El autor dirige la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Autor de numerosas obras, la más reciente es Hacia una economía con rostro humano (Fondo de Cultura Económica, 2002).

  • Para saber más: www.iadb.org/etica/documentos/kli_hacia.htm
  • Contrariando la ortodoxia, están sucediendo cosas muy diferentes. Se va extendiendo la solidaridad. Según la encuesta de Gallup, las personas que hacían trabajo voluntario eran el 20% de la poblaciónen 1997, el 26% en 2000, el 32% en 2001 y siguen aumentando fuertemente

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