Correo de lectoras: Mariela

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17 de abril de 2013  • 10:12

(Comprar los muebles, los electrodomésticos, mudarse. No necesariamente en ese orden. A este correo lo elegí porque a veces primero viene la mudanza y después el resto. No fue mi caso. Yo ahorré durante meses para poder comprarme algunas cosas.)

Decidí vivir sola porque mi empresa se mudó a cuarenta y cinco kilómetros de donde vivía. Tardaba dos horas y media en llegar al laburo y hasta casi tres en volver a mi casa. El lujo de perder el trabajo no estaba dentro de mis aspiraciones y, en definitiva, era la excusa perfecta para llegar a la meta que me había impuesto años atrás. Venía de Monte Chingolo, un barrio humilde, y de una familia venida a menos luego de los noventa.

Encontrar un lugar fue una tarea difícil, sobre todo porque no sabía si la garantía de mi casa servía. La primera opción fue buscar un seguro de causación. Llamé a un estudio grande en donde lo ofrecían, pedían dos meses de adelanto como parte del contrato. Ellos no contaban con ninguna lista de inmobiliarias en donde lo aceptaran. Y además, dos meses de acá, dos meses de allá y comisión son aproximadamente diez mil pesos.

La búsqueda fue principalmente por Internet. Esta herramienta me dio la posibilidad de ver las casas y tener la información disponible rápidamente. Dado que del sur al norte me separaba un abismo, y yo estaba sola, la opción fue más que conveniente.

Llamé a varias inmobiliarias. No fui bien recibida por nadie. Más allá de la tardanza al contestar el teléfono, cuando mencionaba que tenía un seguro de causación ellos sentían que estaban perdiendo el tiempo y directamente cortaban el teléfono. Me deprimía mucho no tener salida. No tenía tiempo para nada. Había dejado de estudiar, me iba a dormir a las seis de la mañana.

Un día hablando con mi mama me dice: "usá la escritura de la casa, quizá te sirva". ¡Me sentí aliviada! No es que la casa no valiera nada, pero tenía deudas de ABL y Rentas.

Llamé a una inmobiliaria de Olivos, una que está cerca de la quinta. Les dije lo que estaba buscando y cuando me preguntan si tenía garantía les respondí: "sí, claro, cómo no". Tardaron quince días en hacerme una propuesta. Un departamento ubicado en Núñez, a una cuadra de Libertador. El día que lo fui a ver era domingo. Me tomé el Mitre y en quince minutos ya había llegado prácticamente al hall del edificio. "es muy cerca del trabajo", pensé. Para mí eso era más que suficiente, era lo único que me importaba. Tuve mucha suerte. El departamento era precioso, podía llevarme al gato y el alquiler… ¡una ganga!

Ahora venia lo más complicado, la garantía. Lo señé y estuve esperando un mes porque había paro en el registro de la propiedad. Ese mes fue escalofriante.

El día de la firma del contrato mi mamá estaba internada, fue el martillero hasta el hospital y le hizo firmar ahí los papeles. Yo firmé en la inmobiliaria, estaba muy emocionada.

A la mudanza la hice un lunes a la mañana. Tardamos cuatro horas en llegar con el fletero vecino que me cobró 350 pesos "de onda". Entré todo con la ayuda de mi novio, tenía pocas cosas. Tiré el colchón en el piso y me dormí una siesta.

Estuve seis meses sin heladera. Con tanto alboroto no me había podido comprar nada. Me mudé en invierno, así que las frutas y verduras me duraban. Usaba leche larga vida y si quería comer carne compraba un pedazo para comer en el día. El pollo cocido dura tres días. El guiso aguanta un día y medio si lo dejás en un pote de vidrio o plástico. Los fideos es mejor comerlos en el momento, si son secos. El arroz dura fácilmente un día entero afuera de la heladera, si no tiene cebolla.

Es hermoso vivir sola. A veces me siento sola, valga la redundancia, pero el gato me hace compañía. Esta zona es preciosa, nada que ver con Chingolo. Ahora me puedo preocupar más por mí. Estoy cursando de nuevo en la facultad, no me falta nada y pago todo a tiempo. Si se me rompe algo, el dueño viene corriendo. El portero es muy amable y a veces estoy horas hablando con él. Del trabajo estoy a quince minutos. Me puedo levantar temprano, hacer mis cosas y cumplir con la jornada laboral. Me encontré un sillón en la calle y adelgace veinte kilos.

Creo que todo tiene que ver con las ganas que uno le ponga y, un poco, de la suerte.

Me gustó haber contribuido a la causa.

Mariela

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