Correo de lectoras: Sarah

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12 de abril de 2013  • 10:36

(A este texto lo elegí porque sé que encontrar el departamento justo es una tarea difícil. Como yo no alquilo y no tuve ese problema, me pareció interesante mostrar esta experiencia, que es otro aspecto de irse a vivir sola. Esta, por suerte, tiene final feliz.)

"Esto es insostenible, necesito mudarme a un departamento urgente" , fue lo que escuchó mi mamá después de que mi sistema nervioso colapsara una vez más, entre lo que tranquilamente podría haber sido la atmósfera de cualquier curso que se va de viaje de egresados a Bariloche.

La residencia estudiantil en la que viví por un mes y un par de días se había transformado en una tortura diaria. Ni siquiera habiendo hecho un casting se podía creer que se hubiera agrupado tanta gente desubicada.

Harta, emprendí mi búsqueda. "Cualquiera cosa iba a ser mejor que soportar portazos,corridas y gritos a las 3 de la mañana", pensaba.

Gracias al wi-fi de la confitería de abajo, porque obviamente el de la residencia no funcionaba, pude encontrar la mayor parte de los departamentos que visité. Visité dos o tres por día, y más de una vez por distracción fui a ver el mismo dos veces, o sea, doble frustración.

Bien tempranito arrancaba la gran aventura en la que, durante más de quince días, terminaba tomándome un café en algún bar, decepcionada buscando qué visitar al día siguiente.

Tenía material suficiente para desanimarme, como la primera vez que fui víctima de descripciones engañosas de corredores inmobiliarios, que si pueden, te alquilan una trinchera como si fuera un loft con vista al mar.

Un día encontré un aviso muy particular: ofrecían, por el mismo valor de lo que costaba la tortuosa residencia, un departamento en la famosa Isla de Recoleta. Era de estilo francés, con balcón al frente, calefacción central y expensas bajas. Al instante llamé, no sea cosa que alguien me ganara de mano y se quedara con el departamento, y concerté una cita para el día siguiente.

Ansiosa como nunca, llegue media hora antes que la señora que me lo iba a mostrar. Todo parecía coincidir con la descripción. Lo curioso era la distribución.El ambiente dejaba ver una puerta en la que se encontraba el baño completo y también un closet. Pero había algo que faltaba. La cocina parecía estar muy bien disimulada. Tanto, que la señora no la nombraba. La busqué en silencio hasta que me rendí y le pregunté a dónde quedaba. Entonces abrió el placar, el que yo había dado por hecho que era para guardar efectos personales y allí apareció una hornalla solitaria.

Ante mi asombro llenó el silencio preguntándome nerviosa:

- En el interior toman mucho mate, ¿no? ¡Esta cocina está ideal para tomarse unos mates en invierno!

Le dije que mi idea era vivir en ese departamento y que necesitaría una cocina con, por lo menos, dos hornallas y horno. "Pueden ser esas chiquitas, en la que entra media pizza, no importa", agregué.

Enojada me respondió:

- ¡Todas las del interior quieren cocina con horno!

La tensión en el ambiente se asemejaba a un River-Boca: las del interior vs. las de Capital.

En mi primera visita entendí que lo que yo asumía como natural, mínimo y vital, muchas veces era demasiado pedir.

Finalmente, encontré mi lugar en Buenos Aires. Cuando faltaban dos días para tener que renovar el pago mensual de la residencia,muy desanimada por haber recorrido tantos departamentos y enfrentarme a múltiples situaciones (no me aceptaban garantía del interior,señaba un departamento y el dueño aumentaba el precio, entre otras cosas), terminé visitando un monoambiente al que no le tenía nada de fe. Fui gracias a que mi papá me animó a verlo cuando, entre lágrimas, le contaba lo decepcionada que estaba.

Llegué a tiempo. Un chico joven me recibió y halagó mi puntualidad. Ya tenía el ojo entrenado, sabía dónde mirar, cómo disimular y qué preguntar.

Entramos al departamento y había una cocina completa, vaya sorpresa. Seguro que las expensas son impagables, pensaba. Seguimos el recorrido y ahí estaba el baño, pequeño pero moderno y con ducha. Hasta ahora todo venia cerrando: era luminoso, la cocina estaba separada,el baño era lindo, aceptaban mi garantía del interior y los precios estaban dentro de mi presupuesto, ¡era el ideal! Le pregunté si podía señarlo ya y me dijo que me apurara porque otro chico lo iba a venir a ver.

Me indicó la dirección de la inmobiliaria y sin preguntarle cómo llegar me tomé el subte hasta la residencia para buscar todos los papeles que ya tenía listos. Le pedí ayuda a un policía para que me indique cómo ir. Llegué a la inmobiliaria y me sometí al cuestionario de rutina que hacen para saber que tan solvente somos mi familia y yo.

Le di todo el papelerío y, entre risas, me dijo que nunca le había pasado que le cayeran con todos los papeles juntos y sin que falte nada la primera vez. Revisó todo y le pedí hacer el contrato lo más rápido posible porque mi papá se quedaba en Buenos Aires hasta las 5 de la tarde de ese mismo día y tenía que firmar como garante. Me prometió agilizar el trámite para antes de las 5 y así fue. La inmobiliaria celebró el contrato más express de su historia y a las 4 ya tenía la llave en mi poder.

Fui volando a la residencia a sacar todas mis cosas e instalarme en mi nuevo departamento que me esperaba con un sillón y unas cajoneras que el dueño me dejó. Sentía que, aunque estuviera vacío, era mi lugar. Todo había salido redondo gracias a la buena voluntad de los de la inmobiliaria y de mi papá.

Hoy puedo decir que las últimas opciones siempre se transforman en parte de mi vida. El departamento al que no iba a ir ni a ver fue el que terminé alquilando, la entrevista a la que no iba a asistir fue en la empresa donde actualmente trabajo. Casualmente, cuando me gana la desesperanza siempre aparece algo que me empuja a seguir para terminar encontrando lo que tanto anhelaba.

Sarah

Si quieren contarme su experiencia, escríbanme a tinavivesola@gmail.com

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