Cosas simuladas

Guillermo Jaim Etcheverry
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9 de septiembre de 2007  

Hoy ya no estamos rodeados de cosas, sino de copias de cosas, de simulacros de originales extraviados", sostiene la filósofa italiana Francesca Rigotti en su reciente obra El pensamiento de las cosas. Como señala su compatriota el poeta y periodista Maurizio Cucchi al comentar ese libro, habitamos un mundo de iconos, de representaciones, de "cosas" irreales, de "cosas que no existen en la realidad, que representan funciones que podrían ser indicadas de manera abstracta o matemática". Es inocultable que vivimos rodeados de objetos, pero éstos se crean para durar poco, con explícito destino de desecho. En nuestra cultura de lo rápidamente descartable, se desvanecen los objetos sólidos que absorbían nuestros afectos, nuestra historia o la de los seres queridos, incluso de los ausentes. De allí que experimentemos cierta nostalgia por los objetos, por el contacto con la realidad, por la experiencia física concreta.

Las cosas testimoniaban la vida de los demás, la historia que vieron pasar. Porque, a diferencia de nuestras vidas fugaces, las cosas permanecían. En definitiva, lo que lleva al ser humano a acercarse a los objetos del pasado, incluso a coleccionarlos con avidez, es el intento de recuperar, de esos silenciosos testigos, las vivencias de las que se impregnaron.

Esta meditación sobre los objetos es recurrente en la filosofía y el arte. Borges, en su bello soneto sobre las cosas, dice: "… ¡Cuántas cosas, / láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido". Señala magistralmente la permanencia de las cosas que acompañan nuestro vivir y en las que, de algún modo, queda la impronta de nuestra vida.

García Márquez, en El General en su laberinto, advierte la permanencia de las cosas al describir de manera impar los instantes finales de la vida de Bolívar. Dice: "Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volverá a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final".

La pérdida de significación de las cosas, hoy inexistentes o desechables, nos está privando del anclaje en el tiempo que resulta esencial para la construcción de la historia social, así como de la saga personal de cada uno de nosotros.

Convencidos de que las cosas son descartables, nos acostumbramos a habitar un mundo virtual en el que ya sólo nos acercamos a la realidad mediante iconos, tal como sucede en los videojuegos, cada día más difundidos. Intuir que  las cosas, aparentemente mudas, guardan ecos de nuestra vida, como sugiere Rigotti, no constituye una señal de nostalgia. Supone, en cambio, la valoración de lo que las cosas nos comunican: reflejos de historias, testimonios de otras vidas.

El peligro es que lleguemos a considerar que la existencia humana también es descartable, que el contacto con el mundo real y con los demás es prescindible. Por eso, resistirse a deambular en un entorno de objetos sustituibles, perecederos, atesorados, y muchas veces desechados incluso antes de ser consumidos, es una tarea de respeto por la vida, una apuesta a la construcción de humanidad. Al concluir su análisis sobre la nostalgia del mundo real, sostiene Cucchi: "De este modo, las cosas no dejan nada para conservar en nuestro interior y, precisamente por eso, nos sentimos cada vez más vacíos y más banales. Nosotros también somos objetos perecederos, destinados a ser reemplazados con rapidez".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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