Cristina Pérsico

Bella Napoli

Nostalgias, alegrías, destierros y retornos, amores contrariados y de los otros, son las notas que vibran en la voz de esta cantante de familia napolitana, que los jueves por la noche cautiva a la gente en la intimidad de Clásica y Moderna
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9 de diciembre de 2001  

Su espectáculo se llama Napoli, canzonette. Junto al chelo de Carlos Diener, y al piano y la dirección musical de Diego Vila, Cristina Pérsico ha logrado que los jueves de este 2001 por la noche se hayan convertido en una salida obligada para muchos porteños.

En la librería Clásica y Moderna, mientras se come algo, Cristina produce fascinación con Luna rossa, Ammore busciardo, Santa Lucía, Maruzzella, Core ´ngrato y tantas otras canciones que a nosotros, argentinos, conjunción de culturas y de razas, invariablemente nos conmueven.

Se puede descender de italianos o no. Cierta memoria de exilios familiares, algunas nostalgias de lo pasado y el eterno venimos de los barcos en el alma son suficientes para la ceremonia.

Cristina tiene un innegable aspecto mediterráneo: piel cetrina, el pelo rizado y muy negro, ojos de mirada profunda y un hoyuelo en el mentón. Pero además es enérgica, apasionada, de gestos ampulosos; tiene marcada la sangre del sur de Italia.

"Toda mi familia es napolitana. Eso por un lado es una maravilla -dice- y, por el otro, una papeleta importante. Pero yo he hecho una síntesis y lo he resuelto de esta manera y, entonces, es gracioso: mi abuela cantaba en la iglesia, en las fiestas, mientras amasaba; cantaba permanentemente, como buena napolitana. Yo en ese momento era su única nieta y me pasaba todas las vacaciones de verano con ellos, en la calle Estados Unidos y Treinta y Tres Orientales, la casa donde vivían, o si no nos íbamos a Mar del Plata. Todo esto me marcó muchísimo. Pero, además, mi papá también canta, en plan tenor. Tiene muy buena entrega vocal. Y hay dos hermanas de papá que también cantan, una vive acá y la otra en Nápoles. Ellas cantan desde el Ave María, de Schubert, hasta canzonettas. Una de ellas, que se llama Lucía -a la que yo me parezco mucho-, ganó un concurso de canzonetta napolitana y, en su momento, cuando tenía 18 años, coincidió con el director de la Scala de Milán, que la impulsó para que se fuera a vivir al Norte. Pero no eran momentos para que se fuera de su casa sola, hacia el Norte, a hacer carrera. De manera que la única mujer que se dedica profesionalmente al canto, en esta familia llena de mujeres que cantan, sonno io".

Cristina vive del canto, enseña canto, ha cantado toda su vida y aún lo hace. "Y cantaré -dice- hasta que tenga cuerda."

Y aunque el canto ha sido para la Pérsico algo tan habitual como respirar, la señora también es socióloga. "Antes de estudiar canto, era la voz cantante de las reuniones. Después, ya en España (donde estuvo radicada durante nueve años), me contacté con Dina Rot y empecé a estudiar -también estudié con Susana Naidich-, y además debo decir que aprendí con mi abuela."

Durante su show hay un momento de marcada emotividad, en el que Cristina canta a dúo con una grabación de su abuela. Por eso afirma que "todavía me enseña". La abuela era dueña no sólo de una voz privilegiada, sino incluso de una expresividad inusual. Y ese instante del show se recubre de lágrimas del público, que no puede evitar sumergirse en los exilios -los afectivos y los otros- que se espejan en cada uno de los presentes. "En las reuniones familiares es como en el show -cuenta Cristina-: primero comemos como bestias y después nos ponemos a cantar en la sobremesa. Y en esas ocasiones siempre aparece la voz de mi abuela, que la tengo grabada en tangos y canzonettas."

Entre comidas, estudios de canto y sobremesas, la Pérsico un buen día dejó de lado la sociología. "La dejé profesionalmente -aclara-; ahora la uso para elegir mis repertorios. Siempre hay una inquietud social respecto de investigar por qué afloran en el público determinadas emociones con determinadas canciones y demás." Acostumbrada a cantar ante públicos conocidos, a Cristina no le fue ajeno, en sus comienzos, el miedo al escenario. "Me acuerdo que en Madrid iba a un bolichito, donde cantaban argentinos, chilenos y demás. En esa época solía soñar con frecuencia que me subía al escenario de ese bolichito y que en el momento de sentarme se me iba para atrás la silla y hacía tremendo papelón. Fue un sueño recurrente. Nunca me pasó, pero dicen que cuando no se siente miedo hay que sospechar. Porque la ciudadana de a pie, Cristina, esta que lava los platos y paga las cuentas, ésa no se subiría jamás a un escenario. La otra, la que sí se sube, nace de algo que se va armando, que se va trabajando, que se va practicando, de algo que viene de no sé dónde, me saca de esa Cristina cotidiana y me transforma en la otra. Cuando me veo filmada, me quiero matar. Y claro, la ciudadana de a pie no se reconoce para nada."

Esta misma dicotomía suele producirse con la voz. La mayor parte de los cantantes nunca se conforma con lo que escucha de sí mismos en las grabaciones.

La Pérsico dice que en ese sentido fue pasando por distintas etapas. "Cuando llegué de España, me escuchaba y me parecía horrible, cursi y muy común. Se ve que andaría en crisis. Después, hay veces en que me gusta más y otras en que me gusta menos; en general me critico bastante. Me gusta ver qué pasó, si transmití lo que creía transmitir o no. No me preocupa tanto la afinación como la expresividad. Hay una cosa que me dijo Diego (Vila, su director musical), en la que tiene razón. Una noche llegué a Clásica y Moderna y le dije: Diego, atenti, que yo ando medio... (se toca la garganta). Y él me dijo algo que es muy cierto: Vos no cantás con la garganta, así como yo no toco con los dedos. Es eso, y en la medida en que sea eso, está todo bien."

La Pérsico suele cantar canciones sefardíes, tangos y canzonettas. Ella dice que todas las canciones tienen un porqué en su vida. "Con las canciones sefardíes me topé de golpe en España, durante mi exilio, y ellas me enseñaron que venían a través del tiempo, y que son sostenidas por los cuerpos presentes tanto como por los cuerpos ausentes. Entonces comprendí algo que creo que es el eje de mi docencia: uno pone una voz en el espacio y esa voz se traslada a través del tiempo y el espacio. Por eso vienen la voz de mi abuela y de mis seres queridos aún vivos. Yo soy mediterránea y ésa fue la puerta por la que entraron las canciones sefardíes. Y con el tango tenía que encontrarme como mina que hacía tango, en una época en la que las mujeres no lo cantaban. Era la época de Goyeneche -yo iba a verlo a Homero todos los fines de semana-, y tuve que encontrar mi manera, la manera de mujer, de hacer tango. Pero un día la encontré, con Luis Cardei y Antonio Pisano. Y lo de las canzonettas llegó porque todo el mundo me insistía con el famoso: Vos tenés que cantar esto. Lo que pasa es que para cada repertorio hay que poner el cuerpo de una manera diferente."

Al parecer, con las canzonettas napolitanas el cuerpo le sobra. Ella lo atribuye a este momento de su vida. "Es un momento en el que tengo terreno para sostener ese repertorio."

Y en ese terreno que dice tener puede poner al público en un puño, movilizarlo y convertirlo en criatura. "Es que esa música mueve los cielos y las tierras que uno lleva en el alma. Porque son canciones de amor, de amor desencontrado, de amor irónico, de amor filoso, penetrante, de la alegría de la vida, de la intensidad del paisaje, ese paisaje que los romanos llamaban felix, porque daba felicidad. Es lógico que todo esto movilice emociones. Si lo escuchás a mi viejo, que a raíz de las letras que hablan del sol y del mar napolitanos empieza rememorar sus zambullidas en el paese d´ ´o sole, y es muy fuerte."

En el público, lo que se percibe es la sensación de que muchos, como si fuesen eternos desterrados, recuperaran olores, sabores y colores de la tierra de origen. "Hay siempre como una mirada perdida al horizonte, que busca eso que se quiere tener y no se tiene", metaforiza la Pérsico.

"O sangue napulitane", repite ella. La sangre que heredó, como la voz, y que ahora pone en el espacio para que viaje.

Napoli, canzonette. Jueves, a las 21.30, en Clásica y Moderna, Callao 892; 4812-8707

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