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Cuando el amor se sirve en bandeja: llegó de Italia y se ofreció a acompañarla si viajaba a su país

Señorita Heart
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21 de diciembre de 2018  • 00:57

Había perdido la cuenta del tiempo que pasó. Pero calcula que fue ya hace más de quince años cuando Laura (50) se prometió que no iba a tener más pareja y que tampoco gastaría energías en intentarlo. Simplemente decidió que, a partir de ese momento, lo mejor y más sensato para su vida era estar sola. Y así lo hizo.

Estaba próxima a jubilarse. Se había dedicado a la docencia por más de 30 años y había llegado su momento de descanso. Soñaba con dedicarle tiempo a su jardín, a tejer en el telar, a bordar, a leer, pintar con acuarelas, escribir, ir al gimnasio, caminar. Y, en Navidad, iba a poder ocuparse de su "fábrica de corazones" para el arbolito, ese pequeño emprendimiento que había comenzado sin darse cuenta: la confección de adornos de tela, madera y otros materiales la mantenían ocupada y activa.

Hasta que lo conoció, fue en el verano de 2016 en su localidad natal, Carlos Casares, en la provincia de Buenos Aires. Él había llegado directo desde Italia para saludar a unos amigos de la familia y claro, entre esos conocidos, también estaba Laura. Habían intercambiado algunos "me gusta" en Facebook y cuando se enteró que ella iba a emprender un viaje a Europa no dudó en brindarle la ayuda que considerara necesaria. "Mi casa es tu casa, si tenés necesidad, me llamás", le dijo al tiempo que le entregó un papel con su teléfono y dirección. Y desde ese momento quedaron en contacto.

Para agosto de ese año, Laura ya se encontraba disfrutando de los paisajes de Italia. Había viajado sola y decidió avisarle a aquel hombre que gentilmente había ofrecido su casa, que estaba allí. No tenía nada que perder, era soltera y estaba decidida a conocer Italia y dejarse deslumbrar por su belleza. "Combinamos para que yo pasara dos o tres días en su casa en el campo. Así que fui". Carlo vivía en una propiedad de 150 años, en un paisaje entre bucólico y calmo. Cultivaba la tierra, se ocupaba de los árboles de frutas y de la huerta. "Las pastas las hacía la mamá, y el vino tinto, el hermano. También amasaban pan, la crostata, y otras delicias de la cocina italiana. El jardín siempre estaba cuidado, con gran cantidad de rosales, césped verde y prolijo. Era como estar en un sueño".

Laura se sintió en un cuento de hadas y fue la reina de esa historia por tres días. Carlo le enseñó todo lo lindo de su vida: sus lugares favoritos, la llevó por extensas caminatas al sol a orillas de la costa del mar de Liguria, le presentó a sus amigos, salieron a comer, fueron a conocer Portofino. Y sin quererlo, Laura se enamoró: "no sé que fue lo que pasó. Creo que fue porque Carlo es absolutamente encantador y seductor. Además me pareció muy buen mozo: alto, de contextura fuerte, con brazos musculosos de trabajar, castaño su cabello, ojos entre risueños y melancólicos, oscuros y enojados, otras veces, y una boca para el beso...".

Pero tuvieron que despedirse. Y Laura lloró en el avión de regreso a casa. Su consuelo fue el contacto que mantuvieron durante todo un año vía Whastapp. Mensajes, videos, audios: ella lo interpretó como una señal de que debía regresar. Volvió al año siguiente y esta vez se quedó por más de quince días en la casa de campo. "Hicimos cosas lindas, pero me di cuenta que había una mujer, aunque él lo negó siempre. Todas las mañanas cuando me levantaba, tenía sobre la mesa la taza, la cuchara , la máquina de café encendida, el azúcar y algo para comer. Él lo dejaba preparado antes de irse a trabajar. Los paseos más lindos eran cuando íbamos al bosque a andar en el cuatriciclo, a caminar donde va él cuando en el invierno no tiene trabajo porque ya todo está hecho y hay que esperar que el trigo crezca; a conocer Fortunago. Recuerdo que en el viaje se bajó en un viñedo ya cosechado y agarró un racimito de uvas dulces para mí. ¿Cómo no adorar esos gestos?".

Crédito: Latinstock

Laura entendió que jamás se aburriría en ese lugar soñado. Siempre había cosas para hacer: dar de comer a las gallinas, a los perros, arreglar el jardín, regar, juntar los huevos, poner la lavadora y tender la ropa en el balcón, una costumbre que adora de los italianos. También recorría la casa, las partes más viejas, era toda una aventura, porque lo que no se había usado durante años, estaba abandonado, y era demasiado caro arreglarlo. Hasta una capilla pequeña había en el terreno.

"No me atreví a nada. Ni a decirle lo que me pasaba. Ni a preguntarle si a él le pasaba algo conmigo. Porque nadie te escribe tanto tiempo por nada. Y llegó el día de irme, otra vez. Y si bien había pensado hablar algo, no pude. Primero porque hay una mujer, nosotras nos damos cuenta de eso. Y segundo porque no me atreví. Así que hoy seguimos en contacto de la misma forma. Y así voy conociendo sus gustos, y él los míos. Si va por el campo y encuentra una flor silvestre, esa foto llega. Si nieva, hace un video. Si va a caminar al río o al bosque, también hay videos y fotos".

Ella se enamoró de cada detalle: cuando él le preparaba todo para desayunar pero decía que no sabía quién lo había hecho, cuando le pedía opinión para arreglar un techo de un tractor, cuando cocinó una pizza gigante e invitó a todos los amigos para una especie de despedida porque ella se iba al día siguiente, cuando le manda videos de los perros, de las rosas, de las frutas, de su madre, de las gallinas, de hongos gigantes en el bosque, de las castañas que junta, del mar de Liguria, de las "tisanas de las buenas noches" que preparaba para los dos, o la chocolata. "Y cuando me dijo que el vestido negro que me había puesto l e daba vuelta la cabeza a los hombres. O cuando me despierto y hay una foto de un arco iris. Esto de las comunicaciones hacen que lo sienta más cerca . A veces miro la luna y pienso que los dos vemos la misma luna, que tal vez la haya mirado ese día. Hace unas semanas, un mes, no sé exactamente, filmó la luna llena yendo por la ruta y me mandó el vídeo también. Todo eso fue para mí. Todo me lo regaló él y a nadie más. Me alegra todo lo que me da, pero me falta algo. Este año no pude ir. Tal vez en 2019, si me animo".

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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