Darío Z: "El infinito, una marca de nuestra propia finitud, nos enfrenta con nuestro miedo a la muerte"

Crédito: Corbis
Darío Sztajnszrajber
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17 de abril de 2016  • 00:20

Todo lo que sucede, todo lo que sabemos, todo lo que hay, empieza y termina. Tiene un límite, tiene un umbral, tiene un fin. Todo tiene un fin, pero si así fuera, ¿sería realmente todo? Es difícil pensar el concepto de totalidad con alguna limitación, ya que, por definición, si el todo tuviera un límite, no sería el todo (ya que habría algo que no abarcaría). Por eso, el problema del infinito surge para el ser humano en esa tensión entre nuestra conciencia de finitud y nuestra idea de totalidad. O sea, la manera en que pergeñamos el concepto de totalidad se choca contra nuestra constatación de que nada es absoluto.

¿HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ?

Solo sabemos lo finito. ¿Qué es lo finito? Aquello que posee algún tipo de final. Por ejemplo: la vida. O, por ejemplo, el planeta Tierra. El infinito es siempre una suposición. Suponemos lo ilimitado, ya que claramente nos resultaría absolutamente imposible acceder a su conocimiento. Esa es una de las preguntas más tradicionales de la filosofía: ¿puede lo finito conocer lo infinito? Evidentemente no. Podemos a lo sumo imaginarnos el infinito siempre desde una perspectiva negativa, esto es, como negación de lo finito: lo infinito es lo que no tiene fin o lo que no termina. El agravante es suponer entonces una realidad dividida en dos partes iguales: el mundo finito y el mundo infinito como opuestos por un vértice, que no estaría representando la desproporción manifiesta entre ambos. Lo infinito no es lo opuesto de lo finito. Es mucho más: el infinito es la conciencia de que, como siempre hay un límite, entonces puede haber algo más. No es una certeza, es una pregunta. Y abierta. En el mundo religioso existe la llamada teología negativa: asumir que sobre Dios (tal vez otro de los nombres para el infinito) no se puede decir nada por la afirmativa, sino solo negando los rasgos de la finitud. Por eso Dios es, por ejemplo, intemporal, inmutable o inengendrado.

CONVIVIR EN/CON LO INDEFINIDO

El problema más grande con el infinito es la imposibilidad de su definición, ya que resultaría a priori problemático poder definir por la positiva lo que no tiene fin. Problemático o contradictorio: de hecho, la palabra misma "definir" significa "poner fines": ¿cómo poner fin a lo que no tiene fin? En realidad, una más cercana comprensión del infinito lo sacaría del plano racional y lo llevaría a la asunción de una imposibilidad: todos, por ejemplo, podemos entender que los números no terminan nunca o que el universo pensado tridimensionalmente es un espacio que nunca tiene un final. Por eso, se trata más de aceptar esa imposibilidad aunque angustie. El infinito es una marca de nuestra propia finitud y nos enfrenta con nuestro miedo al fin, o sea, a la muerte.

El infinito, entonces, es siempre una suposición. Todo lo que podemos decir sobre él lo decimos desde aquí, desde lo finito, con lo cual siempre va a haber una falla de origen. Es como que cualquier definición del infinito va a ser finita, con lo cual lo estaría encorsetando, reduciendo a algo diferente de lo que es. Salvo que aceptemos que toda definición es siempre una metáfora y sostengamos entonces cierta escisión entre las palabras y las cosas. De última, el concepto de infinito estaría refiriendo a algo que, aunque lo entendamos, nunca satisfaría adecuadamente la totalidad de su sentido. Todos entendemos de qué hablamos cuando hablamos del infinito, pero, lamentablemente, aunque lo entendamos, no se trataría del infinito. Nada grave, pero ¿y si todo lenguaje repitiera este esquema?

¿Qué opinás de la columna de Darío Z de este mes? ¿Te gusta el tema elegido? Además: Filosofía erótica: ¿cómo nació el amor?, ¿Quién gana con la monogamia?

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