De aquí para allá

Un viaje en colectivo por el conurbano puede convertirse en una pesadilla o, según como se mire, en una cruda metáfora de la Argentina de hoy
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16 de diciembre de 2001  

Ya no hay más esas colas largas para esperar el colectivo, porque nadie sabe cuándo entra a trabajar y menos cuándo sale, pero esa noche en Carapachay éramos unos cuantos esperando el que iba hacia Liniers. Y de bastante mal humor, porque los conductores seguían de largo ignorando la parada.

–¡Desgraciado, que no te encuentre otro día porque te reviento! –gritó un grandote, tirándole una piedra a uno.

–Es todo un trabajo frenar, abrir la puerta, esperar que subamos y arrancar –dijo una gordita, filosóficamente–. ¿Acaso le pagan más por eso?

Había unas chapas rotas al costado del camino. Cuando el siguiente colectivo se acercó, acelerando, el grandote las tiró a la calle obligándolo a una frenada brusca sobre el cordón. Nos acercamos y empezamos a golpear el lateral.

–¡Abrí, degenerado! ¿No ves que hay mujeres? ¡Tenemos que viajar! ¡Fíjense, encima va vacío!

El chofer trató de dar marcha atrás para huir, viendo el peligro, pero dos muchachos agarraron las chapas amenazando con romper el parabrisas. No tuvo más remedio que abrir la puerta. Nunca se perdonaría ese momento.

–A ver, a ver... hacete el vivo ahora... –dijo un muchacho sosteniéndolo de los pelos, mientras el otro lo cacheteaba–. ¿Qué vas a decir, eh? ¡A la primera palabra te hundo la cara! El conductor trató de hablar, pero se había olvidado de cómo se hacía. Nosotros avanzamos por el pasillo, sólo para descubrir que teníamos un nuevo enemigo: los pasajeros que ya estaban adentro.

–¡Bueno, a ver si seguimos, que nosotros también tenemos que llegar! –dijo un viejo, muy malhumorado.

–¡Que nos lleve a cada uno hasta la casa por el tiempo que nos hizo perder! Sí, ¿por qué no? ¡Y gratis! ¡Yo tampoco pienso pagar! ¡Y manejá bien, inútil, retardado! El chofer retomó la calle, mientras los muchachos lo seguían acosando. Un gordo con cabellos largos, ropa de seda y zapatillas de basquet se levantó atrás.

–¡Hermanos! –dijo con un vozarrón–. ¡Paz! ¡Pensemos en el Señor! ¡Yo tengo una iglesia donde pueden venir a rezar!

–Decime los horarios, dame tu tarjeta –le respondió una rubia–. ¿Necesitás chicas como yo que bailen en el show?

–¡Paren! ¡Si no hago lo mío, me muero de hambre! –dijo un morocho arrastrando una bolsa–. Yo estaba vendiendo cuando pasó esto. ¡Ahora tengo que empezar todo de nuevo! Señores y señoras, tengo para ofrecerles cinco herramientas importadas al precio de una...

El vehículo siguió avanzando en la noche hasta que de pronto se detuvo. Una vieja gritó: –¡Esta calle no está en el recorrido! ¿Adónde nos está llevando?

–¡Me dieron tantos golpes que no sé! –dijo el conductor, señalando sus moretones–. ¡Y hace apenas dos meses que soy chofer!

–Y éste es tu último recorrido –agregó uno de los muchachos exhibiendo un revólver. Se dieron vuelta y amablemente nos pidieron plata. Agarraron la bolsa del morocho y se bajaron riéndose. El colectivo entró en ebullición: –¿Por qué nos pasó esto? ¡Acá hace falta un macho que ponga orden! En el colectivo no, señora, en el país...

–¡Basta de machos! ¡Cuando ponen orden vimos qué pasa! ¡Tenemos que avivarnos! ¡Nosotros! ¡Así no podemos seguir más! –¡La culpa es de ustedes!–di- jo el grandote pateando al conductor–. Si pararan en todas las paradas...

Se decidió que el colectivo acercaría a cada uno todo lo que pudiera. El vehículo volvió a andar a los tumbos, en medio de peleas interminables. De pronto, la gordita me miró y vino a sentarse al lado mío: –Se le ve cara de cansado. ¿Por eso no abrió la boca? Acá hace falta gente con pasta de héroe. ¿No quiere venir a comer a mi casa? Me quedan don milanesas de ayer. Son grandes...

No respondí y me abandonó con un “los hombres nunca saben lo que se pierden”. Me estaba durmiendo. De pronto vi un bar. Como yo era el único que quedaba en el colectivo, cuando me bajé, el conductor lo detuvo y su cabeza cayó sobre el volante.

Entré en el bar para tomar un café con leche con unas monedas que los ladrones no se dignaron robarme, y de paso averiguar dónde estaba. Cuando salí del bar, una hora después, el chofer seguía ahí, inmóvil.

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