De compras

Guillermo Jaim Etcheverry
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31 de octubre de 2004  

Hace poco, dirigiéndome a quien atendía al público en una gran librería de la ciudad, me interesé por una obra clásica y mencioné a su autor. Juntos nos encaminamos hacia la terminal de la computadora central, en la que el empleado intentó escribir ese nombre de mil maneras diferentes. Como resultaba evidente, nunca se había tropezado con él en su vida. Ese episodio intrascendente me retrotrajo a la época en que, cuando joven, visitaba las librerías y recibía de sus empleados verdaderas lecciones de literatura. Todavía recuerdo a don Guillermo Giné, el mítico librero de la calle Corrientes, que, invitándome a leer una obra que él consideraba fundamental, puso en mis manos un ejemplar de Bestiario, al poco tiempo de publicado y cuando Julio Cortázar era apenas conocido.

Y así podría multiplicar las anécdotas de la seriedad con que antes se encaraba la tarea de atender al otro, sobre todo, de orientarlo. No resisto la tentación de relatar otra curiosa experiencia. Durante un viaje a París, hace ya algunos años, me propuse recorrer negocios especializados en telas en busca de reemplazar el tapizado de Aubusson de un par de sillones que ya denotaba el paso del tiempo. Consultaba muestrarios hasta que, en una de las tiendas, encontré una tela que creía apropiada. La sonriente vendedora me preguntó qué me proponía tapizar. Cuando le respondí que se trataba de un par de sillones estilo Luis XV, la señora me retiró el muestrario de entre las manos y, con inocultable ofuscación, me dio a entender que eso era imposible porque la tela elegida no se correspondía con ese estilo. Insistí porque, a pesar de todo, me gustaba. Fue inútil, se rehusó a venderme el género porque, evidentemente, consideraba que al utilizarlo en mis sillones cometería algo próximo al sacrilegio.

Al menos en la mayor parte de nuestras experiencias cotidianas comprobamos que ya no se cultiva ese compromiso vital con la tarea que cada uno realiza, cualquiera que sea su naturaleza. El orgullo del trabajo bien hecho, la conciencia de la responsabilidad que supone llevarlo a cabo, la adquisición de una formación acabada para cumplirlo, la valoración de la tarea de orientar  –de educar– a quien se acerca en busca de ayuda, parecen ser hoy sólo nostálgicos recuerdos del pasado.

Resulta indudable que, en gran medida, esta situación refleja una pérdida de los vínculos generacionales en los que se basa la paciente transmisión de los conocimientos imprescindibles para desempeñar las distintas tareas. Además, se ha perdido de vista la dimensión esencial que ellas adquieren para la cultura, por lo que el llevarlas a cabo ya no representa un motivo de satisfacción y orgullo personal.

No advertimos la influencia fundamental que el ambiente que rodea a las personas ejerce sobre su formación. A propósito de esta cuestión, a menudo recurro al lema africano: "Para educar a un niño hace falta un pueblo entero". ¡Cuánto de lo que cada uno de nosotros es resulta del contacto casual con otras personas, a veces anónimas, con las que nos relacionamos fugazmente durante nuestra experiencia cotidiana! Por eso, es importante que la calidad de la educación de todos sea la mejor posible, ya que ella contribuye de manera decisiva a crear ese ambiente que, poco a poco, nos va construyendo como personas.

El autor es educador y ensayista

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