De privilegios y prioridades

Leo Ferri
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18 de diciembre de 2014  • 00:00

Extraño a la panza. Y no, no se trata de una depresión post-parto en versión masculina, ni tampoco de pensar que el bebé estaba mejor en su oscuridad líquida que ahora, que tiene que soportar a dos padres inexpertos. De hecho, la panza quedaba demasiado en el medio a la hora de un abrazo, o en el momento de intentar adoptar la misma posición cómoda de siempre para ver una película. No extraño a la panza en sí misma, en su versión física y palpable: extraño a la versión simbólica o, mejor dicho, a los privilegios de estar acompañado por una mujer embarazada. Hay que decirlo: la verdadera depresión post-parto llega cuando volvés al supermercado y no tenés la "Caja con Prioridad".

Hacer uso de las prioridades no se trata sólo de pararse en el lugar correcto y dejar que todo suceda. No hace falta estar embarazada (o ser el marido de una) para darse cuenta que en los lugares públicos -transporte, farmacias, supermercados, cualquier fila en general- hay que tener una actitud firme para hacer que las reglas se cumplan. Recuerdo un caso sucedido hace unos meses en el Tren San Martín, el medio de transporte que utilizo todos los días para ir y volver del trabajo. La escena era la habitual de cualquier día en hora pico: tren llenísimo con las personas metidas a presión, y un señor (digámosle así) sentado en uno de los asientos reservados para embarazadas y personas con movilidad reducida.

- Perdón, ¿me podrías dar el asiento que estoy embarazada?

- No jodas, pedile a otro.

Fue tal el desprecio del tipo hacia la mujer, que fuimos varios los que saltamos a ponerlo en su lugar. El que lo convenció fue uno bastante más grandote que yo, que lo obligó a pararse y ceder el asiento, aunque ya habían surgido otras voces dispuestas a hacerlo. Lo que yo expliqué en ese momento fue que ceder un asiento que no está reservado no hace más que justificar la actitud de seres humanos como ese.

Durante su embarazo, al regreso de su trabajo, Naty venía todos los días con una historia nueva para contar. Lejos de generalizar en "nadie cede el asiento" o "las mujeres son las peores, son las que más se hacen las boludas" (frases escuchadas por todos en algún momento), contaba las particularidades de cada caso. Desde "el colectivero tuvo que pedir que me cedan un asiento" hasta "nadie se paró", pasando por "la que me lo cedió fue una señora mayor". La postura que adoptó Naty (y que yo no compartí) fue no exigir que se cumpliera la norma, y depender de la buena voluntad de las personas. A veces funcionaba, a veces no. Lo máximo que pude lograr fue ponernos en la fila con prioridad del supermercado, y esperar a que los que estaban adelante tengan dos dedos de frente. Y no siempre lo logramos, claro.

Pero cuando más arriba escribí "pararse en el lugar correcto" no lo hice de manera inocente. Debo confesar que soy de los que no ceden el asiento, porque mi política es no ocupar los asientos reservados, ni siquiera cuando están libres, así sean los últimos disponibles. Elegí sentarme y, llegado el caso, dormir sin que exista la posibilidad de ser despertado. Y es acá donde entran a jugar las responsabilidades compartidas: si la obligación de un ocupante es ceder el asiento reservado, creo que también es responsabilidad de la embarazada/persona mayor/persona con movilidad reducida pedirlo donde corresponde. ¿Es polémico? Quizás sí, pero creo que cada vez que sea posible (y esto lo aclaro por las dudas) esas personas deberían actuar así, sobre todo para no justificar la actitud de aquellos que se acomodan a dormir el sueño de sus vidas en lugares en los que deberían estar atentos a otras cuestiones.

¿Se entiende ahora por qué extraño el poder simbólico de la panza? Ya no más filas rápidas, privilegios de estacionamiento, prioridades de paso y demás delicias de la vida embarazada. Los modos no son los mismos ahora, ni aunque lleve a Ben en brazos; aunque sí debo admitir que, en algunos paseos en cochecito, fueron mayoría los automovilistas que me cedieron el paso en las esquinas, al cruzar la calle. Yo no los felicito, pero les agradezco.

Por: Leo Ferri

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