De urgencia

Leo Ferri
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23 de diciembre de 2014  • 11:32

Sonaba sólo una canción. Y ni siquiera completa: el estribillo y nada más. Acostado en esa cama fría y ajena, de sábanas blancas y cabecera reclinable, intentando dormir, descansar y empezar a sentirme bien, lo único que daba vueltas era esa canción. No pensaba ni en el suero ni en el pinchazo que me estaban dando. "Lo ves o no lo ves, al gato que pes...". María Elena Walsh le daba letra a lo que sonaba en mi cabeza, mientras yo no podía dormirme, ni descansar ni sentirme bien. Había llegado a la guardia con un fuerte malestar estomacal, precedido de otras situaciones poco elegantes. En casa habían quedado Naty (con síntomas gripales) y Ben, tan tranquilo y activo como siempre. Y ahí, en esa cama fría y ajena, no pensaba en mí: pensaba en ellos.

Un par de días antes, en una charla casi al pasar con Naty, habíamos mencionado algo que, si bien es obvio, no deja de ser importante y no habíamos puesto en palabras. Mientras mirábamos a Ben hacer sus primeros sonidos, en ese pseudo-lenguaje lleno de gestos y balbuceos, hablamos acerca de su fragilidad, de su total dependencia de nosotros. "Guau", dijimos casi a la par. Quizás lo habíamos pensado, pero nunca lo habíamos hecho explícito: teníamos a nuestro cargo a una personita de menos de dos meses enteramente dependiente de nosotros. La responsabilidad mayor de todas las responsabilidades que nos había tocado vivir.

¿Cómo una persona a la que se le parte la cintura del dolor y que siente el estómago lleno de puntadas puede pensar en otra cosa? ¿Cómo una mujer que apenas puede con su cuerpo, tiene fuerzas para levantarse y atender a alguien más? Entre las miles de cuestiones que implica ser padre, hay una que resulta fundamental: dejar de estar uno en primer lugar. Y si hay que sacar fuerzas de donde no las hay, o si hay que pensar en ponerse bien sólo porque tu hijo y tu mujer lo necesitan, así debe ser.

El post de hoy es corto. Acá a mi lado el nene me apura mientras mamá descansa. De todas las situaciones hipotéticas posibles, nunca habíamos pensado en que los que nos íbamos a enfermar íbamos a ser nosotros. Y al mismo tiempo. ¿Se imaginan? Sin embargo lo más difícil de asimilar fue una de las indicaciones de la médica que me atendió: "nada de besos a tu bebé hasta que el virus se haya ido". Que alguien me explique cómo hago.

Por: Leo Ferri

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