Debate a bordo: los dilemas que puede encerrar el salto de un delfín

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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19 de octubre de 2019  

Los turistas recorrían en un barquito la costa de la gran isla tropical, admirando los paisajes y sus aguas azules. "Estén preparados, pueden aparecer delfines en cualquier momento" decían los guías. En medio de tanta belleza, todos tenían la esperanza de que los delfines vinieran a acompañar el periplo, agregando vitalidad a la excursión, sacándola del "modo postal" que suelen tener esos paseos.

Y sí, aparecieron. Al costado del barco, eran como una familia numerosa, con grandes y pequeños ejemplares nadando en zigzag por el agua transparente, rodeando el navío con velocidad.

Los ojos de los presentes se abrían, enormes, para seguir el nado de la veintena de acompañantes, a quienes muchos solamente habían visto en una pantalla o en un acuario. Los delfines parecían divertirse, y a centímetros se exponían sin pudor ante la mirada de todos. Y fue allí que empezaron a aparecer los celulares.

Los viajeros, codiciosos de maravilla, sacaron sus aparatitos y empezaron a fotografiar lo que era fotografiable y lo que no.

Uno de los animales, vaya uno a saber por qué, se alejó pocos metros del costado del navío y empezó a saltar por fuera del agua. Era un instante, el del salto, que sin dudas era irrepetible, único. Y allí vino la duda, la gigantesca duda. ¿Había que tratar de "agarrar" ese momento con la cámara, o había que grabarlo en las retinas y en el alma, sin intermediarios?

Una mayoría optó por el celular. El agua salpicaba, pero no importaba. Unos extasiados con la visión, otros, extasiados con cómo lo verían sus seguidores por Instagram. Es fácil bajar en estos casos una línea moralizante del orden de "hoy en día toda realidad es virtual, no hay experiencia real". Pero a la vez es comprensible el impulso de tomar la realidad, en apariencia efímera, para atraparla y acercarla a lo inmortal a través de una foto.

El delfín salta, la maravilla se presenta ante los ojos, la mano tiene apretado el celular con una cámara llena de pixeles, y allí entran en juego dos maneras de sentir lo "eterno": se imprime en el alma o, en cambio, se suma a la memoria del celular "eso" acontecido.

No es tan sencillo. Muchos dirán que el alma es más importante que la memoria de celular. Pero otros dirán que la eternización de la imagen permite re-crear ese momento mágico a posteriori, en clave "álmica", tal como lo hacen los artistas dedicados a la fotografía.

Una forma de ver la situación sin entrar en demasiada polémica es entender que, al fin de cuentas, es ya de por sí importante el hecho de que se tenga como valioso el salto del delfín, más allá de cómo se lo quiera mirar y retener. Ese salto es una ventana que, para el que sabe verlo así, abre a una dimensión que la vida diaria nos mezquina por causa de tantas rutinas y afanes.

Vale tomar la foto, no ya para jactarse ante la tribuna de las redes, sino como forma de honrar el significado del momento con afán de inmortalizarlo en una foto.

Pero a la vez, digamos que el momento del delfín saltando mirado así, en crudo y sin intermediarios, tal como lo han mirado aquellos humanos que nos precedieron y que no contaban con pixeles y demás, tiene lo suyo. Quizás el tiempo opaque la memoria del salto del delfín. Sin embargo, difícilmente se opaque lo que ese salto significa, y quede marcado a fuego el asombro que tantas veces perdemos cuando olvidamos el valor de la maravilla.

Sí, ya sabemos que eso del "milagro de la vida" es un decir algo gastado por su mal uso, pero no por eso la vida deja de ser un milagro. Y, por suerte, cada tanto salta fuera del agua un delfín que nos lo recuerda.

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