Delfín

Guillermo Jaim Etcheverry
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5 de septiembre de 2004  

Una circunstancia tan inesperada como feliz me permitió mantener varias conversaciones con una gran violinista que visitó Buenos Aires. Se trata de Akiko Suwanai, joven japonesa que reside en París y que viajó, por sugerencia de Krzysztof Penderecki, para ejecutar su Concierto Nº 2 para violín y orquesta. Por su jerarquía como artista, Akiko recibió en préstamo de la Nippon Music Foundation –que posee numerosos instrumentos de cuerda antiguos– un violín hecho por Antonio Stradivarius en 1714. Se trata del famoso "Delfín", que por su calidad tonal es considerado uno de los tres mejores producidos por el famoso luthier de Cremona.

En uno de nuestros diálogos, la violinista habló largamente sobre ese instrumento. Entre otras cosas, dijo: "Este violín tiene una larga historia, y el último gran artista que lo utilizó fue Jascha Heifetz (1902-1987). Por eso, cada vez que me dispongo a ejecutarlo, se me eriza la piel porque pienso que, con cada sonido que logro extraerle, me incorporo a esa historia gloriosa". Me resultó sorprendente que una persona joven experimentara esa sensación porque, si algo caracteriza a la sociedad actual, es precisamente el desprecio por toda vinculación con el pasado.

Sucede que la educación ya no se propone fortalecer los lazos que nos unen con quienes nos precedieron, no busca alentar el reconocimiento de lo que ellos han hecho, no intenta transmitir a los recién llegados al mundo la sensación de que se incorporan a una corriente que proviene del pasado y que continuará.

Todo hoy tiende a afianzar la actualidad de la vida, el presente, la convicción de que el mundo comienza con nosotros y que con nosotros terminará. Por eso se acentúan los rasgos que marcan ese desprecio por la historia y ese desinterés por quienes nos seguirán.

Hoy no nos preocupa ni respetar a los viejos ni transmitir a los niños la herencia que les corresponde. Sólo existen los jóvenes, que son quienes reinan en el planeta. Los jóvenes, convertidos en una categoría cerrada y no concebidos como individuos que atraviesan una etapa evolutiva de su vida durante la que deben estructurarse como personas. De allí que nadie se anime a enseñarles nada porque "ya están hechos", que nadie los ayude a construirse porque "ya lo saben todo". Como consecuencia de esta visión del mundo y de las personas, cada uno de nosotros intenta desesperadamente ser joven, o al menos parecerlo, ya que parece ser el único pasaporte que nos permite ingresar en el privilegiado grupo dominante.

Mucho de lo que nos sucede se explica por ese desarraigo histórico, por la falta de percepción de la inserción de nuestra vida en una corriente que la trasciende, que viene desde muy lejos y que se proyecta hacia adelante; en fin, por ese encierro en la prisión consagrada de la juventud y del yo de cada uno.

De ahí que, al igual que lo hace Akiko cada vez que con su arco se apresta a extraer del "Delfín" los bellos sonidos que ese violín viene regalando al planeta desde hace casi trescientos años –reconoce además con humildad que el instrumento posee un nivel muy superior al de ella misma–, deberíamos tener la agudeza de percibir que al hacer algo nos incorporamos a una historia que nos antecede, y que es a ella a la que aportaremos la contribución de la obra que es nuestra vida. La herencia que de esta manera se acumula es la que la educación debería transmitir a los jóvenes; una misión que, en nuestros días, parece resistirse con tenacidad a cumplir.

El autor es educador y ensayista

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