Descenso al infierno

Británicos de origen paquistaní, Shafiq, Ruhal y Asif estuvieron detenidos dos años y medio sin que mediaran explicaciones, disculpas o juicio
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6 de enero de 2013  

A primera vista, nadie podría adivinar dónde estuvo. Nadie diría que lo definieron como a un criminal. Ni que su historia es la que cuenta el docudrama de Michael Winterbottom y Mat Whitecross, El camino a Guantánamo: cómo, durante dos años y medio, fue un número en una isla.

Shafiq Rasul nació en Tipton, un pueblo a unas tres horas al norte de Londres, aunque hoy vive en Birmingham, la segunda ciudad más poblada del país. Estuvo detenido en la prisión norteamericana de Guantánamo durante dos años y medio, sin cargos ni juicio, simplemente definido por la administración Bush como "lo peor de lo peor".

Destino: Cuba

Una experiencia imborrable. Shafiq, Asif y Ruhal: de unas vacaciones juveniles 
al epicentro de la guerra contra el terror
Una experiencia imborrable. Shafiq, Asif y Ruhal: de unas vacaciones juveniles al epicentro de la guerra contra el terror

El plan era viajar con Asif y Ruhal, dos amigos, a Paquistán, el país del que tanto habían hablado sus padres. Su propia Madre Patria. Si el tiempo alcanzaba, trabajarían para alguna ONG local y Shafiq se anotaría en algún curso barato de computación. Más tarde, los tres irían al casamiento de un primo.

Pero aquel septiembre de 2001 lo cambió todo. Un mes después de los ataques terroristas contra las torres gemelas y cuando comenzaron los bombardeos contra Afganistán, los tres ingleses cruzaron la frontera que separa ambos países, según ellos, para ayudar a los civiles de uno de los lugares más pobres del planeta.

Cuando vieron que las cosas se estaban poniendo feas en la tierra de los talibanes, especialmente para tres chicos que, aunque musulmanes, no seguían las normas locales, quisieron escapar. Pero ya era muy tarde.

Los tres fueron arrestados por fuerzas leales a un temido caudillo local, y transportados en containers hasta un edificio que hacía las veces de prisión. Las condiciones del viaje fueron tan crudas que de los 200 hombres que entraron en la caja de metal, sólo 20 salieron. Un día, sin aviso, soldados norteamericanos llegaron al lugar y se llevaron a un número de extranjeros, entre ellos, Shafiq, Asif y Ruhal.

Los tres pensaron que estaban salvados, confiaban en los norteamericanos. La realidad es que fueron llevados a un campamento improvisado en Kandahar, al sur de Afganistán.

"Me dieron un uniforme naranja, pantalones de poliéster y una remera. Arriba pusieron las cadenas. Esposas conectadas a una caja que tenía entre las muñecas y de ahí, otra cadena a los tobillos. Nos pusieron mitones térmicos, ajustados fuertemente con cinta y antiparras pintadas completamente de negro. Después nos pusieron orejeras, como las que usan los obreros y una máscara de cirujano", relata Shafiq.

Las preparaciones eran para un viaje. El destino: Guantánamo, un centro de detención del que ninguno todavía había escuchado.

"Ahora eres propiedad de la Infantería de Marina de los Estados Unidos", dijo Shafiq que un soldado le gritó cuando llegaron a la, entonces, improvisada prisión.

Dos años y medio después de su detención en Afganistán, un guardia llevó a Shafiq a una sala donde había una representante de la Cruz Roja, quien le dijo, simplemente, que él y sus amigos serían liberados.

No hubo explicaciones, ni disculpas ni acusaciones. El 9 de marzo de 2004, los detenidos 86, 87 y 110 fueron subidos a un avión con destino a Londres.

Hogar… ¿dulce hogar?

"Cuando estábamos en Guantánamo no teníamos comunicación con el mundo –cuenta Safiq–. Se sintió muy extraño regresar. No sabíamos qué estaba pasando, ni cómo serían las cosas."

En Inglaterra la gente sabía quiénes eran. Habían visto sus caras en las tapas de los diarios, sabían dónde habían estado.

"Hubo gente que nos apoyó, pero también personas que no querían que volviéramos. Aun en la calle donde vivo, alguien puso un muñeco vestido con un overol naranja colgado de un poste de luz con un cartel que decía: Cuelguen a los tres de Tipton", explicó Shafiq.

Lo primero que hicieron los tres amigos al regresar fue intentar volver a la normalidad. Shafiq se casó, tuvo una hija, volvió a estudiar, se recibió de técnico gasista y consiguió un trabajo.

"Nos liberaron pero todavía nadie hizo ninguna pregunta. Yo quiero saber por qué estuve ahí, quiero saber qué evidencia tenían en mi contra para mantenerme ahí todo ese tiempo. Yo no hice nada malo", dice el joven.

Es que salir de Guantánamo, como entrar, tiene sus complicaciones.

"Pienso en la gente que todavía está ahí. Ellos serán nombres y números para muchas personas, pero son caras para mí, rostros que recuerdo todos los días. No los puedo olvidar, sabiendo que a mí me liberaron y que ellos todavía están ahí."

"Conocí a un chico que tenía 14 años cuando llegó (a Guantánamo). Tenía tres balazos en el cuerpo y le faltaba un ojo. ¿Qué hacía un niño allí? Aun si a él lo liberan, después de tantos años, no sé si podría ajustarse a la vida normal", concluye Shafiq.

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