Desde el futuro

Guillermo Jaim Etcheverry
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22 de abril de 2007  

Las descripciones del mundo futuro evocan un reinado de máquinas. Es una anticipación lógica en una sociedad cada vez más influenciada por ingeniosos instrumentos que expanden nuestras capacidades de un modo imposible de imaginar hasta hace poco. Los límites del tiempo y el espacio se desvanecen cada día más y, aparentemente, el influjo de la tecnología que nos rodea no hará sino crecer. Las evidentes facetas positivas de este proceso no ocultan el debilitamiento de la convicción de que tan portentoso desarrollo sólo adquiere sentido cuando se subordina a la capacidad creativa humana.

De allí la originalidad de la reciente campaña publicitaria de una bebida, protagonizada por un androide –un autómata con apariencia de hombre– en cuyo cuerpo se identifican complejos engranajes y curiosos dispositivos responsables de su funcionamiento. Sentado en una biblioteca de atmósfera renacentista, le dice al espectador: “Soy más veloz que tú. Soy más fuerte que tú. Y ciertamente duraré mucho más tiempo que tú.” Prosigue, con una certeza no desprovista de melancolía: “Si piensas que soy el futuro, estás equivocado. Lo eres tú. Si tuviera un deseo, desearía ser humano. Para saber qué es sentir, desear, tener esperanza, desesperar, asombrarse, amar... Yo puedo alcanzar la inmortalidad si no dejo de funcionar. Tú puedes alcanzarla simplemente haciendo algo grandioso.”

 John Hegarty, de la agencia británica BBH, creadora del anuncio, destacó que lo que ha impresionado es que una máquina como las que imaginamos colonizando el futuro venga desde ese mismo futuro a decirnos que lo importante somos nosotros. Cuando el robot expresa su deseo de ser un humano nos señala lo valioso de nuestra condición, eso que, a cualquier costo, buscamos dejar de lado en la carrera por la velocidad, la resistencia, la prolongación de la vida.

Impresiona que el androide considere equivocada nuestra anticipación de que el futuro será de esas criaturas y sostenga que, por el contrario, ese futuro reside en el ser humano, debido a lo que constituye su esencia. Somos el porvenir, nosotros, que podemos hacer lo que la máquina no puede y quisiera hacer: sentir, desear, crear, imaginar, ilusionarnos, desesperarnos, asombrarnos, amar.

Mediante un sorprendente despliegue técnico, el anuncio evoca una idea recurrente en la literatura y el cine contemporáneos.

Así, por ejemplo, el robot del Hombre bicentenario, de Isaac Asimov, prefiere morir como humano a ser una máquina eterna. La originalidad de este mensaje masivo reside, pues, en lograr reubicar, en segundos, al ser humano en el centro de la escena. “El tema del futuro no serán las máquinas; seremos nosotros”, afirma Hegarty. Si bien seguiremos rodeados de tecnología, debemos advertir que el mundo del futuro continuará centrado en las personas. Pero para que las nuevas generaciones ocupen ese lugar con dignidad, sigue siendo imprescindible que nos interesemos por ellas. Que ampliemos la visión que del mundo y de ellos mismos tienen los jóvenes mediante la educación que los construye como personas. De otro modo, aunque íntegramente humanos, al carecer de lo esencial serán como los androides: veloces, fuertes y longevos, pero vacíos.

Como lo señala la máquina al alejarse, ella puede alcanzar la inmortalidad sólo con no dejar de funcionar, pero los humanos lo logramos simplemente haciendo algo original. Tendremos asegurada esa inmortalidad si cultivamos nuestra esencia, que es la capacidad de conocer y de crear, de intentar comprender el mundo y de transformarlo. Los seres humanos continuaremos siendo imprescindibles, hasta para construir máquinas.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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