Después de la cima

Soledad Simond
Soledad Simond LA NACION
Crédito: Pexels
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1 de abril de 2019  • 09:19

"La gente espera resultados y la profundidad no se mide de esa manera", me dijo mi mamá el otro día. La llamé un poco abrumada por el aterrizaje abrupto en mi rutina citadina, después de haber pasado quince días en India. Desde hace una semana, la gente me pregunta: "¿Cómo te fue en el viaje?, increíble, ¿no?, contame algo", y yo no sé qué responder. Me agarró desprevenida, semejante destino debería estar a la altura de las mejores anécdotas, pero tan solo tengo imágenes sueltas que no logro unir en un relato y entonces atino a decir: "estoy con jet lag". En cambio, desde que llegué no hice otra cosa que cumplir con compromisos previamente agendados (eventos, reuniones importantes, charlas difíciles, cursos, lanzamientos de nuestros nuevos productos), y yo estoy ahí como si fuera un holograma. Hago un esfuerzo para estar y resolver, porque mis "vacaciones" distaron mucho del letargo de esas imágenes caribeñas cliché: todo lo contrario, fueron provocadoras, apasionantes, reveladoras..., agotadoras, porque todo fue tan intenso y diferente en la otra punta del mundo mientras muchas cosas alrededor mío se transforman vertiginosamente.

Entonces estoy ahí, esperando que las piezas se acomoden, pero son como las de esas cajas de rompecabezas de mil piezas. ¿Las celestes serán el cielo?, ¿las verdes, el pasto?, empiezo a agrupar por colores para poder ordenarme, para encontrarle al menos la pieza madre, la del arranque, y ahí estoy. Me tengo paciencia. Yo también esperaba resultados tangibles, como todos, porque nuestra mente funciona linealmente y espera -al fin- llegar, que haya valido la pena, hacer cima y listo: ¡clic!..., foto para Instagram.

¿Y después?, nunca hablamos de volver sobre nuestros pasos, o de cuando en el camino se hace de noche, o de aquello que nos da miedo, o de lo que significa para cada uno volver a casa después de hacer cima.

Hace algunos años, hablando con un montañista, me contaba que lo difícil no es llegar a la meta en lo alto, sino bajar, casi todos los accidentes suceden en el descenso. ¿Por qué? Porque ya se disolvió la adrenalina del deseo, uno está cansado y pierde atención, así se vuelve tierra fértil para los descuidos. Entonces, pensaba en esos momentos cumbres que todos tenemos: los nacimientos, las muertes, nuestros descubrimientos, concretar un proyecto, los éxitos y los fracasos, los enamoramientos fulminantes, las peleas desoladoras, los casamientos, divorcios, las mudanzas, etc. Pero ¿qué hay después? ¿Qué pasa cuando todavía no podemos ponerlo en palabras?, ¿somos capaces de bancarnos en la confusión, tristeza, enojo, agotamiento? ¿Hasta dónde haríamos un esfuerzo y hasta dónde lo hacemos?

Crédito: Pexels

En estos días de bajada, procuro pedir ayuda, mirar bien el camino, que el cansancio no me arruine el paisaje y no apurarme en llegar a ninguna conclusión final, porque si algo aprendí en India, es que la transformación nunca termina.

Gracias a todas aquellas que nos acompañan desde hace 11 años, confiando en este diálogo que siempre está abierto, en este círculo femenino gigante, porque creen que la vida es mucho más linda compartida. Feliz cumpleaños, OHLALÁ!, a todo el equipazo que le da vida día a día; y especialmente a Fer Acosta, nuestra brand manager, que emprende nuevos rumbos en la compañía, pero nos seguirá de cerca. Abrazo fuerte.

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