Diálogos imaginarios

Leo Ferri
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3 de diciembre de 2014  • 00:28

Sé que quizás en pocos minutos te vas a olvidar todo lo que te digo, pero también sé que ahora mismo me entendés. Todo esto es tan efímero como un instante, pero aún así vale la pena para mí. Tus ojos de color indefinido aún, abiertos y brillantes en plena madrugada, no sólo me miran: también me prestan atención. Dejame imaginar que es así. Después de todo, es casi lo único que tengo para hacer mientras intento que te duermas. También, como una manera de resistirme al sueño y de ganarle al cabeceo, me gusta jugar a imaginar qué es lo que pensás. Es una manera y de ignorar al programa de televenta en el que quedó la tele, silenciada como toda la casa, el barrio y la ciudad. Alguien apretó el ‘Mute’ y acá estamos, vos y yo, conociéndonos y mirándonos mientras mamá se gana unas merecidas horas de descanso.

Cambio de brazo, Sol sigue durmiendo al lado nuestro. Ella sólo abre un ojo cuando vos amagás un llanto o una queja, porque ya se acostumbró a tu presencia y a que no tenés horarios, y supongo que ella llora cuando vos llorás porque se piensa que nosotros te hacemos algo malo. Eso pasa porque nadie entiende nada sobre cólicos, hijo, ni los médicos ni los perros. "Hagan la bicicleta, masajes en la pancita y tengan paciencia" es todo lo que tienen para decir. "Pueden darle Factor AG, pero eso es más tranquilidad para los padres que para los bebés". Claro, ellos no te vieron llorar con lágrimas hace un rato, cuando te despertaste y yo no sabía si era por hambre, dolor o porque naciste con el reloj biológico de un australiano. Era dolor, primero; y hambre, después. Perdón, yo también estoy aprendiendo a interpretarte. "Logramos poner un robot en Marte pero no resolvimos el problema de los cólicos", pienso, y tengo razón. ¿Acaso papi no tiene siempre razón?

Tu cara se mueve, se arruga y se vuelve a relajar. Volvés a mirarme, y no hay rastros de sueño. Yo quiero que te duermas y dormirme, y que una vez dormido no te despiertes apenas te apoyo en el moisés o el cochecito o el huevito o donde sea; pero lo hacés. Te canto canciones con letras inventadas en el momento, e intento posiciones para que estés más cómodo. Es ahora cuando me doy cuenta todo lo que los padres hacen por sus hijos sin que ellos se enteren. Tu abuelo, que es mi papá, alguna vez lo habrá hecho. Supongo que si alguna vez tenés un hijo lo vas a saber. Mientras tanto solamente vas a tener este texto para leer alguna vez, esas veces que no te avergüence mostrarlo. Hoy hablé con un padre de un adolescente y me contó que su hijo le dijo que no quería ser como él. Debe ser jodido escuchar algo así, pero todavía falta mucho, menos mal. Vos no sabés ni qué quiere decir vergüenza, adolescente ni casi ninguna de las palabras que te nombro.

Te acuesto boca abajo en mi pecho, porque creo que te gusta estar así. No me lo dijiste, pero que no chilles o grites o llores debe indicar algo bueno. Aprendo, hijo, de a poco pero aprendo. Acá la perra ya cambió de posición dos veces y yo empecé a cambiar de canal, porque entre que vos no te dormís y que la chica de la tele hace como que los llamados telefónicos no entran, empecé a perder la paciencia. En Sony están dando Seinfeld. Ya te voy a explicar más adelante, pero Seinfeld es mi serie favorita de toda la vida y no me canso nunca de verla. Pero no la miro desde el principio porque sonreís, y esa cara que refleja tanto de la mía me atrapa. Sos increíble, hijo.

Me despierto, Seinfeld terminó. A esta hora y con tanto cansancio encima, es fácil perder la noción del tiempo. Pienso: pasaron dos horas y media, que no son poco ni mucho, depende para qué. Mamá duerme porque era su turno, por esa puerta entreabierta podrías verla si todavía estuvieras despierto. "Te dormí", digo, con el orgullo propio de quien logró una hazaña. Ya iré perfeccionando la técnica, si es que existe una, para que me sobre algo más que media hora antes de la próxima comida. Algo es algo. El silencio sigue mientras el cielo empieza a hacerse más claro. En un par de horas debería levantarme para ir a trabajar, pero nunca encontré motivos tan justificados como vos para mi impuntualidad. Te dejo sobre el colchón con la misma quietud con la que un tipo desactivaría una bomba, y antes de acostarme anoto en mi libreta de ideas: escribir sobre esta noche.

Por: Leo Ferri

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