Disciplina positiva: el estilo de crianza sin castigos

Laura Reina
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9 de noviembre de 2019  • 00:49

Restó palermitano, 21.30 de la noche. Hace más de media hora que salió la orden de comida hacia la cocina y todavía no hay noticias de ella. Ni siquiera de la pechuga con puré mixto de papa y calabaza que los adultos pidieron como prioridad para Joaquín, el pequeño que todavía no cumplió dos años y que llora y llora sin parar en la sillita alta. Aturdidos por los gritos, los comensales los miran, los padres se irritan y le piden, de no muy buena manera, que pare de llorar. Que deje de portarse mal. Que tenga paciencia, que ya va a comer. Una escena que se repite, que es habitual. Y que es la que utiliza la psicóloga Natalia Guerendiain, especialista en disciplina positiva y en crianza respetuosa, para explicar que no existen niños que se portan bien o mal. Lo que hay son contextos y necesidades cubiertas o no cubiertas.

A tono con los nuevos abordajes de crianza, la disciplina positiva empezó a tomar fuerza hace algunos años como un nuevo método de abordaje del comportamiento en niños, que busca crear habilidades positivas en el largo plazo y desterrar el sistema de premios y castigos como forma de vida. Además, se intenta dejar atrás el adultocentrismo (es el niño el que tiene que adaptarse al adulto, a su ritmo), que expone muchas veces a los niños a situaciones complicadas que no saben manejar. Como la del restaurante.

"Hay que enfocarse en la necesidad detrás de ese comportamiento. Preguntarse, ¿está cansado?, ¿tiene hambre?, ¿le pasa algo, se siente mal? El comportamiento es siempre relativo y comunicación de algo. Si tiene hambre, sueño o está cansado, claramente tiene menos control sobre su comportamiento. Muchas veces 'el cómo se porta' depende de cosas que no están bajo su control, como en el caso de una salida que rompe con su rutina de cenar a las 21 y dormir antes de las 22", dice Guerendiain, que se formó en la UBA con el psicoanálisis como gran organizador del saber, pero que necesitó de otras herramientas para trabajar con padres y niños en estos temas. Una de ellas fue la disciplina positiva, emparentada con los conceptos de crianza respetuosa y metodología Montessori, en los que también se formó y a partir de los cuales, recientemente, asesoró a marcas como Nutrilon.

Límites amorosos

De un tiempo a esta parte, el gran desafío de los padres es cómo poner límites sin caer en el autoritarismo. Criar niños respetuosos, que cooperen en el hogar, que sean responsables, algo en lo que suelen hacer hincapié esta corriente de pensamiento. "Básicamente, se trata de respetar al niño, de escucharlo, de acercarse de manera empática. De ayudarlo en lugar de sancionarlo. Plantearle soluciones. '¿Estás cansado? Te entiendo. Vamos a dormir'. La disciplina positiva no es no poner límites, sino ponerlos y sostenerlos de manera amorosa, el famoso kind and firm que pregonaba Alfred Adler, el creador del método. Venimos de modelos tradicionales que dan premios y castigos. Decimos 'si hacés tal cosa te doy esto o te saco aquello'. Eso es imponer la autoridad con manejo de poder. Muchos padres se quedan en un limbo sin saber muy bien qué hacer porque no les quieren gritar, pero no saben cómo mostrarse firmes", cuenta Guerendiain.

Por su parte, la psicopedagoga y neuropsicoeducadora Vanesa Gómez, miembro de la Positive Discipline Association (PDA) y una de las primeras formadoras en la Argentina de este método (en 2013 viajó a Bogotá para hacer la certificación), destaca que muchos desconocen cómo ejercer la firmeza siendo amorosos. "O son muy amables y poco firmes o se muestran muy firmes y poco amables. Ser firme y amable al mismo tiempo es comprender sus deseos y tenerlos en cuenta, pero saber que no siempre se los vamos a cumplir. El niño necesita amor y pautas que lo enmarquen".

Gómez asegura que el sistema tradicional de premios y castigos solo sirve para cambios de conducta momentáneos, pero no es eficaz a largo plazo. "Desde la disciplina positiva buscamos trabajar a nivel de las habilidades, no de lo conductual -plantea-. Creemos que el mal comportamiento es una forma errada de obtener pertenencia. Por eso debemos ver qué es lo que está moviendo esa mala conducta".

Conocer cómo funciona el cerebro del niño, en qué etapa madurativa se encuentra y qué es o no es capaz de hacer (por ejemplo, no se le puede pedir que sea paciente y espere a un niño de 2 años) ayuda a saber cómo actuar en cada situación. "En muchos casos, cuando un chico hace algo que sabemos que no está bien, como pegarle al hermano, por ejemplo, le decimos que vaya a pensar. Pero mandar a pensar a un chico pequeño es pedirle un imposible, no lo puede hacer. Va a la habitación y dice 'ya lo pensé, no lo voy a volver a hacer' para salir de la situación y listo. No solo no sirve, sino que además es una manera de expulsar al niño. Le estamos diciendo 'no te quiero ver cuando te portás mal'. Eso es terrible para un chico", plantea Guerendiain, que prefiere hablar de time in en lugar de time out.

"A un niño chiquito uno debe acompañarlo en el proceso de pensamiento, ayudarlo a reconocer sus emociones y centrarse en buscar soluciones. Por eso, no hay que mandarlo a una habitación solo a pensar, sino ponerlo en un mismo espacio con nosotros y reflexionar juntos para ver qué soluciones se pueden poner en práctica".

Gómez, por su parte, habla de tiempo fuera positivo. "Se busca la reflexión con un enfoque en soluciones. Pero para eso lo primero que hay que hacer es intentar que el niño vuelva a la calma. ¿Por qué? Cuando nos invade una emoción fuerte perdemos la capacidad de pensar, de reflexionar. Por eso lo primero que necesitamos es volver a un estado de tranquilidad con la contención de un adulto. Recién después el chico puede reconectarse con la capacidad de pensar para enfocarse en la solución y no en el castigo. Jane Nelsen, una de las principales cultoras de esta metodología (con varios libros escritos), dice: "¿De dónde hemos sacado la loca idea de que los niños necesitan sentirse mal para aprender a portarse mejor?".

Otro de los planteos que suelen aparecer en las consultas es que el hijo no hace caso, algo con lo que Gómez no está de acuerdo. "Un chico no tiene que hacernos caso, o ser obediente -sostiene-. Tiene que sentirse parte de un todo y colaborar. Los niños se comportan bien cuando sienten que pueden contribuir, cuando son escuchados y respetados. Cuando se pone el foco en los avances y progresos y no en el resultado o producto final".

Y Guerendiain amplía: "Un niño criado bajo la disciplina positiva, al entrar en la adolescencia es menos rebelde porque se lo escuchó y se lo tuvo en cuenta".

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